Oh, María, Madre de los sacerdotes:
Enséñame a recibir y a acoger a mi hijo espiritual como verdadero hijo.
― Desde su concepción.
Acompañándolo cuando está en el Seminario, ayudándolo a descubrir y a amar su vocación al amor.
― Cuando nace, el día de su ordenación, y aprende a caminar en medio del mundo.
Ayudándolo a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia, para ser verdadero discípulo, renunciando a todo para tomar su cruz de cada día y seguir a Jesús.
― Cuando se sube a la cruz por su propia voluntad.
Ayudándolo a que acepte morir al mundo, para vivir su ministerio en santidad, auxiliándolo en todas sus necesidades, para que pueda cumplir su misión.
― Cuando muere al mundo cada día, buscando la conversión de su corazón.
Ayudándolo a resucitar con Cristo en cada encuentro en la oración, y en la perseverancia de vivir en la alegría de amar y servir a Cristo.
Amén.
(Anhelos, n. 31)