18/02/2026

Lc 11, 29-32 -Contemplación de la Cruz 08 - Cuaresma

MIÉRCOLES I DE CUARESMA

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 8

Acompañemos a María. Vamos a contemplar al Señor crucificado, compartiendo el dolor de su Corazón Inmaculado. Escuchemos su dulce voz que nos dice: 

 

Hijitos míos: tengan compasión de mí y compartan mi dolor. Olvídense de los ruidos del mundo, eviten todo pensamiento que les cause distracción.

Abandónense en el silencio interior.

Eleven su mirada.

Contemplen su hombro. Está dislocado por el esfuerzo.

Miren su llaga causada por el peso de la cruz.

Miren cuánta sangre por esa herida se derrama. Desde antes de ser crucificado, ya la derramaba.

Esta cruz es tan pesada, porque lleva el peso de los pecados de todos los hombres, de todos los tiempos.

¡Cuánto peso ha cargado sobre sus hombros, para que los hombres lleven una carga ligera!

Miren cuánto dolor le causa mover su hombro para poder respirar. Ya casi no tiene fuerzas, pero persevera en su entrega total, perdonando con todo el amor de su corazón esos pecados que ha asumido en la cruz, para que sean perdonados todos los hombres de todos los tiempos.

Pidan perdón por los miembros de la Iglesia que ven a los sacerdotes cargar una cruz, tan pesada, que a veces ya no pueden caminar, a veces no pueden seguir y se debilitan bajo el peso de su cruz, y no se detienen para ayudarlos.

Y no solo no los ayudan, sino que les exigen más, los tratan con desprecio, les ponen pesadas cargas, y los abandonan en medio de su sufrimiento, de su soledad, argumentando que es su deber sacrificarse por el pueblo, y no les tienen compasión, sino que se complacen en sus sufrimientos.

 

Contemplemos el cuerpo crucificado de Jesús vivo, sufriente, soportando todo por amor. Escuchemos en nuestro corazón su voz, que nos dice:

 

Ahora contemplen las heridas de mi Corazón, causadas no por mis enemigos, sino por mis amigos, aquellos que me abandonaron.

Pues yo les digo, estas heridas duelen mucho más que cualquier herida de mi cuerpo flagelado, torturado, crucificado.

A ellos también los he perdonado, a ellos también los amo. Mientras más hieren mi Corazón, más grande es mi compasión. Ruego por ellos pidiendo perdón.

Y mi Padre, que está en el cielo, y que los ama tanto como los amo yo, no mira sus faltas ni su cobardía, sino el amor de sus corazones, que aman tanto a mis enemigos, como los amo yo.

Pidan perdón por mis sacerdotes, mis siervos, a los que yo he llamado amigos, los que me abandonan, los que pecan contra mí, los que se alejan de mi amistad y se convierten en mis enemigos, para que se conviertan y vuelvan a mí.

Ámenlos a pesar de sus errores, a pesar de sus pecados. Pidan perdón por ellos, pidan para ellos las gracias que necesitan para volver a mí.

Yo les aseguro que mi Padre que está en el cielo verá el amor de ustedes por ellos, y les dará la gracia para que ustedes sean perfectos como Él, amando como amo yo, y como ama mi Madre, con perfecto amor.

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!