JUEVES II DE CUARESMA (Lc 16, 19-31)
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 16
Acompañemos a María, al pie de la cruz, contemplando a Jesús, compadeciendo sus sufrimientos. Y pidamos a nuestra Madre que sea Ella nuestro consuelo, y nos sostenga, para perseverar junto a Jesús, haciéndonos ofrenda de sus benditas manos, con Él. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:
Hijitos míos: acompáñenme a contemplar al Hijo de Dios, el único Dios verdadero, todopoderoso y eterno, crucificado.
Contemplen ese cuerpo del Hombre-Dios que parece estar derrotado, por la furia, por el odio, por la fuerza de los hombres que piensan que lo han vencido, que lo han matado. Pero, en realidad, Él, quien es la Vida, la entrega por su propia voluntad, para la salvación de todos los hombres del mundo que están derrotados, que están condenados a la muerte, y solo Él, a través de su preciosa sangre, es capaz de salvarlos.
Contemplen las heridas de su espalda, desde el cuello hasta la cintura.
¡Miren que son tantas, que es imposible contarlas!
Su espalda es una sola llaga.
Su carne está abierta, desgarrada por latigazos y torturas.
Esa espalda que cargó el peso de la cruz en el camino al monte Calvario, para ser crucificado en ella, está pendiendo de la cruz, cargando el peso de todos los pecados del mundo.
Contemplen esas heridas de su espalda a lo largo de su columna, apoyada en el madero, que se abren al contacto con el madero inerte, que se transforma, al contacto con la preciosísima sangre del Cordero de Dios, en árbol de vida.
Contemplen en sus ojos sufrientes el dolor que le causan esas heridas.
¡Son tantas!
¡Algunas son tan profundas!
Otras superficiales, pero por todas esas heridas sangra.
¿Cómo puede haber tanta crueldad, tanta maldad?
¿Cómo puede alguien tratar con tanta brutalidad a un inocente?
Contémplenlo y compartan conmigo estos sentimientos, este sufrimiento.
¡Lo amo tanto!
Ámenlo ustedes tanto como yo. Tanto, que sientan la carne de sus corazones desgarrada por dentro.
Y sientan como yo, tanto y más amor, tanto y más dolor, por el crucificado y por los que lo crucifican.
Contemplen la espalda de cada uno de mis hijos sacerdotes en esa cruz, y pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que flagelan a los sacerdotes con el látigo de la indiferencia.
Aquellos que ven sufrir a un sacerdote y no lo ayudan.
Aquellos que dejan en el olvido y en la soledad a los sacerdotes ancianos, muchas veces enfermos.
Pidan perdón por aquellos que juzgan injustamente a los sacerdotes y los culpan de ser la causa por la que ellos se han alejado de Dios, porque un día no les gustó de un sacerdote su predicación, porque estaba cansado, porque estaba irritado, porque estaba enfermo, porque llevaba un peso muy grande sobre su espalda.
No importa la razón. Lo culpan y lo desprecian, lo difaman y lo lastiman, cargando sobre él todas sus culpas, pretendiendo justificar así sus faltas de amor y su irresponsabilidad con Dios y con la Iglesia.
Contemplemos en la cruz el preciosísimo cuerpo del Hijo de Dios destrozado, cumpliendo la voluntad de su Padre con perfección, perdonando los pecados del mundo por amor. Escuchemos en nuestro corazón su voz, que desde el suplicio de la cruz nos dice:
Amados míos: contemplen en este cuerpo destrozado al que es camino de salvación, al que es la verdad y la vida, que ha hecho milagros más grandes que cualquier profeta y, aun así, no han creído en Él, pero que aun en medio del suplicio, de la tortura de la cruz, permanece y persevera en el cumplimiento de su misión para conseguir para todos los pecadores e incrédulos el perdón y la oportunidad de que conviertan su corazón.
Pidan perdón por los sacerdotes que, por miedo a ser rechazados por sus propios familiares y amigos, se bajan de la cruz y me niegan, aceptando doctrinas relajadas y falsas, y se vuelven contra mí, porque no hacen lo que yo les digo, porque no enseñan la verdad, y no se reconocen a sí mismos en su condición sacerdotal, por la que no son solo profetas, sino que son el mismo Cristo que continúa su misión salvadora y que tienen el deber de predicar la verdad a través del Evangelio y del buen ejemplo, aunque no sean reconocidos ni aceptados en su propia tierra.
Pidan perdón por aquellos sacerdotes que no tienen el valor de cumplir con su misión.
Intercedan por ellos para que reciban las gracias que necesitan para convertir sus corazones, para perseverar en la cruz exaltada que los expone ante el mundo como profetas, sacerdotes y reyes, configurados con el Hijo de Dios, en quien se cumple toda profecía.
Pidan para ellos el valor y la fortaleza para mantenerse en fidelidad a su vocación.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
