17/02/2026

Lc 9, 22-25 - Contemplación de la Cruz 02 - Cuaresma

JUEVES DESPUÉS DE CENIZA (Lc 9, 22-25)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 2

En la contemplación de la cruz el día de hoy, acompañando a María, elevemos los ojos y contemplemos a Jesús en la cruz. Pongamos nuestra atención en sus piernas.

En un momento de silencio, contemplando el crucifijo, escuchemos la dulce voz de María que  nos habla al corazón:

 

Hijitos míos: contemplen a Jesús en la cruz. Miren, se pueden contar todos sus huesos. Está deshidratado, está derramando toda su sangre.

Miren el esfuerzo que hace con sus piernas, apoyando sus pies, con todo el dolor que esto le ocasiona para poder sobrevivir, para que el aire entre a sus pulmones y pueda seguir viviendo, para derramar conscientemente su sangre para la purificación de su pueblo.

No quiere ahorrarse ningún sufrimiento. Él sabe que aún no ha llegado su hora, aún le quedan unos momentos antes de entregar su espíritu en las manos del Padre.

Está perdonando los pecados de su pueblo. Pide perdón por el dolor, el sufrimiento que algunos miembros de la Iglesia le causan a su  Sagrado Corazón, cuando persiguen, maltratan, lastiman, tratan con indiferencia, violentan, torturan y asesinan a sus sacerdotes misioneros, que recorren tantos lugares, que llevan tanto cansancio en sus piernas, en sus pies, que luchan por sobrevivir en lugares inhóspitos, en lugares remotos, para a su pueblo servir.

Se compadece de cómo desgastan sus fuerzas. Apenas tienen un pan para llevarse a la boca, y aun ese pan lo comparten con los pobres. Y por eso son odiados, perseguidos, maltratados, despreciados, desechados, tratados como basura del mundo por algunos bautizados.

¿Cómo pueden tratar así a sus hermanos? 

¿No se dan cuenta que es a Cristo al que violentan?

Pidan perdón por ellos.

Unan sus lágrimas a las mías, para que el Señor purifique a su Iglesia.

 

Escuchemos en nuestro corazón la voz de Jesús, que desde la cruz nos dice:

 

Amados míos: pidan perdón y hagan penitencia por aquellos sacerdotes que ponen resistencia al cumplimiento de la voluntad de Dios, que se dejan dominar por el miedo, que caen en la tentación y en la desobediencia, que no extienden sus brazos para unirse conmigo en la cruz, que se arrepienten de haberme seguido, y con cobardía, en lugar de pedir mi gracia para soportar y perseverar, se alejan de mí, renuncian a sus obligaciones y a los deberes de sus ministerios, y se van.

Algunos, viviendo en la tibieza, como sacerdotes resignados, que no ejercen sus ministerios con eficacia ni con amor, y otros, abandonando el sacerdocio, pidiendo la dispensa de sus obligaciones y responsabilidades sacerdotales para vivir en medio del mundo, cegados por el deseo de vivir de modo ordinario como laicos, justificando su cobardía con el error de una vocación mal elegida.

Pidan las gracias para ellos, para que vuelvan a mí, para que se conviertan y vivan unidos a mí, porque ellos han sido ungidos, y por el sacramento del Orden permanecen siendo sacerdotes para siempre.

Pidan perdón y ofrezcan sacrificios agradables a Dios, –que son ofrendas unidas a mi sacrificio en la cruz–, por aquellos sacerdotes que se ponen en ocasión de pecado, que caen en tentación, que ofenden gravemente a Dios, y aunque estén unidos a mí por estos clavos, sus corazones están lejos de mí.

Y por todos aquellos que no han conseguido hacer de sí mismos una entrega total, que no se abandonan en mí, porque no han renunciado a su vida de comodidad, de placer y de pecado.

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos  espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!