18/02/2026

Lc 11, 14-23 - Contemplación de la Cruz 23 - Cuaresma

JUEVES III DE CUARESMA (Lc 11, 14-23)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación.

CONTEMPLACIÓN DÍA 23

Acompañemos a María, al pie de la cruz, contemplando la cabeza de Jesús, Rey de reyes y Señor de señores, coronado por los hombres con espinas de desprecio, de burla, de tortura, de injusticia. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de nuestra Madre que nos dice:

 

Hijitos míos: vengan conmigo. Acompáñenme a contemplar a mi Hijo Jesús, el Rey crucificado por su pueblo.

Contemplen su cabeza herida y su frente perforada por su corona.

Miren que lo han proclamado rey de los judíos, porque no han comprendido que su Reino no es de este mundo.

Contemplen su corona.

No lo han coronado con oro y piedras preciosas, sino con espinas.

No lo han coronado de gloria, sino de burla.

No le han dado un cetro de hierro, sino de caña.

No lo han coronado en medio de una ceremonia real, sino en medio de la tortura.

No han pronunciado palabras honrosas, sino insultos y burlas.

No le han puesto una capa de rey, sino un manto de púrpura.

No se han postrado ante Él, sino que lo han golpeado, lo han flagelado,  lo han torturado.

No lo han ungido con aceite, sino que le han escupido.

No le han dado un palacio, sino un calabozo.

No lo han sentado en un trono, sino que lo han crucificado en una cruz.

Su pueblo no lo ha aclamado como rey, sino como reo de muerte.

Contemplen sus pensamientos hacia su pueblo. En Él solo hay bondad, compasión, amor.

¿Cómo puede el hombre tener tanto odio contra Dios que lo creó, que le ha dado todo, hasta la vida?

¿Cuánto mal ha hecho al hombre el pecado original, que es capaz de destruirse a sí mismo y a todo lo que Dios ha puesto bajo su dominio para su bienestar?

Tienen ojos y no ven.

Tienen oídos y no oyen.

Tienen corazón y no sienten.

Tienen la capacidad de amar y no aman.

Tienen en medio de ellos al Hijo del único Dios verdadero y no lo reconocen.

Tienen libertad, y sin embargo, viven encadenados al mundo bajo el dominio del diablo.

Y, en medio de sus pensamientos, uno solo es su deseo: glorificar a su Padre que está en el cielo salvando a la humanidad, redimiendo a los pecadores dando la vida por ellos.

Pidan perdón, hijitos, por aquellos miembros de la Iglesia que no respetan a los sacerdotes, que no los reconocen como hombres sagrados, que, por los pecados de uno, acusan y juzgan a todos de ser hombres malvados, mal intencionados, pecadores, indignos de confianza.

Pidan perdón por aquellos que los ofenden, que los escupen, que los golpean, que los torturan, que los lastiman, que los acusan y los meten a la cárcel injustamente.

Pidan perdón por los bautizados que no creen en el sacerdocio, y no creen que Jesús es el Hijo único de Dios, y no lo reconocen como el Rey de reyes y Señor de señores, redentor y salvador de los hombres.

 

Contemplemos la pasión de nuestro amado Jesús, prisionero en la cárcel de nuestros corazones pecadores, para darnos libertad. Aprendamos de Él, que es manso y humilde de corazón. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:

 

Amados míos: reciban mi gracia a través de la contemplación de mi pasión.

Contemplen ese calabozo frío, oscuro y húmedo, sucio y pestilente, en donde fui arrojado la noche que me apresaron, y en el que estuve atado de  manos y pies con cadenas, como el más peligroso malhechor.

Contemplen mi silencio, mi incomodidad y cansancio, mi oración aceptando la voluntad de mi Padre, aceptando beber de ese cáliz que en el monte de los olivos me confirmó.

Toda la noche pasé haciendo oración pidiendo a mi Padre y al Espíritu Santo las gracias que necesitaba para consumar mi misión.

Sabía que me torturarían hasta la muerte.

Sabía que sería despreciado, abucheado, maldecido, maltratado, que se burlarían de mí, que me golpearían con odio y con furia, que me esperaba la muerte al día siguiente, y una muerte de cruz.

Contemplen mi serenidad y mi paz, seguro de que estaba haciendo la voluntad de aquel que me había enviado con una misión muy clara, dar mi vida derramando mi sangre para salvar a toda la humanidad.

Y permanecí en vela, en medio de la oscuridad de la noche y del frío de ese lugar, rogando por el perdón de los pecados y la salvación de todos los hombres, pidiendo perdón a Dios por todo lo que me ofenderían, por todas las torturas, el odio, y las malas intenciones de los corazones que desearían mi muerte.

Contemplen las lágrimas de mis ojos al pensar en mis amigos, los que me habían abandonado, los que me negaron y me traicionaron; no solo los que me acompañaban como apóstoles, sino todos los sacerdotes que vendrían después de ellos, que me jurarían fidelidad, y que, al igual que ellos, se dejarían dominar por su debilidad, y me abandonarán y me traicionarán.

Contemplen mi corazón latir con fuerza, sintiendo el sufrimiento de saber que mi Madre estaría ahí acompañándome, sufriendo conmigo, sosteniéndome, viéndome morir.

Pidan perdón por los sacerdotes que son encarcelados por haber cometido un delito, por haber cometido un pecado grave, por todos aquellos que son juzgados justamente porque son culpables, y pasan años en la tortura de una cárcel, y no siempre se arrepienten.

Pidan perdón por aquellos que son apresados y encarcelados, juzgados injustamente por un delito que no cometieron, pero que, en medio del suplicio de la cárcel, cometen algo peor: por su desesperación y su ira se alejan de mí, blasfeman contra Dios, y son capaces de cometer los más atroces pecados y faltas contra aquellos que los han encarcelado, o que junto con ellos, han sido condenados.

Pidan las gracias que necesitan para la conversión de sus corazones, también por aquellos que no han sido juzgados por los hombres, pero que viven encadenados a un mundo de pecado, porque ellos me han negado, me han traicionado, me han abandonado.

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!