AMOR MISERICORDIOSO
«Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar» (Mc 16, 14).
Amigo mío:
Abre tu corazón para que recibas mi misericordia.
Yo vine a predicar la verdad.
Yo vine a darles libertad.
El verdadero amor es libre.
Y yo vine a manifestar el amor de mi Padre por la humanidad.
Pagando su rescate con mi sangre.
Liberándolos de las cadenas del mundo y del pecado.
Pero, preservando la libertad.
Porque los amo como los ama mi Padre: con verdadero amor.
Es por eso necesario que cada uno acepte su propia salvación.
Mi misericordia es eterna.
Es infinita.
Es grande.
Por eso no los he dejado solos.
Porque los conozco.
Sé cuáles son sus debilidades.
He querido permanecer con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.
Para ayudarlos a permanecer en el camino de la libertad, y decidir, por su propia voluntad, aceptar mi misericordia, para ser contados entre los hijos de Dios y ser dignos de recibir la heredad de su Paraíso.
¿Es acaso tan difícil comprender esto, amigo mío?
Tanto los he amado, que no he impuesto sobre ustedes mi voluntad.
Les he mostrado el camino a la verdadera libertad.
Les he revelado la verdad, para que la conozcan y sean verdaderamente libres.
Yo soy el camino, yo soy la verdad.
He resucitado de entre los muertos para darles vida.
Yo soy la vida.
Y he venido a salvarlos.
Pero no lo haré si no es porque quieran seguirme en perfecta libertad.
Por eso es necesario que crean en mí.
Porque ¿cómo van a seguir a alguien en quien no creen?
¿Cómo van a seguir el camino de alguien que creen que está muerto, o que jamás ha existido?
¿Cómo van a creer en alguien que les promete el Paraíso divino si no creen que es Dios?
Yo deseo sumergirlos en el mar infinito de mi misericordia.
Para que crean en mí y se salven.
Yo deseo darle a todos los beneficios benditos de mi cruz.
Los frutos de mi sacrificio, por el cual han sido redimidos.
Y he dejado para todos abiertas las puertas del Paraíso.
¿Es acaso tan difícil creer que Dios los ha mirado con ternura y compasión, y ha enviado a su único hijo para llevarlos de vuelta a su abrazo misericordioso, y que deben creer en el Hijo para ir al Padre, porque la voluntad del Padre es que los hijos vuelvan a Él a través de su único Hijo, para que todos sean uno con Él?
¿Por qué los corazones de los hombres son tan duros?
¿Por qué les cuesta tanto creer?
No basta que vengan solos, porque se pueden perder.
Por eso, de entre ellos, algunos llamé, los elegí para mí.
Los hice sacerdotes.
Para que sean pastores a quienes las ovejas puedan seguir y los traigan a mí.
Por tanto, los sacerdotes son instrumentos de misericordia.
Pero no solo eso.
Era muy poco que fueran tan solo un instrumento.
Yo quise hacerlos uno conmigo, para ser yo mismo quien conduzca a mi rebaño a la casa de mi Padre.
Y les di la configuración.
Y el poder, para hacer las mismas obras que hice yo.
¿Es acaso tan difícil de entender esto?
Ya que los hombres conservan su libertad para amar a Dios o para pecar, para hacer el bien o para hacer el mal…, viendo su debilidad, sabía que volverían a condenarse, porque volverían a pecar.
También esos pecados los perdoné.
Los sufrí en la cruz.
Entonces les di el poder del Espíritu Santo para perdonar los pecados.
Y de ese modo, habiéndose arrepentido, manifestaran su deseo de unirse a mí, de permanecer conmigo.
¿Te parece lógico?
El ministerio sacerdotal es una ayuda.
Es misericordia.
Es perdonarlos una y otra vez, aunque vuelvan a pecar setenta veces siete.
Perdonar, ayudar, guiar, dirigir…
Enseñarles el camino.
Santificarlos en la verdad.
Tienen los medios.
Tienen mi Palabra.
Tienen la gracia.
Pero, como algunos piensan que eso no basta, y no creen, he decidido conservar mis llagas.
Para que, a través del dolor, del sufrimiento de aquellos que necesitan TOCAR mis llagas para creer, se sientan tan vulnerables, tan frágiles, tan necesitados de Dios, que supliquen mi misericordia, y entonces vean mis obras y crean.
El testimonio de los que aun sin verme han creído, y el testimonio de los que me han visto, es bueno para que los incrédulos se conviertan y crean.
Tú eres, sacerdote, instrumento de mi misericordia.
Eres uno conmigo.
Yo obro a través de ti.
Y tú das testimonio de mí.
Tienes poder para perdonar los pecados.
Y traer a los hombres a mí.
Para presentarlos ante mi Padre que está en el cielo.
Y tu misión cumplir.
¿Qué te falta, amigo mío, para hacer lo que te digo?
Llénate de mi misericordia.
Y te llenarás del deseo de salvación de almas.
Pero, yo te digo, que tu alma primero.
Eso es lo que yo quiero.
Confía en mí.
Abandónate en mi misericordia.
Y yo haré de ti un hombre según mi corazón.
Entonces no habrá límites para ti.
Conquistarás corazones.
Invitándolos a que metan su dedo en mis llagas.
Y su mano en mi costado.
Para que crean en mí.
