18/02/2026

Lc 4, 24-30 - Contemplación de la Cruz 20 - Cuaresma

LUNES III DE CUARESMA (Lc 4, 24-30)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 20

Permanezcamos al pie de la cruz, acompañando a María, contemplando el rostro herido de Jesús, que guarda silencio. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de nuestra Madre que nos dice:

 

Hijitos míos: les agradezco que me acompañen. Vengan conmigo. Vamos a contemplar a mi Hijo en la cruz, signo del amor de Dios por la humanidad.

Contemplen su rostro herido.

Contemplen su boca, sus labios hinchados, amoratados, heridos y sangrantes.

Sus dientes enrojecidos por la sangre que brota de sus encías, reventadas por los golpes alrededor de su boca.

Su barba y su bigote empapados en sudor y sangre. Una parte de su barba ha sido arrancada por los jalones y su piel ha sido arrancada también.

Muestra signos de tortura despiadada y brutal.

Él es la Palabra de Dios, y sin embargo guarda silencio ante los gritos, las burlas, las maldiciones, las groserías, las blasfemias, las acusaciones injustas, las difamaciones y los lamentos.

Él calla.

Fue llevado como cordero al matadero, sin abrir la boca. Y ahí, pendiendo de la cruz, solo dice unas cuantas palabras llenas de sabiduría y de verdad. Palabras de compasión, de perdón, de misericordia, porque la boca habla de lo que hay en el corazón.

Pidan perdón, hijitos, por aquellos miembros de la Iglesia que hacen callar las  voces de los sacerdotes, que les impiden predicar; por los que tergiversan la verdad, manipulando las palabras de los sacerdotes, haciéndolos transmitir un mensaje equivocado, de acuerdo a su conveniencia, o en contra de la Doctrina de la Iglesia.

Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que le tapan la boca a los sacerdotes y no los dejan hablar con libertad; por aquellos que los amenazan y levantan falsos testimonios en su contra.

Pidan perdón por los que dicen chismes, mentiras y falsas noticias de un sacerdote.

Pidan perdón, especialmente, por aquellos que dan falsos mensajes, y que engañan, pretendiendo ser la voz del Santo Padre, y usan su nombre para divulgar un falso mensaje.

 

Contemplemos en el cuerpo de Jesús crucificado, cada golpe, cada herida causada por nuestros pecados. Pidamos perdón, y escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:

 

Amados míos: contemplen en esta cruz el sacrificio del Hijo de Dios, necesario para el perdón de sus pecados, y vivan al pie de la cruz este  sacrificio, que se renueva constantemente en el altar por el poder que he otorgado a mis sacerdotes, y que, aunque se realiza de modo incruento, es verdadero, es el mismo.

Es vivir exactamente en el mismo tiempo, en las mismas condiciones, en el mismo lugar, mi pasión, mi crucifixión y mi muerte, acompañando a mi Madre, que sufre y padece conmigo tanto dolor por los pecados de ustedes.

Contemplen en esta cruz las heridas causadas por sus propios pecados, con el corazón contrito y humillado.

Con verdadero arrepentimiento pídanme perdón a mí, a mi Padre que está en el cielo, al Espíritu Santo, a mi santa Madre, a los ángeles, a los santos, y a sus hermanos a quienes han ofendido.

Pidan perdón por sus propias faltas y por los pecados de sus hijos, especialmente por los pecados de mis sacerdotes, aquellos que no se arrepienten, que no piden perdón, que se enaltecen a sí mismos y no se humillan ante Dios y ante los hombres.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que renuevan mi sacrificio en el altar, pero tienen su corazón lejos de mí, y reciben mi Cuerpo y mi Sangre, mi Alma y mi Divinidad en la Eucaristía con el alma manchada por pecado grave.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que no promueven y no invitan a sus fieles a acudir al sacramento de la Confesión para no dedicarles tiempo, para que no los interrumpan de sus quehaceres, y no dedican tiempo a la Confesión.

Pidan perdón por mis sacerdotes infieles, que son aquellos que no examinan su conciencia, que no se consideran pecadores, que, por haber sido ungidos con el sacramento del Orden, piensan que tienen derecho a la vida eterna sin padecer mi cruz, y se glorían a sí mismos, pero no se glorían en mi cruz.

Pidan para ellos la gracia de la conversión, para que se arrepientan, se duelan de sus pecados, pidan perdón, y sean entonces dignos de alcanzar su propia santidad.

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!