18/02/2026

Mc 12, 28-34 - Contemplación de la Cruz 24 - Cuaresma

VIERNES III DE CUARESMA (Mc 12, 28-34)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 24

Contemplemos a Jesús, al pie de la cruz, acompañando a María, teniendo sus mismos sentimientos, bien dispuestos a recibir las gracias que Dios nos quiere dar, como fruto de este rato de oración. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de nuestra Madre que nos dice:

 

Hijitos míos: contemplen conmigo este torrente de agua viva que brota de la cruz.

Ahí contemplen a Jesús crucificado.

Él es la fuente de agua viva que se dona para la salvación del mundo.

Contemplen este río caudaloso, infinito, que corre con tanta fuerza y llega a todos los rincones del mundo.

Escuchen el ruido del agua al pasar con tanta fuerza y recíbanla. Es un torrente de gracia.

Muchos no pueden ver, porque no tienen fe, no creen en Jesús ni en las gracias de salvación que provienen de Él en la cruz. Pero esta agua bendita, que es gracia divina, les dará la fe para que puedan ver, y entonces crean en Él.

La fe abre los ojos del alma para que puedan contemplar la belleza de este divino sacrificio –la grandeza y la magnificencia del amor de Dios–, derramada a través de Jesús crucificado, a través de sus sufrimientos, por los que su Padre se compadece de la humanidad, y concede la indulgencia plenaria por Cristo, con Él y en Él, para que todos los hombres se puedan salvar.

Contemplen a Jesús en la cruz.

Está vivo, está dando su vida, se está entregando, derramando su sangre  hasta la última gota.

Contemplen cómo resiste soportando tanto dolor hasta darse todo, hasta dar su vida por amor.

Contemplen estas palabras de un hombre que ha llegado al límite de las fuerzas de su humanidad y está siendo sostenido por la omnipotencia de su divinidad. Pero también en eso se da, sintiendo el abandono y la soledad de la noche oscura: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”.

En estas palabras mediten en cómo el Señor verdaderamente se ha hecho pecado, ha asumido todos los pecados de los hombres, experimentando la agonía de un alma que se siente morir abandonada de Dios, y aun así mantiene heroicamente la virtud de la fe, de la esperanza y de la caridad, entregando su espíritu en las manos de su Padre, confiando en que Él lo resucitará y le concederá, a través del torrente de agua viva que brota de Él, que todas las cosas sean renovadas, que todas las almas tengan la posibilidad de alcanzar la salvación y la vida eterna en el Paraíso.

Pidan perdón, hijitos, por todos aquellos miembros de la Iglesia que dejan solos a los sacerdotes, que los tratan con indiferencia o con desprecio, especialmente cuando ellos más necesitan de compasión y de compañía.

Pidan perdón por aquellos que se alejan de los sacerdotes cuando ellos pasan por grandes dificultades, por momentos de desierto espiritual, por momentos de tentación, y caen en el pecado, pasan junto a ellos, y, a pesar de verlos caídos, abatidos, solos, necesitados, o enfermos, no se detienen, pasan de largo o los juzgan, los critican, los acusan, no creen en ellos ni en el poder que tienen para administrar con eficacia los sacramentos, a pesar de su estado espiritual, y los abandonan y los dejan morir en la agonía de su soledad.

 

 

Contemplemos al Hijo de Dios pendiendo de la cruz. Alabemos al Señor, que, por su muerte en la cruz, ha redimido al mundo. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:

 

Amados míos: contemplen mi cruz, para que participen de mi gloria.

Contemplen al Hijo de Dios, al Cordero de Dios, al Mesías, al Salvador, al Verbo hecho carne, muerto en la cruz.

Contemplen la misericordia derramada a través de mi bendita sangre.

Contemplen mi entrega total en manos de los hombres y mi espíritu en las manos de mi Padre, en quien me abandono confiando en su promesa,  esperando que Él me resucite para darle al mundo la vida eterna.

Contemplen la obra de Dios, que es la Santa Iglesia, y en ella a todos los hijos de Dios reunidos como testigos de su misericordia.

Contemplen a los pastores que, configurados conmigo en la cruz, reúnen a mi pueblo para darles testimonio de mí, a través de mi Palabra y de sus obras.

Contemplen mi cuerpo torturado, mi rostro desfigurado, y vean en este cuerpo y en este rostro la imagen del pecado que ha sido destruido con mi muerte, y sean ustedes, en esta contemplación, testigos de mi victoria.

Pidan perdón por los sacerdotes que no dan testimonio de mí.

Pidan perdón por los sacerdotes que dan falso testimonio de mí.

Pidan perdón por los sacerdotes que causan escándalo, y, aun siendo testigos de mi verdad, confunden a los fieles, que, en lugar de acercarse a mí, me abandonan, se van, no creen en mí porque las obras malas de ellos no dan testimonio de mí.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que maldicen, que critican, que juzgan, que hacen obras malas, o que no participan de mi cruz.

Pidan perdón por aquellos que no hacen mis obras, que no llevan al mundo mi misericordia, y que, en lugar de estar conmigo, están contra mí.

Pidan la conversión de los sacerdotes que viven con el rostro desfigurado ante los hombres a causa de sus pecados.

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!