18/02/2026

Lc 5, 27-32 - Contemplación de la Cruz 04 - Cuaresma

SÁBADO DESPUÉS DE CENIZA (Lc 5, 27-32)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

 

CONTEMPLACIÓN DÍA 4

Acompañemos a María, arrodillándonos junto a ella al pie de la cruz. Y contemplemos la desnudez de Jesús. Ha sido despojado de todo, también de sus vestidos, y solo tiene un paño que cubre sus partes íntimas. Y ese paño está empapado en sangre.

Observemos su muslo, y con visión sobrenatural, miremos lo que los ángeles han escrito ahí con la bendita sangre de Jesús: “Rey de reyes y Señor de señores”.

Ahora miremos a los soldados que lo han crucificado. Ellos representan al pueblo de Dios. Se están riendo, se burlan, tratándolo con indiferencia, pero al mismo tiempo abusando de lo poco que creían que podían obtener de Él, echando suertes para quedarse con sus vestidos, con su túnica, como si eso fuera lo más valioso que podía darles Él.

Seamos conscientes de esa falta de respeto y de caridad también para la Madre y para el discípulo que estaba con ella, y para todos los demás que estaban cerca de Él, llorando por Él, sufriendo con Él, como si esa túnica significara el trofeo del triunfo por haber cometido ese acto tan cobarde, tan despiadado, tan inhumano.

 

Hijitos míos: pidan perdón y hagan penitencia, por todos aquellos miembros de la Iglesia que tratan con desprecio e indiferencia a los sacerdotes, que se acercan a ellos solo para obtener de ellos un beneficio. Se aprovechan de que ellos están puestos a su servicio y abusan de su tiempo, de su labor pastoral, de su dignidad sacerdotal, de su bondad, de su caridad, de su generosidad.

Y obteniendo de ellos lo que necesitan, un sacramento, una misa, una bendición, un apostolado, -para que cara a la sociedad los hagan quedar bien-, y luego se van sin agradecer, sin tomarlos en cuenta. Y muchas veces hasta maltratándolos, insultándolos, faltándoles al respeto, para cumplir sus caprichos, para obtener de ellos un beneficio.

Pidan perdón también por aquellos miembros de la Iglesia que tienen fe y que se acercan a los sacerdotes con rectitud de intención para pedirles un sacramento, un consejo, pero no piensan en ellos, no ven por ellos, no se preocupan por ellos ni se ocupan de ellos.

A veces no se dan cuenta de que los tratan con indiferencia, con desprecio, y obtienen de ellos grandes beneficios a través de sus ministerios, de la administración de los sacramentos, de todo su trabajo pastoral, y los dejan ahí, en medio de sus sufrimientos, de su soledad, crucificados con su Señor, sin  darse cuenta que ellos son el mismo Cristo sobre la tierra, porque están configurados con el Rey de reyes y Señor de señores, que vendrá de nuevo resucitado, glorificado, y con todo su poder, y en los sacerdotes, esa gloria todos podrán ver.

Entonces llorarán arrepentidos y llenos de amargura aquellos que no supieron ver, que no ayudaron, que no trataron con respeto y dignidad a los sacerdotes que, con sus sacrificios, unidos al sacrificio de Cristo, los cubrieron con su bendita sangre para perdonarlos, para salvarlos.

 

 Escuchemos en nuestro corazón su voz, que desde la cruz nos dice:

 

Amados míos: acompañen a María, mi Madre, al pie de la cruz. Eleven, como ella, la mirada, y contemplen ese cuerpo precioso, ese Cordero de Dios exaltado, crucificado, lleno de tantas heridas, que no se pueden contar.

Contemplen por cada herida un pecado, de modo que en este cuerpo están asimilados todos los pecados de la humanidad. Yo soy el Cordero de Dios, puro, perfecto, justo, santo, sagrado, que nunca cometí pecado, pero me hice pecado para lavar con mi sangre todos los pecados del mundo, todos los pecados de la humanidad de todos los tiempos.

Contemplen cómo brota mi sangre de cada herida y baña todo mi cuerpo, de manera que todo pecado es, con esta sangre bendita, destruido, perdonado, lavado.

Pidan perdón por sus propios pecados, por esas heridas que ustedes mismos me  han causado, por esas manchas en sus almas, que yo lavo con mi preciosa sangre.

Pero antes contemplen en este cuerpo bendito, en estas heridas profundas, los pecados de mis sacerdotes, porque este sacrificio también los redime a ellos.

Sin importar la gravedad del pecado cometido, perdonen de corazón, y pidan perdón por ellos, y la gracia que necesitan para que no caigan en la tentación, rezando el Padre nuestro, que es la oración perfecta, porque se las enseñé yo.

Al recitar esta oración perdonen de corazón, pidan perdón, y tengan el corazón dispuesto a recibir la providencia del Padre, para que lleven la misericordia, a través de sus obras, a mis sacerdotes, y consigan para ellos la gracia de la conversión y la santificación.

Contemplen en mi cruz a los sacerdotes que practican en santidad sus ministerios, crucificados conmigo, perdonando a mi pueblo, dando la vida conmigo para traerlos a mí.

Y, a través de la oración del Padre nuestro, pidan al Padre la gracia para sostenerlos en esta cruz, y su perseverancia en el ministerio, por el cual administran mi misericordia, fruto de la cruz.

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca, para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!