09/02/2026

Lc 15, 39-41 - Recibir a la Madre

RECIBIR A LA MADRE

 

«María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto esta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno» (Lc 15, 39-41).


 

Amigo mío:

En esta Pascua, que celebramos tú y yo, quiero darte el auxilio más grande que en el mundo tuve yo:

AQUÍ TIENES A MI MADRE Y TU MADRE.

Para que, con ella, alabes y glorifiques a Dios.

Tú eres su hijo.

Has sido engendrado en su corazón y en su vientre puro e inmaculado, al haber sido conmigo configurado.

Celebremos la fiesta del encuentro de María, mi Madre, con Isabel, la madre del Precursor, a quien mi Padre envió antes que a mí, para prepararme el camino.

Encuentro que te debe hacer reflexionar en el encuentro entre mi Madre y la Santa Madre Iglesia, que engendra a todos los hijos de Dios.

Mi Madre es Madre de la Iglesia y de todos los hijos de Dios.

La Santa Iglesia está llena del Espíritu Santo.

Y, movida por Él, bendice y alaba a la Madre de Dios.

Y, con ella, glorifica a Dios.

 

Recibe a mi Madre y déjate acompañar por ella.

Recibe su auxilio y pide su intercesión.

Ella es medianera de todas las gracias.

A través de ella todo lo que es mío yo te doy.

Identifícate conmigo, en ese Niño que lleva en su vientre.

Yo Soy.

Y tú eres, configurado conmigo, el Salvador.

Tú eres quien debe hacer saltar de gozo a los hijos de la Iglesia.

Tan solo CON TU PRESENCIA.

Porque Yo Soy.

Tú eres, conmigo, servidor de todos.

Eres tú quien, llevado por mi Madre, cubierto de la humildad de su amor maternal, vas al encuentro de mi pueblo.

Para enseñarles a glorificar a mi Padre.

Viviendo en la alegría de la vida de mi resurrección.

Es tu deber ir presuroso, como misionero de la Palabra, para servir a la Iglesia.

Como portador de la Salvación que, enviado por mi Padre del Cielo, traje al mundo yo.

Asume tu gran responsabilidad.

Y alégrate, porque eres un enviado de Dios.

No como un profeta.

No como un ángel.

No como un hombre común.

Sino como el Cristo, a quien tú, sacramentalmente, representas.

Ármate de valor.

Corre presuroso al servicio del necesitado.

Salúdalo y dile: YO SOY.