UNA FE GRANDE
«Les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón» (Mc 16, 14).
Amigo mío:
¿Tú crees en mí?
Jamás has dudado de mi existencia.
Y no lo harás…
Sería como dudar de tu propia existencia.
Lo difícil no es creer que yo existo, sino creer que estoy presente en todas partes, en todo lugar, al mismo tiempo, todo el tiempo.
¿Crees eso?
Lo difícil es creer, no en que morí crucificado, sino en que HE RESUCITADO.
Y estoy aquí.
Sé que tú lo crees.
Y por eso yo te envío a que des testimonio de mí.
¿Tú crees en mi Palabra?
¿Y en que es viva y eficaz?
Tú eres apóstol del Evangelio.
Por ti muchos incrédulos creerán.
Y eso no es debido a ningún poder del Orden Sacerdotal.
Eso es porque tienes una fe grande.
Una fe que yo te di, y que tú has sabido cuidar y alimentar.
Has sabido pedirme la fe que te falta.
Y cuántos desearían tener tu fe…
La prueba está en que algunos hermanos tuyos, que han sido bendecidos y ungidos por mis manos con el Orden Sacerdotal, no creen.
Cuánta amargura siente mi corazón por ellos.
No es que yo no haya querido darles la fe.
Yo se las di igual que a ti, pero no han sabido cuidar ese tesoro.
Han debilitado su fe.
Y algunos, aun así, sin creerse todo, me obedecen.
Viven las virtudes, se esfuerzan y luchan por complacer a Dios.
A ese Dios que no ven y que no sienten presente, ni siquiera al partir el pan.
Pero te aseguro que creerán.
Yo les daré los medios si tú me ayudas a llevarles el Evangelio.
Se convertirán.
Porque su obediencia merece que yo los llene de mi misericordia.
Que perdone sus descuidos, sus ofensas…
Y llene de paz sus corazones.
Hay otros que también han perdido la fe.
Viven deprimidos, tristes, angustiados, desconsolados…
Sumidos en la desesperación de su destierro.
Se han resignado.
Están paralizados.
Han dejado de luchar.
Se están muriendo en vida.
Y a ellos también deseo mi misericordia hacer llegar.
No porque ellos la merezcan.
Sino porque no quiero perderlos.
Mi Padre me los dio.
Yo los amo.
Y a ellos yo te envío, a llevar la gracia de la conversión a través de la oración.
Hay otros que también han perdido la fe.
Y han decido traicionarme, alejarse de mí.
Contradecir mi Palabra.
Ellos se pierden en medio del mundo.
Y con ellos llevan a la perdición a muchas almas.
Algunos de ellos no creerán, y perecerán.
Eternamente, en el infierno arderán.
Serán llamados “malditos”.
El rostro de mi Padre no verán jamás.
Pero te aseguro que los buscaré.
Y tu testimonio les llevaré.
A mi Padre ruego por ellos.
No solo los llamaré…
Les suplicaré que me escuchen.
Les reclamaré su incredulidad.
Y, si ellos quieren, los liberaré, y volverán.
Pero hay otros que no tendrán remedio.
Porque no solo no creen en mí.
Sino que han blasfemado contra el Espíritu Santo.
Y eso no se les perdonará.
Pero yo te digo que aún es tiempo.
Si se arrepienten verdaderamente…
Si piden perdón con verdadero arrepentimiento, y hacen expiación…
Alcanzarán, aun después de la excomunión, mi bendición y mi perdón.
Si ellos se abandonan en mi misericordia antes de que la muerte los alcance.
Porque mi misericordia es más grande que mi justicia.
Yo te envío.
Ayúdame, ve por ellos.
Yo los quiero a todos.
Los amo.
Por eso los llamé.
Por eso los elegí.
