Nuestra Señora de Guadalupe


SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

12 DE DICIEMBRE

(para preparar la homilía de la Santa Misa)

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HOMILÍAS

REFLEXIONES

NICAN MOPOHUA – Relato de las apariciones

La Compañía de María, Madre de los Sacerdotes

(Nuestras redes sociales)

 

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DEL MISAL MENSUAL

“SE FIJÓ EN LA HUMILDAD DE SU SIERVO”

Is 7, 10-14; Sal 66; Gál 4, 4-7; Lc 1, 39-48

Es muy común que la historia se olvide de los acontecimientos sencillos de los pobres. Pero en el evangelista Lucas encontramos una excepción. Aunque fue un historiador en la tradición antigua griega, Lucas no se ha dejado llevar por la tendencia de esta tradición de resaltar las obras de los poderosos de la tierra. En contraste, él ha querido mostrar los detalles simples de una realidad que aparentemente no tiene ningún puesto en el desarrollo histórico de una sociedad que sólo considera importante lo que hacen los grandes. Aquí el protagonismo es de dos mujeres, personajes ya de por sí devaluados en una sociedad machista patriarcal, y dos niños que aún no han nacido. Son estas las personas que llaman la atención del evangelista. Quince siglos después, es la misma clase de persona que llamó la atención de Dios en el Tepeyac.

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Apoc 12, 1

Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

ORACIÓN COLECTA

Dios, Padre de misericordia, que has puesto a este pueblo tuyo bajo la especial protección de la siempre Virgen María de Guadalupe, Madre de tu Hijo, concédenos, por su intercesión, profundizar en nuestra fe y buscar el progreso de nuestra patria por caminos de justicia y de paz. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo.

Del libro del profeta Isaías: 7, 10-14

En aquellos tiempos, el Señor le habló a Ajaz diciendo: “Pide al Señor, tu Dios, una señal de abajo, en lo profundo o de arriba, en lo alto”. Contestó Ajaz: “No la pediré. No tentaré al Señor”.

Entonces dijo Isaías: “Oye, pues, casa de David: ¿No satisfechos con cansar a los hombres, quieren cansar también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo les dará por eso una señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros”.

Palabra de Dios.

O bien:

Yo soy la madre del amor. Vengan a mí los que me aman.

Del libro del Sirácide (Eclesiástico): 24, 23-31

Yo soy como una vid de fragantes hojas y mis flores son producto de gloria y de riqueza. Yo soy la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí está toda la gracia del camino y de la verdad, toda esperanza de vida y de virtud. Vengan a mí, ustedes, los que me aman y aliméntense de mis frutos. Porque mis palabras son más dulces que la miel y mi heredad, mejor que los panales.

Los que me coman seguirán teniendo hambre de mí, los que me beban seguirán teniendo sed de mí; los que me escuchan no tendrán de qué avergonzarse y los que se dejan guiar por mí no pecarán. Los que me honran tendrán una vida eterna.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 66, 23. 5.78.

R/. Que te alaben, Señor, todos los pueblos.

Ten piedad de nosotros y bendícenos; vuelve, Señor, tus ojos a nosotros. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora. R/.

Las naciones con júbilo te canten, porque juzgas al mundo con justicia; con equidad tú juzgas a los pueblos y riges en la tierra a las naciones. R/.

Que te alaben, Señor, todos los pueblos, que los pueblos te aclamen todos juntos. Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero. R/.

SEGUNDA LECTURA

Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer.

De la carta del apóstol san Pablo a los gálatas: 4, 4-7

Hermanos: Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos.

Puesto que ya son ustedes hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abbá!”, es decir, ¡Padre! Así que ya no eres siervo, sino hijo; y siendo hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Lc 1, 47

R/. Aleluya, aleluya.

Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador. R/.

EVANGELIO

Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

+ Del santo Evangelio según san Lucas: 1, 39-48

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz,

exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. Entonces dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Acepta, Señor, los dones que te presentamos en esta solemnidad de nuestra Señora de Guadalupe, y haz que este sacrificio nos dé fuerza para cumplir tus mandamientos, como verdaderos hijos de la Virgen María. Por Jesucristo, nuestro Señor.

PREFACIO: La Virgen María, signo materno del amor de Dios.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.

Porque en tu inmensa bondad has querido que la Madre de tu Hijo, bajo el título de Guadalupe, fuera especial Madre nuestra, refugio y Señora, presencia viva en la historia de este pueblo tuyo. Ella, mensajera de tu verdad y signo materno de tu amor, nos brindó compasión, auxilio y defensa, y hoy nos invita a reconciliarnos contigo y entre nosotros, y a proclamar el Evangelio de tu Hijo, para hacer que florezcan en nuestras tierras la fraternidad y la paz.

Por eso, con todos los ángeles y los santos, te alabamos, proclamando sin cesar: Santo, Santo, Santo ...

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Sal 147, 20

No ha hecho nada semejante con ningún otro pueblo; a ninguno le ha manifestado tan claramente su amor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Que el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, que acabamos de recibir en este sacramento, nos ayuden, Señor, por intercesión de santa María de Guadalupe, a reconocernos y amarnos todos como verdaderos hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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HOMILÍAS DEL PAPA EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

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Homilía en la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe

Emmo. Sr. Card. Carlos Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México

Basílica de Guadalupe

12 DICIEMBRE, 2019

 

“María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea” (Lc. 1,39).

¿Cuál era la prisa de María? Cuando traemos algo en el corazón y nos alegra, o también cuando es algo que nos angustia, tenemos prisa por encontrar a alguien con quien compartir lo que vivimos. Es más, necesitamos tener ese confidente para poder entender lo que se mueve en nuestro interior.

Por eso, la Sagrada Escritura dice: Ay de aquel que se mantiene solo, hay de aquél que no comparte. La vida divina es una constante comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Así nos hizo Dios a nosotros, a imagen suya; somos creados para vivir la vida de la Trinidad.

María tiene prisa de ir con alguien que pueda compartirle lo que ha sucedido; tiene prisa por descubrir también lo que en Isabel ha pasado, porque ha recibido una señal de que está esperando un hijo.

El encuentro entre ambas mujeres es precisamente el camino de la Iglesia. Por eso, a María la llamamos Madre y también modelo de la Iglesia. Nosotros también necesitamos descubrir lo que el Espíritu de Dios expresa en nuestras inquietudes, en nuestros deseos, en nuestros anhelos, en nuestros proyectos de vida; y necesitamos expresarlos, no quedarnos con ellos en nuestro corazón, en una soledad que los apague o que los desvíe, o que no encuentren el camino para realizarlos.

Esa es la necesidad de la vida de la familia, primer escalón del aprendizaje para confiar en alguien: en la madre, en el padre, en los hermanos. La familia es la escuela del aprendizaje para descubrir al Espíritu de Dios entre nosotros, y aprender sobre la vida divina, que es amar. Pero solamente puede amar alguien cuando se descubre amado, entendido, comprendido.

De ahí la importancia de la familia estable; de ahí los riesgos que vivimos y las situaciones dramáticas que hoy acontecen en general en la sociedad, particularmente en occidente, en donde se estableció la cultura cristiana.

El desarraigo de la familia es una de las causas de fondo por las que vivimos inseguridad, violencia, atropellos a la dignidad humana. La mayor parte, muchos sectores de nuestra población, no han experimentado el ser amados, y necesitamos restaurar heridas; y esa es la segunda parte de lo que hoy celebramos aquí en este día.

Así quiso Dios enviar a María a este país que estaba destrozado, herido en sus ideas religiosas y en su concepción de cultura. María se acerca al indio Juan Diego, viene presurosa. La prisa de María se manifiesta en 1531, cuando empezaban los síntomas más fuertes de la descomposición de las distintas culturas indígenas de nuestro país. Presurosa viene al Tepeyac. ¿Cuál es la prisa de María? Decirle a este pueblo: Aquí estoy yo, yo soy tu Madre, confía, hijito mío muy querido.

Aquél que no ha entendido lo que sucede, en el cariño y en el amor encuentra la fuerza para afrontarlo y superarlo. Esa es la razón por la que estamos aquí. ¿Por qué nos hemos congregado este 12 de diciembre? Para agradecer, ojalá que todos vengamos aquí con el corazón lleno de alegría, como iba María con Isabel; ojalá que todos hayamos venido para decirle a María: ¡Gracias por lo que has hecho!

Estoy seguro que muchos de los que han pasado en estos días por este Santuario, han venido a decirle a María algo extraordinario que ha sucedido en su vida. Por eso está tan arraigada la devoción Guadalupana. Pero también María es modelo de la Iglesia para consolarnos. No solamente para compartir nuestras alegrías en lo extraordinario, sino también para ayudarnos a superar los dramas y tragedias que suceden.

Para tener esperanza, para tener la confianza al conocer la misión redentora de su Hijo. Afirma claramente hoy el Apóstol San Pablo, que Dios Padre quiso que su Hijo naciera de una mujer, y naciera bajo la ley (Gal. 4,4). Ya sabemos cómo le fue a Jesús, crucificado según la ley, castigado injustamente, y María al pie en el calvario.

Esa presencia de María en la cruz es también la presencia que María de Guadalupe ha hecho a lo largo de estos casi cinco siglos al pie de la cruz de tantos que han vivido injusticias, dramas o tragedias (generaciones tras generaciones) y que gracias a Ella han descubierto una luz en el camino. Porque Jesús -expresa San Pablo-, ha venido para manifestarnos el proyecto de Dios Padre, ser hermanos de Cristo, y por tanto, hijos de Dios y coherederos del Reino.

Estamos llamados a compartir la vida divina eternamente. Para eso Jesús vino al mundo, para redimirnos de las situaciones más críticas, tristes o angustiosas que podamos vivir. Si atendemos con una mirada a María, encontraremos la paz del espíritu para superarlas. Ella es nuestra Madre, por eso el Libro de la Sabiduría en la primera lectura expresa: “Los que me coman seguirán teniendo hambre de mí; los que me beban seguirán teniendo sed de mi” (Sir 24,21).

Quien ha descubierto el amor de nuestra Madre María, seguirá viniendo a buscarla, seguirá expresándole gratitud y cariño, aquí y en tantos Santuarios dedicados a Ella, extendidos por toda América Latina y Europa, y aún en Asia. María de Guadalupe está para acompañarnos, sea en la alegría de la Encarnación, del reconocimiento de nuestra filiación divina, de nuestras alegrías, sea al pie de nuestros calvarios.

Digámosle por eso al Señor Jesús, al Hijo de María, que estamos dispuestos a seguir siendo sus discípulos, que queremos aprender a vivir en comunidad, que nuestras familias sean escuelas del amor, y que la sociedad abra sus espacios de relación humana para superar ese terrible anonimato, que permite tanta violencia en nuestras sociedades.

Que María de Guadalupe nos siga acompañando a los pueblos de América, y en particular a nuestro querido México. ¡Así sea!

+ Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México

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Homilía de S.E.R. Mons. Christophe Pierre

Nuncio Apostólico en México

Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe

(I.N. Basílica de Guadalupe, 12 de diciembre de 2014)

 

Muy amadas hermanas y hermanos en Cristo Jesús,

A todas y todos les deseo que este día sea de mucha y profunda alegría, recordándoles, sin embargo, que su gozo será tanto más grande y verdadero, cuanto más estén convencidos interiormente de que Dios les ama y de que Santa María de Guadalupe, porque es nuestra madre, quiere siempre el mayor bien para cada uno de sus hijos.

Alegría y mucho gozo. Porque de alegría es el mensaje que este día Guadalupano nos ofrece y que también la Palabra de Dios nos comunica a través del Apóstol San Pablo, recordándonos el maravilloso núcleo central del anuncio cristiano: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envío Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos. Y puesto que ya son ustedes hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá!, es decir, ¡Padre! Así que ya no eres siervo, sino hijo; y siendo hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”.

¡Sí hermanos! Dios Padre envió a nosotros a su Único Hijo y nos ha dado al Espíritu Santo para hacernos sus hijos y herederos, demostrándonos, así, cuánto nos ha amado y cuánto nos ama, hasta darse Él mismo. El Hijo eterno de Dios: “Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero”, compartiendo el amor del Padre por nosotros, pecadores, nació de una mujer, se hizo hombre sujetándose a los límites de la condición humana hasta la muerte en cruz, resucitó y nos comunicó el Espíritu Santo para hacernos hermanos suyos e hijos del Padre y para participarnos su vida y su gloria de Hijo Eterno. Así, cada una y cada uno de nosotros puede decir con San Pablo: ¡ya no soy siervo, sino hijo. Hijo de Dios!

Inmenso don que Dios quiso nos llegara, no de la nada, sino gracias a la obediencia libre de la bendita entre todas las mujeres; de la elegida y predestinada desde toda la eternidad para ser la Madre del Hijo encarnado de Dios: de la Virgen María, la humilde jovencita de Nazaret.

¡Sí, amados hermanos! El amor de Dios Padre es tan grande, que por ello nos ha dado a su propio Hijo encarnado por obra del Espíritu Santo en el seno de María. Y como si eso fuera poco, en el calvario nos dio a María como madre espiritual en la persona del discípulo amado, dotándola desde entonces de una especial participación del Espíritu Santo para que pudiera ser verdadera madre “para nosotros en el orden de la gracia” (LG, 61), esto es, para que pudiera cooperar “con amor de madre a la regeneración y formación de todos los creyentes” (LG, 63). San Juan, el discípulo amado, la recibió consigo como madre y junto con él la acogieron los demás apóstoles y toda la Iglesia naciente. Luego, glorificada por Dios con su Asunción en alma y cuerpo, María “continúa en el cielo su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, cooperando al nacimiento y desarrollo de la vida divina en las almas de los redimidos” (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 15)

¡Cuánto debemos agradecer a Dios su amor y el que haya querido hacernos hijos suyos y hermanos de su Hijo; el que haya querido darnos a Jesús y, gracias a Él, el Espíritu Santo con sus dones! ¡Cuánto debemos ser felices y agradecer a Jesús el haber querido darnos a María como Madre y entregarnos a Ella como hijos! ¡Cuánto debemos sentirnos verdaderamente amados y, por tanto, llenos de gozo, de esperanza, de valentía!

Dios ama a todos los hombres, y los ama más, cuanto más humildes son; cuanto más pequeños aparecen a los ojos del mundo. Y en sintonía con Dios, María, -que ciertamente nos ama a todos-, también siente una ternura preferencial hacia los más pequeños, hacia los pobres y humildes. Así lo recordaba San Juan Pablo II en Colombia, diciendo que la Virgen es doblemente cercana a los pobres: como madre y como “primera entre los humildes y los pobres del Señor” (LG, 55)

En su vida terrena, la Virgen María fue una mujer fuerte que conoció la pobreza, el sufrimiento y el exilio (cfr. Marialis Cultus, 37); que sufrió con y por Jesús la pobreza en la gruta de Belén, que experimentó la persecución de Herodes y la fuga a Egipto, que sufrió la pérdida del niño en el templo y la separación del hijo cuando se entregó a su misión y, sobre todo, que afrontó con profundo dolor la muerte atroz de Jesús en la cruz. Además, se mostró siempre atenta para ayudar a las personas: fue a servir a su prima Isabel durante tres meses llevando en su seno a Jesús y llenando de alegría la casa de su pariente y al niño que Isabel llevaba en sus entrañas; salvó la fiesta de las bodas en Caná de Galilea y, en el calvario, estuvo siempre junto al Hijo maltratado, abandonado y crucificado, para confortarlo

Pero, llevada a la gloria celestial, a lo largo de los siglos la Virgen María ha seguido mostrando en la historia de la Iglesia su amor por todos, especialmente por los humildes y pequeños, por los discriminados y por los que sufren en su cuerpo o en su alma. También por ello, muchas veces ha querido que, al “bajar a la tierra”, su presencia y su mensaje de amor nos llegara a través de personas humildes.

Así lo hizo aquí, cuando, al igual que con Isabel, hace cuatrocientos ochenta y tres años vino a visitarnos. También entonces, atenta como siempre a las necesidades del prójimo, la Madre del Verdadero Dios, llevando en su seno a su Hijo amado y lleno su corazón de confianza, de amor y de Espíritu Santo, vino presurosa a visitar a los habitantes del nuevo pueblo que, no sin dolor, comenzaba a gestarse en estas tierras. Su presencia maternal, sus palabras llenas de ternura, su mensaje de confianza, de optimismo y de particular predilección, hicieron que la naciente nación saltara de gozo al comprender que, en esa presencia, se hacía también presente el Hijo Unigénito de Dios; que esa presencia significaba y portaba para el México de entonces y de todos los tiempos, gracia y bendición.

Y también aquí, en México, la Virgen Santa María de Guadalupe eligió a un pequeño entre los pequeños de la sociedad, a Juan Diego, para decirnos que no estamos solos, que Ella está cerca de nosotros todos los días. Para mostrarnos, a través de su propio amor, el amor del Padre, del Espíritu Santo y de su Hijo Jesucristo. Para decirnos que Ella nos acompaña en nuestros esfuerzos por construir una ciudad terrena digna, una sociedad en la que, con el empeño de todos y cada uno, guiados y sostenidos por Ella, reine la fraternidad, la comprensión, el entendimiento, el bien, la paz; una sociedad y una patria mexicana en la que logre ser desterrado el egoísmo, la ambición, el mal, la corrupción, la violencia, la muerte

Cuentan que en una ocasión, a una mamá que tenía varios hijos le preguntaron cuál de todos era el más amado por ella. A lo que respondió: “amo más al más pequeño, mientras es pequeño; amo más al que está enfermo, mientras está enfermo; amo más al que está lejos, mientras está lejos”. Pues, de manera semejante ama también la Virgen María: ama a todas y a todos sus hijos, pero ama más al que más necesita de Ella. Y nosotros deberíamos ser como Ella. Deberíamos animarnos y empeñarnos por amar a todos, pero, sobre todo, por amar a los que más necesitan de nosotros. Mientras la cultura dominante y la mentalidad del mundo exaltan al que es rico, a quien tiene éxito, a quien tiene poder o ciencia, al corrupto, a quien es joven, a quien tiene salud, fuerza o belleza física, nosotros debemos mirar de manera diferente y dirigir, como Santa María de Guadalupe, nuestra mirada preferencial a los rostros de quienes menos tienen, de quienes más sufren.

¡Cuánta necesidad tenemos hoy, queridas hermanas y hermanos, de personas que siguiendo el ejemplo de María se atrevan a ser “buena noticia” para nuestro mundo que parece sumergirse más y más en un “desierto sin Dios”, en un mundo que tiende a sofocar los valores del Evangelio y a sumergirse en una profunda indiferencia religiosa menospreciando las cosas que se refieren a Dios, a la Iglesia y a la propia salvación.

Por todo ello quiero hoy invitarlos a que, con gozo y confianza, manifestemos a Santa María de Guadalupe nuestra profunda gratitud por el don de su presencia y por el cuidado maternal que nos manifiesta también a través de su hermosa Imagen estampada milagrosamente sobre la tilma de Juan Diego. Agradezcámoslo, pero no solo con palabras, sino asegurándole toda nuestra disponibilidad en trabajar para lograr hacer de esta patria mexicana, una tierra suya y, en consecuencia, una tierra donde reine el amor, la fraternidad, la paz.

¡No tengamos miedo! ¡María está con nosotros! “Tener miedo, dudar y temer, acomodarse en el presente sin Dios, y también el no tener nada que esperar, son actitudes ajenas a la fe cristiana”. El ejemplo de María nos mueve a tomar parte en la batalla a favor de Dios y del hombre, a ser instrumentos de paz y fraternidad. No estamos solos. Es Santa María de Guadalupe quien día a día nos dice: “¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?” Y, –nos dice también el libro del Eclesiástico refiriéndolo a María-, “Yo soy la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mi está toda la gracia del camino y de la verdad, toda esperanza de vida y de virtud”

Y entonces: Virgen morena, Santa María de Guadalupe, Madre del Hijo Eterno de Dios, Madre de la Iglesia, Madre nuestra, Reina de México: ruega por nosotros. ¡Ayúdanos a vivir en la fe y en la esperanza, a amarte a Ti, a Dios y a los hermanos; a ser eficaces constructores de una patria mexicana en la que reine el amor, la comprensión, la bondad, la paz. En la que Tú, Virgen Santísima de Guadalupe, seas verdaderamente nuestra Reina, hoy y siempre.

Así sea.

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NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE[1]

Francisco Fernández Carvajal, Hablar con Dios, Tomo VII, n. 55

– La aparición de la Virgen a Juan Diego.

I. La devoción a la Virgen de Guadalupe en México tiene su origen en los comienzos de su evangelización, cuando los creyentes eran aún muy pocos. Nuestra Señora se apareció en aquellos primeros años a un indio campesino, Juan Diego, y lo envió al Obispo del lugar para manifestarle el deseo de tener un templo dedicado a Ella en una colina próxima, llamada Tepeyac. Le dijo la Virgen en la primera aparición: «en este santuario le daré a las gentes todo mi amor personal, mi mirada compasiva, mi auxilio, mi salvación: porque Yo, en verdad, soy vuestra Madre compasiva, tuya y de todos los hombres... Allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores»[2].

El Obispo del lugar, antes de acceder a esta petición, pidió una señal. Y Juan Diego, por encargo de la Señora de los Cielos, fue a cortar un ramo de rosas, en el mes de diciembre, sobre la árida colina, a más de dos mil metros de altura. Habiendo encontrado, con la consiguiente sorpresa, las rosas, las llevó al Obispo. Juan Diego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco había colocado las flores. Y cuando cayeron en el suelo «apareció de repente la Amada Imagen de la Virgen Santa María, Madre de Dios, en la forma y figura que ahora se encuentra»[3]. Esa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe quedó impresa en la rústica tilma del indio, tejida con fibras vegetales. Representa a la Virgen como una joven mujer de rostro moreno, rodeada por una luz radiante.

María dijo a Juan Diego, y lo repite a todos los cristianos: «¿No estoy Yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás por ventura en mi regazo?». ¿Por qué hemos de temer, si Ella es Madre de Jesús y Madre de los hombres?

Con la aparición de María en el cerro del Tepeyac comenzó en todo el antiguo territorio azteca un movimiento excepcional de conversiones, que se extendió a toda América Centro-Meridional y llegó hasta el lejano archipiélago de Filipinas. «La Virgen de Guadalupe sigue siendo aún hoy el gran signo de la cercanía de Cristo, al invitar a todos los hombres a entrar en comunión con Él, para tener acceso al Padre. Al mismo tiempo, María es la voz que invita a los hombres a la comunión entre ellos...»[4]. La Virgen ha ido siempre por delante en la evangelización de los pueblos. No se entiende el apostolado sin María. Por eso, cuando el Papa, Vicario de Cristo en la tierra, pide a los fieles la recristianización de Europa y del mundo acudimos a Ella para que «indique a la Iglesia los caminos mejores que hay que recorrer para realizar una nueva evangelización. Le imploramos la gracia de servir a esta causa sublime con renovado espíritu misionero»[5]. Le suplicamos que nos señale a nosotros el modo de acercar a nuestros amigos a Dios y que Ella misma prepare sus almas para recibir la gracia.

– Nuestra Señora precede a todo apostolado y prepara las almas.

II. «Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas..., mira cuán grande es la mies, e intercede junto al Señor para que infunda hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios...»[6], que los fieles «caminen por los senderos de una intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas»[7]. Sólo así –con una intensa vida cristiana, con amor y deseos de servir– podremos llevar a cabo esa nueva evangelización en todo el mundo, empezando por los más cercanos. ¡Cuánta mies sin brazos que la recojan!, gentes hambrientas de la verdad que no tienen quienes se la enseñen, personas de todo tipo y condición que desearían acercarse a Dios y no encuentran el camino. Cada uno de nosotros debe ser un indicador claro que señale, con el ejemplo y con la palabra, el camino derecho que, a través de María, termina en Cristo.

De Europa partió la primera llamarada que encendió la fe en el continente americano. ¡Cuántos hombres y mujeres, de razas tan diversas, han encontrado la puerta del Cielo, por la fe heroica y sacrificada de aquellos primeros evangelizadores! La Virgen les fue abriendo camino y, a pesar de las dificultades, con tesón, paciencia y sentido sobrenatural enseñaron por todas partes los misterios más profundos de la fe. «Ahora nos encontramos en una Europa en la que se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la que arraiga una penosa incertidumbre moral con la disgregación de la familia y la degeneración de las costumbres; en la que domina un peligroso conflicto de ideas y movimientos»[8]. De estos países que fueron profundamente cristianos, algunos dan la impresión de estar en camino de volver al paganismo del que fueron sacados, muchas veces con la sangre del martirio y siempre con la ayuda eficaz de la Virgen. Toda una civilización cimentada sobre ideas cristianas parece encontrarse sin recursos para reaccionar. Y desde estas naciones, de donde salió en otros tiempos la luz de la fe para propalarse por todo el mundo, desgraciadamente «se envía al mundo entero la cizaña de un nuevo paganismo»[9].

Los cristianos seguimos siendo fermento en medio del mundo. La fuerza de la levadura no ha perdido su vigor en estos veinte siglos, porque es sobrenatural y es siempre joven, nueva y eficaz. Por eso nosotros no nos quedaremos parados, como si nada pudiéramos hacer o como si las dimensiones del mal pudieran ahogar la pequeña simiente que somos cada uno de los que queremos seguir a Cristo. Si los primeros que llevaron la fe a tantos lugares se hubieran quedado paralizados ante la tarea ingente que se les presentaba, si sólo hubieran confiado en sus fuerzas humanas, nada habrían llevado a cabo. El Señor nos alienta continuamente a no quedar rezagados en esta labor, que se presenta «fascinadora desde el punto sobrenatural y humano»[10]. Pensemos hoy ante Nuestra Señora de Guadalupe, una vez más. qué estamos haciendo a nuestro alrededor: el interés por acercar a Cristo a nuestros familiares y amigos, si aprovechamos todas las ocasiones, sin dejar ninguna, para hablar con valentía de la fe que llevamos en el corazón, si nos tomamos en serio nuestra propia formación, de la que depende la formación de otros, si prestamos nuestro tiempo, siempre escaso, en catequesis o en otras obras buenas, si colaboramos también económicamente en el sostenimiento de alguna tarea que tenga como fin la mejora sobrenatural y humana de las personas. No nos debe detener el pensar que en ocasiones es poco lo que tenemos a nuestro alcance, en medio de un trabajo profesional que llena el día y aún le faltan horas. Dios multiplica ese poco; y, además, muchos pocos cambian un país entero.

– La nueva evangelización. El Señor cuenta con nosotros. No desaprovechar las ocasiones.

III. Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas[11]. Estas palabras del Señor son actuales en cada época y en todo tiempo, y no excluyen a ningún pueblo o civilización, a ninguna persona. Los Apóstoles recibieron este mandato de Jesucristo, y ahora lo recibimos nosotros. En un mundo que muchas veces se muestra como pagano en sus costumbres y modos de pensar, «se impone a los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la revelación sea conocido por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra»[12]. Contamos con la asistencia siempre eficaz del Señor: Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos[13].

Dios actúa directamente en el alma de cada persona por medio de la gracia, pero es voluntad del Señor, afirmada en muchos pasajes del Evangelio, que los hombres sean instrumento o vehículo de salvación para los demás hombres. Id, pues, a los caminos, y a cuantos encontréis llamadlos a las bodas[14]. Y comenta San Juan Crisóstomo: «Son caminos también todos los conocimientos humanos, como los de la filosofía, los de la milicia, y otros por el estilo. Dijo, pues: id a la salida de todos los caminos, para que llamen a la fe a todos los hombres, cualquiera que sea su condición»[15]. Los mismos viajes, de negocios o de descanso, son ocasiones que Dios pone muchas veces a nuestro alcance para dar a conocer a Cristo[16]. También los lazos familiares, la enfermedad, una visita de cortesía a casa de unos amigos, una felicitación de Navidad, una carta a un periódico... «Son innumerables las ocasiones que tienen los seglares para ejercitar el apostolado de la evangelización y de la santificación»[17]. Nosotros, cada uno, tendríamos que decir con Santa Teresa de Lisieux: «No podré descansar hasta el fin del mundo mientras haya almas que salvar»[18]. ¿Y cómo vamos a descansar, si además esas almas están en el mismo hogar, en el mismo trabajo, en la misma Facultad, en el vecindario? Hemos de pedir a la Virgen el deseo vivo y eficaz de ser almas valientes, audaces, atrevidas para sembrar el bien, procurando, sin respetos humanos, que no haya rincones de la sociedad en los que no se conozca a Cristo[19]. Es preciso desterrar el pesimismo de pensar que no se puede hacer nada, como si hubiera una predeterminación hacia el mal. Con la gracia del Señor, seremos como la piedra caída en el lago, que produce una onda, y ésta otra más grande[20], y no para hasta el fin de los tiempos. El Señor da una eficacia sobrenatural a nuestras palabras y obras que nosotros desconocemos la mayor parte de las veces.

Hoy pedimos a Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe que se muestre como Madre compasiva con nosotros, que nos haga anunciadores del Evangelio, que sepamos comprender a todos, participando de sus gozos y esperanzas, de todo lo que inquieta su vida, para que, siendo muy humanos, podamos elevar a nuestros amigos al plano sobrenatural de la fe. «¡Reina de los Apóstoles! Acepta nuestra prontitud para servir sin reserva a la causa de tu Hijo, la causa del Evangelio y la causa de la paz, basada sobre la justicia y el amor entre los hombres y entre los pueblos»[21].

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«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

www.evangeli.net

Hoy, México celebra solemnemente a Nuestra Señora de Guadalupe, venerada como Reina del pueblo mexicano. Toda América también la celebra como su Patrona. Pero aún hay más: todo el mundo se alegra con esta fiesta de nuestra Madre. No en vano el Espíritu Santo le inspiró esas palabras: «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1,48).

¡Todas las generaciones y de todo el mundo! ¿Parece una exageración? Pues no lo es. Preguntémonos, por ejemplo: ¿cuántas veces hoy mismo repetiremos en el mundo entero “bendita tú eres entre todas las mujeres”? Millones y millones de veces. ¡En un solo día! ¡Y así cada día! En fin, que el Espíritu Santo no se equivocó.

Santa María es un caso único: ninguna otra persona es tan recordada como ella en todas partes del mundo. Es un “caso único” como lo es también su Hijo Jesús, pues «no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados» (Hch 4,12).

En relación a la Virgen hay, además, otro hecho impresionante: Ella es venerada en tantas regiones y comarcas distintas del mundo y, a la vez, frecuentemente, es representada según la fisonomía y los rasgos propios del lugar. Eso ocurre porque María es Madre de todos y, lógicamente, cada uno, cada pueblo la representa según su propia imagen. ¡Los hijos se parecen físicamente a su Madre! Por eso en México la contemplamos morena y con rasgos mestizos. Tampoco fue casual que María le hablara a Juan Diego en su propia lengua.

Pero tratemos de parecernos a Ella, sobre todo, espiritualmente. La Virgen de Guadalupe refleja en sus ojos a su querido hijito Juan Diego. ¡Nuestra Madre nos mira! ¡Qué responsabilidad tan grande tenemos! —Madre, yo quisiera que en tus preciosos ojos se reflejaran sólo cosas buenas, como la piedad, humildad y obediencia de san Juan Diego… y las flores que tú misma le diste y que tanto te gustan…

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EXAMEN DE CONCIENCIA PARA SACERDOTES – Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Muestra que eres Madre»

«Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu Madre» (Jn 19, 26-27).

Eso dice Jesús.

Se lo dijo a Juan, y te lo dice a ti, sacerdote.

El que quiera que la Madre se muestre madre, que quiera ser hijo y se muestre hijo, y que acepte a la Madre.

El que reconozca a la Madre, que se reconozca como hijo, y que se comporte como un buen hijo se comporta con su madre.

A una madre se le respeta, se le valora, se le alaba, se le obedece, se le agradece, se le pide, se le recibe, se le espera, se le cree, se le ayuda, se le acompaña, se le regala, se le da, se le consiente, se le mima, se le habla con cariño, se le acoge...

Pero se le pide ser acogido, se le pide ser protegido.

A una madre se le confía, pero, sobre todo, se le ama.

Y tú, sacerdote, ¿tratas a tu Madre con confianza?

¿Acudes a su amparo?

¿Le dices muchas veces al día que la amas?

El que quiera que la Madre se muestre madre, que se muestre hijo, que la atienda, que no la olvide, que la frecuente, que sea su confidente, que sea sincero, que sea leal y que la honre.

El que quiera que la Madre lo alimente, que le diga que tiene hambre.

El que quiera que la Madre lo aconseje, le enseñe, que le platique, que se acerque, que le tenga confianza.

El que quiera que la Madre lo arrulle, que se deje abrazar.

El que quiera que la Madre acuda a él, que se deje encontrar. Eso es lo que haría un buen hijo.

Pero la Madre se muestra madre, aunque el hijo no sepa mostrarse hijo, y la Madre perdona, espera, aguanta, tiene paciencia, es piadosa, es misericordiosa, es sabia, es prudente, es buena.

Sabe lo que cada hijo necesita, y se lo da.

Sabe lo que cada hijo sufre, y lo consuela.

Sabe lo que cada hijo goza, y lo consiente.

Sabe cuándo el hijo la necesita, y acude, no espera a que el hijo se lo pida, acude con prontitud, aunque el hijo no merezca.

Y tú, sacerdote, ¿acudes a tu Madre del Cielo en medio de la necesidad, en medio de la miseria, en medio de la pobreza, en medio de la tristeza, en medio de la soledad?

Ella te auxilia.

Esa es la Madre del Señor.

Esa es la Madre que dice: “hijo mío, yo vengo a verte, porque el Hijo de Dios me ha hecho merecerte, me ha hecho madre, y una madre merece al hijo que Dios ha puesto en su vientre, porque ama, porque da la vida, porque se entrega por ese hijo, que pocas veces sabe mostrarse como un buen hijo, pero que la madre se complace en abrazar, para llevarlo a la presencia y al abrazo misericordioso del Padre”.

La Madre se muestra madre porque Dios se muestra Padre con el más pequeño, con el más humilde, con el más sencillo, con el más ignorante, con el más pobre; y lo hace grande, y lo hace rico, y lo hace sabio, y lo hace hijo, pero lo mantiene humilde, para que sea digno, para que un día sepa mostrarse un buen hijo con su madre.

Y tú, sacerdote, ¿sabes mostrarte un buen hijo con tu Madre?

La Madre que muestra su maternidad derrama sobre el hijo su bondad, su belleza, su poder, su alegría, su misericordia, que es el Hijo, fruto bendito de su vientre, por quien ella puede mostrarse Madre para todos sus hijos, y llevarles la luz de la vida que brilla de su vientre y que ilumina al mundo a través de sus estrellas. Madre que es madre, siempre virgen, santa María de Guadalupe, que se ha mostrado Madre y que no ha hecho cosa igual con ninguna otra nación.

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SANTA MARÍA DE GUADALUPE, Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María, P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís, La Compañía de María, Madre de los Sacerdotes, Colección Pastores n. 97.

 

«¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme?» (Lc 1, 43)

Exulta mi alma de gozo al ver en ti, hijo mío sacerdote, al Salvador.

Tú eres la causa de mi sonrisa. Dime, hijo mío, ¿quién soy yo, sino la causa de tu alegría?

El verdaderísimo Dios por quien se vive, vive en ti. Eso es lo que yo veo cuando te miro. Eso es lo que yo veo en cada hijo mío sacerdote.

Pero mira, hijo mío, que muchas veces lo que veo es a mi Hijo sufriendo, inmerso en el mundo de mentira y de pecado, que tiene sometido al que debería de estar con Él configurado; y, sin embargo, está crucificado, cuando debería verse alegre y resucitado.

Yo quiero poder ver en cada uno de mis hijos sacerdotes el reflejo de mi sonrisa. Quiero en cada uno de mis hijos sacerdotes ver la verdad y la luz, no la oscuridad y la mentira, que no pertenecen a la dignidad del alma sacerdotal.

Aquel día que ante Juan Diego madre me mostré, Dios me hizo este favor: me permitió mostrarle al mundo el rostro del amor, del auxilio, del socorro, de la misericordia, de la ternura de Dios, a través del rostro maternal de la mujer que dio a luz al mismo Dios que la creó.

El entendimiento de los hombres no alcanza, hijo, para comprender los misterios encerrados en la Luz que brilla para el mundo, y pretenden suponer que esos misterios son tan solo un mito, porque la soberbia no les permite ver que es una realidad inalcanzable para toda criatura, y que en Él está todo el poder. Y que, aun sin entender, cada uno de mis hijos sacerdotes recibe en sus manos ese poder.

Vine a enseñarles, vine a mostrarles el camino, vine a dejar claras las señales de Dios en el misterio de mi imagen plasmada, no en una tela de oro, no en hilos finos, sino en un ayate.

¿Sabes qué significa eso? La pequeñez, la humildad, las almas sencillas en donde yo me quise quedar.

Este pueblo mexicano, hijo, ha sido elegido por Dios, porque aquí están mis más pequeños, los que he elegido yo, para llevar al mundo la Luz, que es mi Hijo Jesucristo, el verdaderísimo Dios por quien se vive.

Aquí nació Juan Diego. En esta tierra pisaron sus pies, y a él le fue revelada la creatura inmaculada y más pura jamás creada, la misma que Jesús le entregó a la humanidad a través de otro pequeño, también de nombre Juan.

Si tú supieras, hijo mío, cuánto te quiero…

Mi querer es que me cantes una canción de amor, y si es en esta tierra y con mariachis, es mejor. Me gusta que celebres conmigo, porque Dios siempre cumple lo que tiene prometido. Sólo tienes que creer, y reconocerte pequeño; y mirarlo, y dejar que Él te mire; adorarlo, contemplarlo, y entregarle tu voluntad. No hay nada que Dios aprecie más que un corazón contrito y humillado.

Hijo mío, entrégale tu corazón, y te darás cuenta de que Dios no se deja ganar en generosidad.

Recibe mi bendición de Madre. Quiero mostrarme Madre contigo y con cada uno de mis hijos sacerdotes, para que, a través de mí, brille la Luz para ustedes, y, a través de ustedes, al mundo entero.

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EL NICAN MOPOHUA, UN DOCUMENTO INCOMPARABLE

Folleto EVC No. 416

Mons. José Luis Guerrero Rosado.

Fuente: http://www.laverdadcatolica.org/NicanMopohua.htm

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Presentación

En candoroso lenguaje del más refinado estilo náhuatl, un sabio del colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, ANTONIO VALERIANO, escribió a mediados del siglo XVI la narración que debió oír mil veces en su juventud de los labios de su protagonista Juan Diego Cuauhtlatoatzin, dejándonos ahí no solo la crónica, sino la vivencia del mundo indígena.

Son pocas páginas, pero constituyen una bellísima joya de la literatura náhuatl de la que son pobre reflejo las traducciones al español, aún la de PRIMO FELICIANO VELAZQUEZ, que es la más conocida y la que aquí presentamos.

Dicho relato da comienzo precisamente con las palabras NICAN MOPOHUA, (“En Orden y concierto”) comentado por el erudito guadalupanista SR. PBRO. MONSEÑOR JOSE LUIS GUERRERO[22].

Debemos conocer, deleitarnos y amar este documento absolutamente imprescindible para nuestra identidad nacional y nuestra vivencia de la Religión Católica en nuestra Patria.

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En orden y concierto se refiere aquí de qué maravillosa manera apareció poco ha la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, Nuestra Reina, en el Tepeyac, que se nombra Guadalupe.

Primero se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego y después se apareció su preciosa imagen delante del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga. También (se cuentan) todos los milagros que ha hecho.

Primera aparición

Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive.

A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales aún todo pertenecía a Tlatilolco.

Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. Al llegar junto al cerrillo “llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitoso, sobrepujaba al del COYOL TOTOTL y del TZINIZCAN y de otros pájaros lindos que cantan.

Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: “¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo?”.

Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían. “Juanito, Juan Dieguito”.

Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario muy contento fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara. Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que se posaba su planta flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra como el arco iris. Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.

Se inclinó delante de ella y se oyó su palabra muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le dijo: “Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?”

− La Virgen María empleó la palabra náhuatl “noxocoyouh” con que solían nombrar al hijo menor de la familia y que por eso era el más amado y cuidado. Todavía en algunas partes de México le dicen con todo cariño “xocoyote” o “xocoyotito” al más pequeño.

El respondió: “Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco”.

− Es notable cómo Juan Diego reconoce inmediatamente en la Doncella a la Virgen María y no le causa ninguna turbación ni extrañeza. Eso nos habla de un indígena, que conservando las tradiciones de sus abuelos, está empapado del Evangelio, a seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de nuestro Señor.

− Hermosa expresión de fe llamar a los Sacerdotes “imágenes de nuestro Señor”

Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad, le dijo:

“Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa

− Cuando la Virgen promete dar a Dios a las gentes “con todo su amor personal, en su mirada compasiva, en su salvación” empleó la palabra náhuatl “notetlazotlaliz” de una riqueza enorme ya que el prefijo “te” significa persona y se refiere a su Hijo. Podría traducirse de la siguiente manera: “Lo daré a las gentes como todo mi amor-persona, mi salvación-persona, mi mirada compasiva, mi auxilio-persona”. María Santísima no está dando algo de sí, sino a Alguien que siendo suyo, es una persona individual y diferente, su Hijo Divino, el Ometéotl.

Pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra

− Estas palabras pueden considerarse “el nacimiento de México” pues lo hicieron nacer en su realidad mestiza. El mestizaje fue al principio traumático ya que ambos padres rechazaban los niños que ya no eran ni españoles ni indígenas y sin embargo eran los primeros mexicanos−

 y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.

Y para realizar lo que mí clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has oído.

− La orden de la Virgen María: “todo le contarás” al Obispo Zumárraga, representa una gran dificultad pues para el Obispo o para cualquier otro español el hecho de que un indígena recién converso relatara una teofanía, armada toda ella con elementos de su anterior paganismo, y que pedía un templo a la Madre de Dios precisamente donde había estado el de Tlatoatzin, “madre de todos los dioses”, tenía que suscitar su recelo y ser tachada de antemano como una “invención satánica para paliar la idolatría” como la calificó Sahagún.

Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño; anda y pon todo tu esfuerzo”.

Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: “Señora mía, ya voy a cumplir tu mandado; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo”. Luego bajo para ir a hacer su mandado; y salió a la calzada que viene en línea recta a México.

Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba don fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. Apenas llegó, trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle y pasado un buen rato vinieron a llamarle, que había mandado el señor Obispo que entrara.

Luego que entró, se inclinó y arrodilló delante de él; en seguida le dio el recado de la Señora del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito y le respondió: “Otra vez vendrás, hijo mío y te oiré más despacio, lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido”. El salió y se vino triste; porque de ninguna manera se realizó su mensaje.

Segunda aparición

En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrillo y acertó con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vio la vez primera. Al verla se postró delante de ella y le dijo: “Señora, la más pequeña de mis hijas. Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandato; aunque con dificultad entré a donde es el asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no la tuvo por cierto, me dijo: “Otra vez vendrás, hijo mío y te oiré más despacio, veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido...”

Comprendí perfectamente en la manera como me respondió, que piensa que es quizás invención mía que Tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual, te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda.”

− Estas palabras, aparentemente autodenigratorias, no son el resultado de un complejo de inferioridad de parte de Juan Diego, sino un reflejo de la etiqueta indígena, ya que se usaban al recibir una tarea honrosa como la de Tlatoani. Es como oímos actualmente “realmente no soy digno” al recibir una presea-

y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por no ando y donde no paro. Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía”.

Le respondió la Santísima Virgen. “Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad, que tiene que poner por obra el templo que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”.

Respondió Juan Diego: “Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandado; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con agrado; o si fuere oído, quizás no se me creerá. Mañana en la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo que responda el prelado. Ya de ti me despido, Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entre tanto”. Luego se fue él a descansar a su casa.

Al día siguiente, domingo muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco, a instruirse de las cosas divinas y estar presente en la cuenta para ver enseguida al prelado. Casi a las diez, se presentó después de que oyó misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño por verlo, otra vez con mucha dificultad le vio: se arrodilló a sus pies; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora del Cielo; que ojalá que creyera su mensaje, y la voluntad de la Inmaculada, de erigirle su templo donde manifestó que lo quería.

El señor Obispo, para cerciorarse, le preguntó muchas cosas, dónde la vio y cómo era; y él refirió todo perfectamente al señor obispo. Mas aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal; para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del Cielo.

Así que lo oyó, dijo Juan Diego al obispo; “Señor, mira cuál ha de ser la señal que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envía acá”.

Viendo el obispo que ratificaba todo, sin dudar, ni retractar nada, le despidió. Mando inmediatamente a unas gentes de su casa en quienes se podía confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando mucho a dónde iba y a quien veía y hablaba. Así se hizo.

− Al aceptar Juan Diego con toda naturalidad traer una señal de la virgen, Zumárraga se impresionó sin dejar de dudar. Por eso mandó que lo siguieran, pero la Virgen María no quería testigos inoportunos y Juan Diego se les perdió de vista.

Juan Diego se vino derecho y caminó por la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente Tepeyácac, lo perdieron; y aunque más buscaron por todas partes, en ninguna le vieron. Así es que regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y les dio enojo. Eso fueron a informar al señor obispo, inclinándole a que no le creyera, le dijeron que no más le engañaba; que no más forjaba lo que venía a decir, o que únicamente soñaba 1o que decía y pedía; y en suma discurrieron que si otra vez volvía, le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más mintiera y engañara.

Tercera aparición

Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor obispo; la que oída por la Señora, le dijo: “Bien está, hijo mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has impendido; vete ahora; que mañana aquí te aguardo”.

Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió. Porque cuando llegó a su casa, a un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave. Primero, fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave. Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera, y viniera a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría.

− Notable el grado de evangelización logrado por los misioneros en los indígenas en tan poco tiempo. Ejemplo para los tiempos actuales en que los últimos Sacramentos son olvidados frecuentemente.

El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyácac, hacia el poniente, por donde tenía costumbre de pasar, dijo: “Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que lleve la señal al prelado, según me previno: que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo de prisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando”. Luego, dio vuelta al cerro, subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo.

− ¡Ejemplo maravilloso nos da Juan Diego de la primacía de la caridad! Prefiere auxiliar a Juan Bernardino que encontrarse con la Reina del Cielo.

Cuarta aparición

Pensó que por donde dio vuelta, no podía verle la que está mirando bien a todas partes. La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: “¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿A dónde vas?”

¿Se apenó él un poco o tuvo vergüenza, o se asustó? Juan Diego se inclinó delante de ella; y le saludó, diciendo. “Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, venidos a aguardar el trabajo de nuestra muerte.

Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa”.

− Bastarían estas palabras para demostrar que el relato jamás pudo ser una ficción española para convertir a los indígenas. Nunca un español hubiera orado así. Se conservan muchas oraciones en náhuatl redactadas por los misioneros pero ninguna, ni de lejos se aproxima a la frescura e inocencia tan infantiles y amorosas, típicas de la cortesía náhuatl, que aún en nuestro tiempo los mexicanos usamos para hablar a la Virgen de Guadalupe.

Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen. “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro de que ya sanó”. (Y entonces sanó su tío según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del Cielo, se consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes le despachara a ver al señor obispo, a llevarle alguna señal y prueba; a fin de que le creyera. La Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo, donde antes la veía. Le dijo. “Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo, allí donde me viste y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; en seguida baja y tráelas a mi presencia”.

Al punto subió Juan Diego al cerrillo y cuando llegó a la cumbre se asombró mucho de que hubieran brotado tantas variadas, exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo; estaban muy fragantes y llenas de rocío, de la noche, que semejaba perlas preciosas. Luego empezó a cortarlas; las juntó y las echó en su regazo. Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes rosas que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió en su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole: “Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo: dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste; para que puedas inducir al prelado a que dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido”.

Después que la Señora del Cielo le dio su consejo, se puso en camino por la calzada que viene derecho a México: ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, y gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores.

Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado. Les rogó le dijeran que deseaba verle, pero ninguno de ellos quiso, haciendo como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que sólo los molestaba, porque les era importuno; y, además, ya les habían informado sus compañeros, que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento. Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía algo que portaba en su regazo, se acercaron a él para ver lo que traía y satisfacerse.

Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que traía y que por eso le habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco que eran flores, y al ver que todas eran diferentes rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas. Quisieron coger y sacarle algunas; pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; no tuvieron suerte, porqué cuando iban a cogerlas, ya no veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.

Fueron luego a decir al obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces a había venido; el cual hacía mucho que por eso aguardaba, queriendo verle. Cayó, al oírlo el señor obispo, en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito. En seguida mandó que entrara a verle.

Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje, Dijo: “Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad. Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió; me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla. Después me fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera ya ti en persona te las diera. Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé; cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla, brillantes de rocío que luego fui a cortar. Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. Helas aquí: recíbelas”.

Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe.

Luego que la vio el señor obispo, él y todos los que allí estaban se arrodillaron; mucho la admiraron; se levantaron; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y el pensamiento.

El señor Obispo, con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato. Cuando se puso en pie, desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la Señora del Cielo. Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más permaneció Juan Diego en la casa del obispo que aún le detuvo. Al día siguiente, le dijo: “Id, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del Cielo que le erija su templo”. Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo.

No bien Juan Diego señaló dónde había mandado la Señora del Cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse. Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino, el cual estaba muy grave, cuando le dejó y vino a Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le dijo la Señora del Cielo que ya había sanado. Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa.

Al llegar, vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía. Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho. Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyácac la Señora del Cielo; la que, diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a ver al señor obispo para que le edificara una casa en el Tepeyácac.

Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo por ella que le había enviado a México a ver al obispo. También entonces le dijo la Señora que, cuando él fuera a ver al obispo, le revelara lo que vio y de qué manera milagrosa le había sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.

Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a informarle y atestiguara delante de él. A entrambos, a él y a su sobrino, los hospedó el obispo en su casa algunos días, hasta que se erigió el templo de la Reina del Tepeyácac, donde la vio Juan Diego.

El señor Obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo; la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su bendita imagen. La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa “imagen”.

− En México siempre se ha pregonado el dicho del salmo 147: Non fecit taliter omni nationi: “No hizo cosa igual con ninguna otra nación”. La historia de los últimos cinco siglos testimonia que hizo mucho más: que creó una nación mestiza y una Iglesia latinoamericana con una fuerte identidad de pertenencia a toda la “Católica”. Esa Gracia no la otorgó para beneficio particular de una sola nación; es un tesoro que el Papa Juan Pablo II proclama y estimula a la Iglesia latinoamericana a compartirlo con la humanidad entera.

Más información en:

https://virgendeguadalupe.org.mx/acontecimiento-guadalupano-2020/

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JUAN DIEGO, llamado Cuauhtlatoatzin antes de su conversión al cristianismo y protagonista de las apariciones, vivió del año 1474 (?) al 1548. Contaba con 57 años de edad en el momento en que la Virgen María se le apareció.

ANTONIO VALERIANO (1520-1605), AUTOR DEL “Nican mopohua”, era indígena de raza tepaneca pura, muy culto; hablaba el náhuatl como lengua propia y había aprendido el castellano y el latín. Su padre fue contemporáneo de Juan Diego, de manera que Valeriano bien pudo escuchar el relato de las apariciones de los mismos labios del vidente. Valeriano tenía once años cuando las apariciones, y veintiocho a la muerte de Juan Diego.

El “Nican mopohua” fue escrito en Tlatelolco, posiblemente hacia el año 1549, sobre papel hecho de pulpa de maguey como los antiguos códices aztecas, en lengua náhuatl pero con caracteres latinos.

Un ambiente de “sobrenatural y divino”

La primera aparición es, en todo su conjunto, el pasaje más rico en contenido evangelizador. Y este no se confina únicamente a las palabras de la Virgen María, sino que comienza ya desde el principio de la narración:

“Era sábado, muy de madrugada… Cerca del cerrito…”

Bíblica y cristianamente hablando, el “sábado” es ya todo un símbolo preñado de sentido, que no es necesario comentar.

En cuanto al “amanecer” o mejor a la “oscuridad de la madrugada”, este momento tenía en la mentalidad prehispana, un simbolismo muy fuerte: Era el comienzo, era el principio, era el nacer de algo nuevo y grande.

La cumbre de los montes” es un punto de particular contacto con la divinidad; es allí donde misteriosamente se conjugan los cielos con la tierra ¿No vienen fácilmente a la memoria la montaña sagrada del Sinaí, el monte alto de la Transfiguración, el monte de los Olivos, la montaña de Sion?

Y viene enseguida la aparición: Juan Diego primero “oyó” una voz lo llamaba: “Juanito, Juandieguito…”

La repetición del nombre evoca naturalmente las teofanías bíblicas: “Abraham, Abraham; Samuel, Samuel; Saúl, Saúl”. (Gn 22,1; 1Sam 3,4; Hch 9,4).

Al oír sigue el “ver”. Cuando llegó a la cumbre del cerrillo, vio a una Señora que estaba allí de pie y

“Cuando llegó frente a Ella, mucho admiró en qué manera sobre toda ponderación aventajaba su perfecta grandeza: su vestido relucía como el sol, y como que reverberaba, y la piedra, el risco en el que estaba de pie, como que lanzaba rayos; el resplandor de Ella como preciosas piedras, (todo lo más bello) parecía la tierra como que relumbraba con los resplandores del arcoíris en la niebla. Y los mezquites y nopales y las demás hierbecillas que allí se suelen dar, parecían como esmeraldas. Como turquesas aparecía el follaje. Y su tronco, sus espinas, relucían como el oro”

En esta espléndida descripción de sol, rayos, resplandor, arcoíris, niebla, piedras preciosas, esmeraldas, turquesas, oro… no son únicamente adornos poéticos, sino manifiestan algo sobrenatural y divino.

La nube era para los mexicanos, como para los israelitas, un símbolo de la presencia de Dios.

Todo es luz. Y Dios es luz, y Cristo es luz y en la aurora de la creación lo primero que dijo Dios fue “Hágase la luz” (Gn 1,3).

Pero es sobre todo en las palabras de la Virgen María donde se encuentra de manera más explícita la mayor riqueza teológica del mensaje Guadalupano.

La siempre Virgen Santa María

Lo primero que hace la Santísima Virgen es identificarse, haciendo la revelación de sí misma a Juan Diego.

“Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño,

que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María”

“La perfecta - siempre - Virgen”. Quien se presenta es simple y sencillamente la “perfecta - siempre - Virgen” de la más antigua tradición cristiana. La Iglesia es firme en su tradición secular, proclamando la perpetua virginidad de María.

“Santa María”. El adjetivo “santa” evoca naturalmente “llena de gracia” del saludo angélico.

EN EL CENTRO: DIOS

Viene luego una nota fundamental, de la más grande importancia, a saber:

“Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive,

el creador de las personas

el dueño de la cercanía y de la inmediación,

el dueño del cielo

el dueño de la tierra”

Aquí el mensaje Guadalupano toca el corazón del misterio revelado. María de Guadalupe es la Virgen- Madre de Dios. El relato, en su simplicidad evangélica, no se afana por precisiones teológicas; no puntualiza que es Madre del “Hijo de Dios”, sino que habla el lenguaje sencillo de la fe, tal como se expresa en la segunda parte del Ave María: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…”

Las cualidades divinas mencionadas: “el veraderísimo Dios / por quien se vive / el creador de las personas / el dueño de la cercanía /….. Son las expresiones mismas con que los indígenas caracterizaban el poder y la grandeza de algunos de sus dioses.

La Virgen - Madre, enseña a sus nuevos hijos la fe en el Único Dios a quien se debe toda adoración y todo honor. Con esto el mensaje de Guadalupe toca la cumbre de la evangelización.

Esta revelación queda puesta de relieve cuando la Virgen agrega:

“Deseo vivamente que se me erija un templo, para en él

mostrar y dar todo mi amor…”

Ella se presenta como Madre de un Dios cuya serie de atributos lo hacen el centro de la atención. Y así sigue siéndolo a lo largo de todo el relato.

Maternidad espiritual de María

Enseguida, la Virgen María expresa la manera y el porqué de esa manifestación y entrega:

“Lo daré a las gentes en todo mi amor personal,

en mi mirada compasiva, en mi auxilio,

en mi salvación: porque yo en verdad

soy vuestra madre compasiva”

Este pasaje es revelador. La tarea primordial de la Virgen María será dar a conocer a Dios, manifestar lo que es Dios. Pero para ello se valdrá de un método original, lo dará a conocer y enseñará como es Él, a través de la cálida expresión de su amor de madre, de su mirada misericordiosa y de sus cuidados maternales. Nos parece escuchar de nuevo el diálogo entre Felipe y Jesús. A la palabra de Felipe:

“Señor muéstranos al Padre, y eso nos basta” responde Jesús: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre?”. (Jn 14, 8-9).

La Virgen María es una imagen, un reflejo, un trasunto, una transparencia de Dios.

Hay que decirlo claramente en sus palabras hay todo un cántico a la maternidad espiritual:

“Escucha, hijo mío el menor, Juanito:

“Hijo mío el más pequeño de mis hijos”

“Bien está hijito mío”

Y no se diga si recordamos la conmovedora escena de la cuarta aparición:

“Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió, que no se perturbe tu rostro, tu corazón. No temas esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad, no cosa punzante, aflictiva. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”

Lo que acabamos de leer es una cascada de expresiones de intenso amor maternal. Recordemos los acentos maternales del Dios del profeta Oseas:

“Yo era para ellos como quien alza a una criatura contra su mejilla; mi inclinaba hacia él para darle de comer” (Os 11,4).

Y del Dios del Segundo Isaías: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho? Pues aunque ellas llegasen a olvidar, Yo no te olvido”. (Is 49,15)

El mismo Jesús, en un momento trascendental exclama lleno de dolor:

“Jerusalén, Jerusalén… ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como una gallina su nidada bajo las alas, pero no habéis querido….!” (Lc 13,34)

Un detalle que para nosotros sería casualidad, pero que en Dios se llama providencia, es el nombre del protagonista. Allá, en el Calvario, al pie de la cruz, cuando la Iglesia estaba por nacer, un discípulo de Jesús, símbolo de todos los cristianos, llamado JUAN, escuchó de los labios de su maestro moribundo aquella palabra “¡He ahí a tu Madre!” (Jn 19,27); y aquí en el Tepeyac, otro JUAN, también él símbolo y representante de todo un pueblo que estaba por surgir, era proclamado por la misma Virgen María: “¡El más pequeño de mis hijos!”

Además La Virgen María se presenta a Juan Diego como madre en un horizonte universal que no se cierra a un individuo, ni siquiera se limita a un pueblo:

“Tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno (es decir, los naturales de esta tierra, con sus diferentes tribus y razas) y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí me clamen, los que me busquen, los que confíen en mí”

“¡MI CASITA SAGRADA! … ¡MI TEMPLO! “

La Virgen de Guadalupe pidió desde el primer momento una casa, un templo:

“Mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada” “Que me erija en el llano mi templo”

Allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores”

Lo que más cautiva en la petición de la Virgen, es que Ella no desea una casa - templo con el fin de recibir allí homenaje y veneración -. “Casa” es el sitio del encuentro familiar, es el lugar de convivencia entre el padre, la madre y los hijos. Pues bien, la Virgen María quiere una casa, un sitio de encuentro familiar, mas no para Ella, sino para Dios y para nosotros. Claramente lo ha dicho. Quiere ocuparse ahí en dar a conocer al verdaderísimo Dios, por quien se vive.

Además hay en la petición un rasgo conmovedor y característicamente evangélico:

“Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo” (Mt 4,23).

María de Guadalupe, ella desea continuar, por su parte, esa misión evangelizadora llena de misericordia.

Juan Diego profeta de la Virgen

Según los datos tradicionales de la Biblia, un profeta es un hombre elegido personal y gratuitamente por Dios, que recibe una palabra para comunicarla a la comunidad o a sus dirigentes. Habla, en definitiva, en nombre de Dios. Es su mensajero, su heraldo, su embajador (Am 7,14-15; Os 1, 2-9; Is 6, 1-13).

A las veces cuando el escogido siente su incapacidad para transmitir con éxito el mensaje, se rehúsa, se intimida, resiste. (Jr 1, 4-10)

El profeta es también un siervo, y un siervo recibe un mandato, una orden que tiene que cumplir. El siervo entonces debe simplemente obedecer. Así lo declara en el Nuevo Testamento Pablo de Tarso, siervo de Cristo Jesús (Rm 1,1).

Por lo que en Juan Diego se encuentran los perfiles claros de profeta. Todo profeta es un “enviado” para transmitir un mensaje; y la Virgen le dice a Juan Diego expresamente:

“Yo te envío para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa…”

El profeta es un “siervo”, y Juan Diego como siervo obediente y fiel, acepta el punto:

“Señora mía, Niña, ya voy a realizar tu venerable aliento, tu venerable palabra; por ahora de ti me aparto, yo, tu pobre indito”

El profeta es consciente de su “indignidad y pequeñez”; y Juan Diego, ante el asomo de un fracaso en su misión, confiesa su impotencia y con humildad y sencillez busca sustraerse:

“Mucho te suplico, Señora mía, Reina, muchachita mía, que a alguno de los nobles, estimados, que sea conocido, respetado, honrado, le encargues que conduzca, que lleve tu amable aliento, tu amable palabra para que le crean. Porque en verdad yo soy hombre del campo, soy mecapal, soy parihuela, soy cola, soy ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar de mi andar, ni de mi detenerme allá a donde tú me envías. Virgencita mía, Hija mía menor, Señora, Niña. Por favor dispénsame; afligiré con pena tu rostro, tu corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora, Dueña mía”

Pero la vocación de Dios es irrevocable (Rm 11,29) y nadie sino el profeta elegido es quien debe cumplir la misión:

“Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quienes encargue que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; pero es muy necesario que tú personalmente vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo”

A lo que Juan Diego responde:

Señora mía, Reina, muchachita mía, que no angustie yo con pena tu rostro, tu corazón; con todo gusto iré a poner por obra tu aliento, tu palabra; de ninguna manera la dejaré de hacer, ni estimo por molesto el camino”

Un rasgo pintoresco asemeja a Juan Diego al del gran profeta Elías. En la vida de éste eran frecuentes las desapariciones repentinas, porque el Espíritu de Dios de apoderaba de él; en el caso de Juan Diego es seguido por los servidores del Obispo y, en un instante, en el momento más interesante, desaparece a sus miradas.

El profeta es un “hombre de fe”, y Juan Diego da de ella una prueba heroica. Recordemos la secuencia de los acontecimientos:

Juan Diego va al Obispo.

Este le pide una señal.

Juan Diego da parte a la Virgen María.

Esta le dice que regrese al día siguiente.

Juan Bernardino tío de Juan Diego, se enferma gravemente.

Juan Diego llama al médico. No hay remedio, está desahuciado.

Al otro día se apresura a llamar a un sacerdote que lo auxilie.

Toma otro camino para que la Virgen no lo vea, ni lo detenga;

Ella que “perfectamente a todas partes está mirando” le sale al encuentro.

Juan Diego contesta a su saludo:

Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta; ¿Cómo amaneciste? ¿Acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía?

Y Juan Diego le participa su pena.

La Virgen lo conforta, le anuncia que su tío ha sanado

Y Juan Diego ¡creyó!

Después de escuchar la consoladora noticia, ruega a la Virgen que inmediatamente lo mande a ver al Señor Obispo a llevarle algo de señal, de prueba, para que crea.

Juan Diego, ejemplo de santidad

Juan Diego, el profeta de María de Guadalupe, es en definitiva un grande santo, su figura es comparable a la de los más grandes santos, mensajeros de las voluntades divinas.

Su actitud es admirable; está hecha de amor de respeto; de fe de abandono filial; de reverencia y de confianza; de sencillez y obediencia; de prontitud y diligencia; de olvido propio, de seguridad en la misión, de solicitud y cuidado; en una palabra, de donación personal.

En la providencia de Dios estaba que al Santo Padre Juan Pablo II le tocara glorificar a Juan Diego, reconociendo públicamente su santidad en la Basílica misma del Tepeyac, en el mes de mayo de 1990, con ocasión de su segundo viaje apostólico a tierras de México.

UN VERDADERO CLIMA DE IGLESIA

El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia, enseña que “los Obispos han sucedido por institución divina a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, y quien a ellos escucha, a Cristo escucha, y quien los desprecia, a Cristo desprecia y al que le envió” (Lumen Gentium 20)

Es hondamente impresionante constatar cómo el mensaje Guadalupano se sitúa en una perspectiva de Iglesia, en un clima verdaderamente eclesial. María, con ser “la Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive”, para realizar lo que su clemencia pretendía, envía a su profeta al palacio del Obispo de México, para que le manifieste lo que ella mucho desea; que se le edifique una casa (primera aparición) y en la segunda aparición se lo repite:

De mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido”

Y respecto de los sacerdotes, hay dos expresiones que es útil destacar. En la misma aparición leemos:

Llegaré a tu casita de México a seguir las cosas de Dios que nos dan quienes son las imágenes de Nuestro Señor: nuestros sacerdotes”.

Y en el curso de la cuarta aparición, Juan Diego dice a la Santísima Virgen:

Ahora iré de prisa a tu casita de México a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, nuestros sacerdotes, para que vaya a confesarlo…”

En la economía de un cristianismo verdadero, el reconocimiento de la autoridad en la Iglesia es un signo de autenticidad. Y aquí lo vemos claramente. La Virgen María respeta el orden jerárquico instituido por su Hijo.

La teología del signo

A lo largo de la Historia de la Salvación, Dios ha querido utilizar el método del “signo”, esto es, del “milagro”, para que el hombre, apoyándose en un fenómeno sensible, se levante a creer en una realidad superior.

El “signo - milagro” tiene dos funciones: una se dirige a los sentidos de la razón una cosa que se “ve” pero ésta conduce a una realidad que solamente se “cree”.

El mensaje de la Santísima Virgen tiene un carácter “sobrenatural” y “extraordinario”.

Juan Diego comunicó a la Virgen María la exigencia del Obispo y ella la aceptó:

“Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido; con esto te creerá y acerca de esto ya no dudará, ni de ti sospechará”

Y en la mañana del 12 de diciembre, cuando Juan Diego encontró a la Virgen, ésta le dijo:

“Sube a la cumbre del cerrito….Allí verás que hay variadas flores; córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas, luego baja aquí; tráelas aquí a mi presencia”

Al punto subió Juan Diego y se asombró de que hubieran brotado tantas variadas exquisitas flores, antes del tiempo en que se dan y en un lugar donde sólo crecen abrojos, espinas, nopales y mezquites. Trajo Juan Diego las diferentes rosas a la Señora del Cielo y cuando las vio, con sus venerables manos las tomó; luego otra vez se las vino a poner juntas en el hueco de su ayate, y le dijo:

“Mi hijito menor, estas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al Obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo y que por ello realice mi querer, mi voluntad. Y tú… tú que eres mi mensajero… en ti absolutamente se deposita la confianza; y mucho te mando con rigor que nada más a solas, en la presencia del Obispo, extiendas tu ayate y le enseñes lo que llevas”

Y recordemos lo sucedido. Finalmente, habiendo entrado Juan Diego en presencia del Obispo, le entregó las rosas y flores que serían la señal pedida para creer en el mensaje y realizar su voluntad:

“¡Aquí las tienes; hazme favor de recibirlas!” “Y luego extendió la blanca tilma, en cuyo hueco había colocado las flores. Y así como cayeron al suelo todas las variadas flores preciosas. LUEGO ALLI SE CONVIRTIÓ EN SEÑAL, SE APARECIÓ DE REPENTE LA AMADA IMAGEN DE LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS, en la forma y figura en que ahora está en su amada casita… en el Tepeyac, que se llama Guadalupe”

Simbología de la imagen de la Virgen de Guadalupe

La Virgen se apareció de este modo porque quería ser una “escritura jeroglífica” un catecismo especial, para que sus recién adoptados hijos fácilmente la entendieran. Este hecho es muy natural puesto que los naturales no podían todavía leer el castellano.

Toda la Virgen tiene por respaldo el sol, que hermosamente la rodea, despidiendo 129 rayos, unos un tanto serpeados y los otros rectos. Dispuestos alternativamente 62 por el lado derecho y 77 por el izquierdo.

Sirve de fondo al sol; el campo que se deja ver entre los rayos y que en el contorno de la Imagen es tan blanco, semeja una nube.

Los aztecas adoraban al sol, Tonatiuh, y le agradecían sus rayos ardientes y vitales, ofreciéndole lo más precioso que el hombre posee, el corazón, para que continuara su ciclo diario y el mundo no pereciera. Pero cuando miraron la Imagen de la Virgen y vieron que estaba delante del sol, y su cuerpo humano lo tapaba dejando sólo visibles sus rayos, se dieron cuenta de que los seres humanos valen más que el sol, y que el sol no era un dios.

Está pisando una luna negra en cuarto creciente, que simboliza al maligno. Además, éste era uno de los ideogramas para representar a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Ídolo al que adoraban con una religión de temor y al que aplacaban ofreciéndole sacrificios humanos.

Esto les revelaba que Nuestra Señora era más poderosa que su dios - serpiente. El sentirse libres de la obligación de sacrificar seres humanos fue también factor importante para su conversión.

Sobre su cabeza, inclinada hacia la derecha y encima, sobre su manto, está una corona de diez rayos o puntas de oro

El rostro de la Imagen no tiene los rasgos de una indígena o de una española, sino de una mestiza. Su tez “morenita”, sus mejillas sonrosadas, están anunciando la aparición de una nueva raza formada por la mezcla de mexicanos y españoles. Su faz mestiza profetiza la unión de las dos razas.

Sus ojos, muy vivos, ojos con todas las características de los ojos humanos. Nuestro Señor grabó el retrato de María con tal fidelidad que hasta en los pequeños reflejos de sus ojos quedaron retratados Juan Diego y las otras personas que estaban ante Ella en ese momento.

La luz o la parte más iluminada es el vientre, pues se presenta como una mujer embarazada: Jesús está por nacer; viene la Reina del Cielo a dar a luz a Jesús en México.

La cinta negra alrededor de la cintura es una prenda que usaban las mujeres aztecas cuando estaban embarazadas

Nuestra Señora luce sólo una joya: sobre su cuello lleva un broche dorado que tiene una cruz negra en el centro. La misma que vio la Princesa Papantzin en el ángel y en los barcos de Hernán Cortés.

Esto enseñaba a los aztecas que Ella, Cortés y los misioneros, profesaban la misma religión. Y aquí encontraron una razón poderosa para aceptar la fe católica que los misioneros les predicaban.

La hermosa Señora tiene manos gentiles, bellísimas y se nota enseguida que no es una diosa, porque las lleva juntas en actitud de oración, mientras que su cabeza inclinada, hace reverencia a Alguien superior; al Señor Creador del mundo, el Todopoderoso, que es su Hijo.

Junto al vientre de la Madre resalta la “única flor de cuatro pétalos” (en todo el vestido es singular esa flor), la cual hace referencia al centro del universo, la flor de la vida.

El manto sienta bien en su cabeza y nada cubre su rostro y cae hasta los pies, ciñéndose un poco por en medio; tiene toda su franja dorada, que es algo ancha, y estrellas de oro por doquier, las cuales son 46, repartidas 22 en el lado derecho y 24 en el izquierdo, formando una cruz cada cuatro de ellas. Es de color azul verde claro. A los aztecas este color, y el filo dorado del contorno, les hablaban de su linaje real.

Abajo un ángel sostiene sus vestiduras, para indicarnos su procedencia celestial. Este ángel se muestra muy contento de transportar a la Madre del Cielo; el ángel luce como si se asomara de entre las nubes que forman el contorno de la Imagen y sostiene con una mano la extremidad del manto y con la otra mano la túnica, que en largos pliegues cae sobre los pies.

Después de muchas guerras, los aztecas terminaron, en 1440 de construir en el Tepeyac una pirámide para dar culto a la madre de los dioses, Tonantzin. Más de 90 años duró el culto a esa diosa de la discordia, y en su pirámide fueron sacrificados cientos de personas. La Virgen de Guadalupe eligió el Tepeyac, para dar a entender que Ella es la Madre del Dios verdadero.

La Virgen, en su aparición de Guadalupe, no dice que se haga… como en la aparición de la Milagrosa, que se acuñe una medalla, o en Lourdes… O en Fátima. Aquí en México, Ella misma se queda en el ayate usado, cosido, diviso, burdo. Dejó - y se siente - su presencia entre nosotros.

Terminamos con lo que dice Juan Pablo II:

“Tú que has entrado tan adentro en los corazones de los fieles a través de la señal de tu presencia, que es tu Imagen en el santuario de Guadalupe; vive como en tu casa en estos corazones, también en el futuro.

Se una casa en nuestras familias, en nuestras Parroquias, misiones, diócesis y en todos los pueblos.

Te ofrecemos todo este pueblo de Dios. Te ofrecemos la Iglesia de México y de todo el Continente. Te lo ofrecemos, es propiedad tuya”.

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MÁS INFORMACIÓN

Realización: PP.Eliezer Ramírez, Amador Tapia e Hilario Alfonso

www.chuchforum.org

 

Hacia 1531 se prolongaban las consecuencias de la humillación sufrida por este pueblo, muy especialmente la obscuridad de una religiosidad hondamente enraizada pero destrozada. Los derrotados lloraban: “Nuestros Dioses han sido vencidos”. “El Señor del cerca u del junto” no podría dejar en el desconcierto y el abatimiento a quienes habían vivido de buena fe de “la semilla de Verbo”.

Las circunstancias en que tuvo lugar el hecho, “la vida heroica de fe, esperanza y caridad” del neófito Juan Diego a quien se apareció la Guadalupana y la cristianización en masa que siguió a las apariciones, considerados conjuntamente con los datos objetivos que exige todo hecho histórico, constatados, fundamentan la historicidad de HECHO GUADALUPANO que aceptado sin recelo debe llevarnos a profundizar, vivir y proclamar el mensaje perenne del Tepeyac.

Dividiremos el tema en tres partes:

Historicidad del hecho Guadalupano.

El Mensaje Guadalupano.

Guadalupanismo y pastoral.

Los datos objetivos de la historia de la manifestación de Dios en Sta. Ma. de Guadalupe son múltiples: monumentos, restos, tradición oral, tradición escrita indígena y la tradición escrita de españoles. Esta es la síntesis:

I.- HISTORICIDAD DEL HECHO GUADALUPANO.

Monumentos

Las ermitas y los templos construidos a lo largo de más de 450 años en el lugar señalado por la Niña de Juan Diego al mismo, son prueba de que el pueblo de Dios en México ha aceptado como sobrenatural el hecho del Tepeyac, a ellos ha acudido para ser atendido por la “Madre compasiva” que siempre ha sido “para todos los moradores de esta tierra”.

1531: promovida por Fr. Juan de Zumárraga se construye la primera ermita en el lugar que le indico el mensajero de la Virgen y se inaugura el 26 de aquel diciembre, según la antigua tradición.

1535: se inaugura una segunda ermita muy probablemente. Se deduce a las excavaciones arqueológicas hechas en 1932, según el canónigo Luis Montes de Oca y de una carta fechada por Zumárraga en noviembre de este año, invitando a Motolinía a su inauguración (carta aun cuestionada). Insatisfechos los indígenas por la primitiva ermita, pudieron aprovechar la estancia del obispo en España (1532-1534) para construirla.

1556: el arzobispo Alonso de Montúfar levanta una tercera ermita.

1622: el arzobispo Juan Pérez de la Serna bendice otro templo.

1709: el arzobispo Francisco Aguiar y Seijas inaugura la Colegiata.

1796: el Card. Miguel Darío Miranda consagra la actual Basílica.

Restos

El ayate, conservado inexplicablemente, donde se estampo la Santísima Virgen. Los lienzos que se guardan en el museo del Alfeñique de Puebla, testimonio fiel de los tlacuilos del siglo XVI sobre el Hecho es un Nican Mopohua pictográfico.

Tradición oral

El culto a la Virgen de Guadalupe…Tradición escrita por los españoles

Zumárraga invita en un “billete” a Hernán Cortes a la Sra. Marquesa para participar en el traslado de la Guadalupana a la ermita recién construida (26 de diciembre de 1531). En 1535 invita a Motolinía para la inauguración de la muy probable segunda ermita.

Se encuentra en la Biblioteca Nacional y se ha traducido por el P. Mario Rojas una narración primitiva escrita en náhuatl y atribuida al P. Juan González, interprete del Sr. Zumárraga.

Fr. Bernardino de Sahagún (1576) escribe en su Historia de las cosas de la Nueva España sobre el culto e Iglesia en el Tepeyac; dice ignorar, “el origen de esta fundación”, pero llama “supersticiones” a la veneración allí tributada, temiendo una idolatría. Los indígenas daban el nombre de Tonantzin a la Guadalupana; el fraile advierte que no debe llamársele “nuestra venerada madre”, según el antiguo paganismo sino “Madre de Dios”, o sea, “Dios y Nantzin”.

Bernal Díaz del Castillo, en los capítulos 150 y 210 de su Historia, habla de “la santa iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe” y de “los milagros que ha hecho y hace cada día”, hacia 1560-68.

El virrey Almaza escribe al Rey sobre la fundación de Nuestra Señora de Guadalupe.

Juan Suárez de Peralta escribe (1589) que “la Virgen apareciéndose entre riscos y a esta devoción acude toda la tierra”.

II.- EL MENSAJE GUADALUPANO.

El Nican Mopohua de Valeriano recogió en sus páginas el Evangelio para los mexicanos que nos presenta el Hecho Guadalupano como una intervención liberadora de Dios a través de su enviada Santa María de Guadalupe. Repasemos el mensaje de la Señora del Cielo en sus palabras y en sus actitudes

“Yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María” (v.26)

Al presentarse a Juan Diego, lo hace con el título tradicional que la Iglesia ha confesado su fe en la Virginidad perpetua de María que acepto voluntariamente y en forma definitiva las renuncias y exigencias que pidió su vocación, a lo que el Señor correspondió manteniendo milagrosamente su integridad corporal como signo de su entrega. En sus palabras también manifiesta el cúmulo de dones y privilegios con que Dios la llenó desde su Concepción Inmaculada, así como la respuesta que ella dio en la conservación de la gracia recibida y en la práctica perfecta de las virtudes.

“Madre del Verdaderísimo Dios” (v.26)

Así se nos descubre la raíz de todos los privilegios de María: ser Madre de Jesucristo, Hijo de Dios. Aunque en la narración Valeriana solo se menciona una vez el nombre de Jesucristo (v.75), en el versículo 26, la descripción de la Guadalupana hace de Dios, evidentemente está refiriéndose a su Hijo. Él es aquel “POR QUIEN SE VIVE, EL CREADOR DE LAS PERSONAS, EL DUEÑO DE LA CERCANÍA Y DE LA INMEDIACIÓN, EL DUEÑO DEL CIELO, EL DUEÑO DE LA TIERRA”. Al oír hablar así a la Niña, se esclarece a Juan Diego la tradición recibida de sus mayores: Dios, es el Salvador Jesús recién llegado a estas tierras. La fe bautismal del vidente, apenas recibida y la predicación escuchada en Tlaltelolco le quedaban clarificadas.

“Yo soy vuestra Madre Compasiva...” (vv. 29-31)

La Virgen María es Madre de Cristo y de los cristianos al haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, miembros de Cristo. Pero su maternidad espiritual no es exclusiva para los cristianos: María es Madre de todos los hombres en el orden de la gracia, porque “concibiendo a Cristo y sirviendo con El y bajo El al misterio de la redención, coopera singularmente en la restauración de la vida sobrenatural de los hombres”: “SOY VUESTRA MADRE COMPASIVA, TUYA Y DE TODOS LOS HOMBRES QUE EN ESTA TIERRA ESTÁIS EN UNO, Y DE LAS DEMÁS VARIADAS ESTIRPES DE LOS HOMBRES”

“Mucho deseo que me levanten mi casita sagrada”

No para Ella sino para acercarnos nosotros a la Virgen y recibir de Ella misma al mismo Cristo: “EN DONDE LO MOSTRARE, LO ENSALZARE AL PONER EN MANIFIESTO”. Este regalo se nos dará encerrado “EN TODO MI AMOR PERSONAL, EN MI MIRADA COMPASIVA, EN MI SALVACIÓN”. La casa del encuentro Templo espiritual, estará dedicado a cumplir su misión maternal: “ALLÍ LES ESCUCHARE SU LLANTO, SU TRISTEZA, PARA REMEDIAR, PARA CURAR TODAS SUS DIFERENTES PENAS, SUS MISERIAS, SUS DOLORES”. Su intención es, ante todo, aliviar las miserias espirituales y las penas del alma: que desaparezcan e nuestro corazón el culto a las pasiones y la esclavitud del egoísmo y la ambición. Quiere un templo espiritual en cada corazón.

“Adapta su comunicación” (vv. 126, 128).

María comunica su mensaje a Juan Diego tomando en cuenta su modo de ser y de pensar, sus términos y símbolos, y le habla en su mentalidad y lenguaje: “VERDADERÍSIMO DIOS POR QUIEN SE VIVE... EL DUEÑO DE LA CERCANÍA Y DE LA INMEDIACIÓN”. El cantar sobre el cerrillo... de muchos pájaros finos y las variadas flores, que Juan Diego, obediente sube a cortar, son también algo que le hablan al vidente: LA FLOR Y EL CANTO símbolos náhuatl de lo cierto y verdadero.

Elige al humilde (v.12).

Cuando María llama al indio “JUANITO EL MAS PEQUEÑO DE MIS HIJOS”, la Virgen nos lanza un reto: Ella se inclina por el más pobre, por el mas desvalido, necesitado y marginado; por aquel que está tan humillado que piensa que no sirve para nada, que es “ESCALERILLA DE TABLAS... COLA... GENTE MENUDA”, al escogen María a un simple ‘macehual’, esto es: un simple hombre del pueblo, que sigue el proceder de Cristo que elige al pobre y al humilde para realizar sus planes.

Suscita la confianza y promueve la superación (v.59).

A Juan Diego lo hace útil e indispensable en la comunidad para que esforzándose y viendo lo que con ayuda del cielo puede lograr, se descubre como persona, adquiere la confianza y la seguridad en sí, conduciéndolo a un esfuerzo de superación y a ser el artífice de su propio destino “ES MUY NECESARIO QUE TU, PERSONALMENTE, VAYAS, RUEGUES, QUE POR TU INTERCESIÓN SE REALICE, SE LLEVA A EFECTO MI QUERER, MI VOLUNTAD”. El mensaje anunciado hace más de 450 años sigue iluminando e impulsando al México de hoy. (Nican Mopohua, traducción de P. Mario Rojas – 1978).

III.- GUADALUPANISMO Y PASTORAL.

La Virgen de Guadalupe es la primera evangelizadora de México y de América. Ella es el modelo perfecto del evangelizador en el presente y en el futuro de América Latina. El mensaje Guadalupano es un modelo de evangelización integral y liberadora. La Pastoral tiene en el guadalupanismo una raíz y un nutriente de valor excepcional. Estas y otras tesis pastorales podrían destacarse a la luz del Documento e Puebla.

El Hecho Guadalupano puede ser enfocado y estudiado desde muchos ángulos. Así podríamos apreciar el aspecto histórico, el antropológico, el teológico, el científico, el artístico, el literario, el pastoral y hasta el político. Todos estos aspectos son importantes, todos merecen nuestra atención. Pero los pastores del alma debemos orientarlo todo hacia nuestro objetivo: la salvación integral, la liberación integral de nuestro pueblo, a través de una evangelización integral y liberadora.

En esta línea pastoral hemos tratado de preparar las celebraciones guadalupanas en los pueblos, barrios y comunidades de la parroquia. Consigno aquí algunas experiencias y reflexiones.

El mensaje guadalupano, contenido esencialmente en el Nican Mopohua, es para nosotros un quinto Evangelio. Pero hay que leerlo desde el pueblo, desde su realidad, desde su historia. Así lo estamos leyendo en nuestra Escuela de Dirigentes, en los Círculos Bíblicos, en las comunidades Eclesiales de Base, en los Centros Catequísticos. Nos está ayudando mucho el folleto publicado por el Centro Antonio de Montesinos, a través de esta reflexión, que sigue los tres pasos del ver-juzgar-actuar, las comunidades van llegando a conclusiones pastoralmente trascendentales: que la Virgen de Guadalupe elige a los pobres; que los pobres han de ser sujetos, o sea, protagonistas de su propia liberación; que en la Iglesia todos –pastores y laicos- debemos evangelizar y dejarnos evangelizar; que el mensaje guadalupano es tan actual ahora como en el siglo XVI, o en el siglo XIX.

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[1] El día 9 de diciembre de 1531 se apareció la Virgen María a un indio llamado Juan Diego, en el cerro de Tepeyac, cerca de la ciudad de México, manifestándole sus deseos de que allí fuese erigido un templo. Después de sanar milagrosamente al indio Bernardino, tío de Juan Diego, el 12 de diciembre, cuando, por mandato de la Virgen, llevaba al Prelado unas flores, al dejarlas caer de su tilma, la imagen de la Señora apareció grabada en esa prenda, que se venera en la actualidad en el Santuario Basílica de Guadalupe, en México. Era la señal que había pedido el Obispo Juan de Zumárraga, que levantó una capilla en 1553. Existen diversos documentos que testifican los hechos acaecidos. El más antiguo es el que recoge la declaración de un testigo presencial de la entrevista entre Zumárraga y Juan Diego. Se conserva en la Biblioteca Nacional de México.

[2] NICAN MOPOHUA, según la traducción de M. ROJAS, México 1981, nn. 28-2.

[3] Ibídem, nn. 181-183.

[4] JUAN PABLO II, Ángelus 13-XII-1987.

[5] Ibídem.

[6] Cfr. IDEM, Oración a la Virgen de Guadalupe, México 27-I-1979.

[7] Ibídem.

[8] IDEM, Discurso 6-XI-1981.

[9] Á. DEL PORTILLO, Carta pastoral 25-XII-1985.

[10] Ibídem.

[11] Mc 16, 1.

[12] CONC. VAT. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 3.

[13] Mt 28, 18.

[14] Mt 22, 9.

[15] SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. III, p. 63.

[16] Cfr. CONC. VAT. II, loc. cit., 14.

[17] Ibídem, 6.

[18] SANTA TERESA DE LISIEUX, Novissima verba, en Obras completas, Monte Carmelo, 5ª ed., Burgos 1980.

[19] Cfr. J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja, 716.

[20] Cfr. IDEM, Camino, 831.

[21] JUAN PABLO II, Homilía en Guadalupe, 27-I-1979.

[22] Los textos intercalados en cursivas y entre guiones, corresponden a estos comentarios.