LUNES II DE CUARESMA (Lc 6, 36-38)
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 13
Pongámonos de rodillas ante el Crucificado, y acompañemos a María, poniendo nuestras manos entre sus benditas manos, para que nos sostenga, mientras pedimos misericordia para todos aquellos que necesitan la compasión de Dios. Contemplando en silencio, escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:
Hijitos míos: vengan conmigo, acompáñenme en el silencio. Vamos a orar. Denme sus manos. Vamos a rezar. Pidamos misericordia para los pecadores.
Contemplen a Jesús en la cruz.
Contemplen el rostro de Dios.
Este rostro desfigurado por los golpes, por las heridas causadas por la maldad de los hombres.
Este rostro desfigurado por el pecado de todos los hombres, que Jesús asume como suyos en la cruz, para perdonarlos, para destruirlos, para liberarlos de toda culpa y puedan presentarse con el alma limpia ante el Padre.
Contemplen el rostro de mi Hijo.
Está cubierto de sangre.
Su nariz está deformada, sus pómulos están hinchados, su boca amoratada, sus encías sangran, su frente perforada por el filo de las espinas.
Está desfigurado. Ya no se parece al rostro que vi ayer, al rostro que acaricié, al rostro que contemplé, al rostro que admiré.
Y, sin embargo, a pesar de todo, ¡mira qué bello es!
Es el rostro de Dios.
¡Qué hermoso es el rostro de la misericordia, del perdón, de la piedad, de la compasión de Dios!
Es el rostro del amor. Y el Amor ha sido herido.
Es el rostro del dolor de la humanidad por las ofensas causadas a Dios.
Contemplen en este rostro el rostro de cada sacerdote, el rostro de los sacerdotes que, configurados con Cristo, permanecen en la cruz, perdonando los pecados de los hombres. Y el rostro deformado, desfigurado, de los sacerdotes que cometen pecado y no se parecen al Hijo de Dios.
Pidan perdón, hijitos, por todos los miembros de la Iglesia que en el confesionario insultan al sacerdote, que lo agreden verbalmente, que solo por ser sacerdote lo culpan de las malas acciones de otros sacerdotes, que desahogan su rabia, su odio, su ira, su dolor, contra el sacerdote confesor y le faltan al respeto, mientras el sacerdote procura dirigirlos, ayudarlos, para que hagan una buena confesión, para que reconozcan sus pecados y se arrepientan de sus pecados, y puedan recibir la absolución, mientras el sacerdote asume, como Jesús, esos pecados en la cruz del confesionario, para perdonarlos, para expiarlos, soportando las calumnias, las burlas, las faltas de respeto, el desahogo de los que culpan a los sacerdotes de sus propios pecados, y también de los que confiesan haber cometido un pecado grave contra un sacerdote.
Con humildad, contemplemos a Jesús, despojado de todo, pero vestido de la riqueza de su bendita sangre, derramada por el perdón de nuestros pecados. Escuchemos en nuestro corazón la Palabra de Dios, que es Cristo, y que desde la cruz nos dice:
Amados míos: contemplen mi pobreza, mi desnudez. No tengo nada, me han despojado de todo.
Contemplen mis llagas. Contemplen en mí a mis sacerdotes, los que han renunciado a todo, se han despojado de todo para tomar su cruz y seguirme.
Están crucificados conmigo, son como mendigos necesitados de la misericordia del pueblo de Dios.
Al mismo tiempo, contemplen mi riqueza: mi preciosa sangre, derramada para enriquecer al pueblo de Dios con mi misericordia.
Contemplen esta riqueza, que a mis sacerdotes yo les doy, para que la compartan y la administren al pueblo de Dios.
Ellos no tienen nada. En la pobreza de su humanidad están necesitados de la misericordia de los fieles. Pero ellos tienen la riqueza que no tienen los fieles, ellos tienen las llaves del cielo, ellos son quienes los conducen, a través de la riqueza espiritual derramada en los sacramentos, a mi Paraíso.
Ellos son, al mismo tiempo, unos pobres miserables y los anfitriones del banquete del Cordero, por el cual reciben las verdaderas riquezas del cielo.
Sean ustedes misericordiosos con ellos, y reciban de ellos mi misericordia.
Pidan perdón por los sacerdotes que no perseveran en mi cruz porque no comparten mis riquezas con el pueblo, que no cumplen mi ley, que se pierden enriqueciéndose con las riquezas mundanas, y que están en riesgo de que la muerte los sorprenda en grave pecado y vayan al infierno.
Rueguen a Dios y ofrezcan sacrificios, en forma de misericordia, con los sacerdotes más necesitados, pidiendo por los sacerdotes que sufren las penas del purgatorio, que son terribles, porque, al haber sido configurados conmigo, padecen en el purgatorio los sufrimientos de mi cruz que no quisieron sufrir en este mundo. Sufren además el terrible tormento de sus almas de haberme dejado solo, de haberme abandonado, y de no haber derramado mi misericordia sobre los más necesitados.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
