18/02/2026

Mt 21, 33-43.45-46 - Contemplación de la Cruz 17 - Cuaresma

VIERNES II DE CUARESMA (Mt 21, 33-43.45-46)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 17

Acompañemos a María, al pie de la cruz, contemplemos su tierno rostro cubierto de lágrimas, y la mirada firme y serena, concentrada en su Hijo clavado en la cruz. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:

 

Hijitos míos: contemplen a mi Hijo clavado en la cruz.

Lo desnudaron, lo despojaron de todo. Lo tienen expuesto ante la vergüenza de su desnudez.

Hace frío. ¡Miren cómo tiembla!

Está desnudo, pero está vestido de sangre.

La sangre brota por sus heridas desde su cabeza hasta sus pies. Sangre sagrada.

Yo quisiera recogerla, pero su voluntad es que sea derramada hasta la última gota, que cubra todo su cuerpo para limpiarlo, porque Él, siendo la pureza perfecta, se ha hecho pecado para ser purificado con su bendita sangre, y así limpiar a toda la humanidad y liberarla de la esclavitud a la que está sometida por el pecado.

Contemplen su precioso cuerpo torturado y su hermoso rostro desfigurado.

Contemplen la vergüenza y la humillación que provoca ver a un hombre inocente exaltado en una cruz mostrando su desnudez, su fragilidad, su sufrimiento en medio del suplicio y del tormento de la cruz, mientras se desangra y se va quedando sin fuerzas, en medio de un espectáculo aterrador, en el que sus espectadores sienten vergüenza de ellos mismos, y, poco a poco, uno a uno, se van.

Lo dejan solo.

Ustedes no se avergüencen, hijitos míos.

Permanezcan conmigo adorando, alabando, amando este bendito cuerpo del Cordero de Dios, cubierto de su preciosísima sangre, que es un tesoro de infinito valor.

Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que se avergüenzan de los sacerdotes humildes, pobres, sencillos, de los que no han tenido acceso a una buena educación, de los que no han tenido una buena formación, o de los que tienen algún defecto físico.

Y pidan perdón también por los que avergüenzan a los sacerdotes enredándolos en chismes y en escándalos, exponiendo ante la sociedad sus debilidades, sus defectos, su fragilidad, señalándolos por el pecado que han cometido o por el pecado o falta por el que se les juzga o se les acusa.

Pidan perdón por todos los que los abandonan y los dejan solos en medio de su vergüenza, de sus dificultades, de sus problemas, y de su cruz.

 

 

Contemplemos en la cruz a Jesús, y hagamos un examen de conciencia, reconociendo que muchas de esas heridas abiertas de su cuerpo las han causado nuestros propios pecados.  Pidamos perdón por nuestras ofensas, y perdonemos nosotros también a los que nos ofenden. Escuchemos en nuestro corazón su voz, que, desde el suplicio de la cruz, nos dice:

 

 

Amados míos: contemplen mi cuerpo flagelado, herido, torturado, mi rostro por los golpes desfigurado, y en cada herida contemplen un pecado.

Son tantos, que no pueden ser contados.

Pero fijen su atención en aquellas heridas que ustedes han causado, tomando conciencia de sus pecados, los que aún no han confesado, los que aún no se les han perdonado.

Y hagan memoria de todos los pecados pasados, aquellos que han cometido a lo largo de su vida, que han confesado con verdadero arrepentimiento, y que han sido perdonados a través del sacramento de la Reconciliación.

Y ahora contemplen a aquellas personas que los han ofendido a ustedes, y sean conscientes del rencor que les guardan en su corazón.

Contemplen esos pecados, esas ofensas, como heridas en mi cuerpo, junto a las de ustedes, y díganme si yo he tenido compasión con ustedes y con ellos.

¿Acaso no deberían ustedes ser compasivos y perdonar como lo hago yo?

¿Acaso duelen más las heridas en mi cuerpo causadas por ellos, que las que me han causado ustedes?

¿Acaso no vale mi sacrificio y mi perdón para todos?

Ahora contemplen en esta cruz mi Corazón herido tantas veces por los pecados de mis sacerdotes.

A ellos también los he perdonado.

A ellos les ha sido dado el poder para que los pecados que ellos perdonen queden perdonados, y los que no perdonen, queden sin perdonar. Y yo he dicho: Perdonen, y serán perdonados.

Pues yo les digo que, por el perdón que de manos de ellos han recibido, sus pecados han quedado perdonados, y cumpliendo mi promesa, ellos también serán perdonados si se confiesan.

Tengan compasión de mis sacerdotes.

Pidan perdón por aquellos que no confiesen a los fieles por pereza o por no darle prioridad al sacramento, y faltan a la caridad.

Pidan perdón por aquellos confesores que son tan estrictos, que confunden a los penitentes, no los absuelven y los ahuyentan, ya no vuelven.

Pidan perdón por los sacerdotes que dejan pecados sin perdonar, por los que no tienen compasión de los penitentes que, avergonzados por sus pecados, no se saben confesar, y no los ayudan, y no tienen paciencia, y no los perdonan.

Pidan perdón por los sacerdotes que guardan rencor a aquellos que los ofenden.

Pidan perdón por los sacerdotes que no frecuentan el sacramento de la Reconciliación para ellos mismos, porque los pecados que ellos no confiesan quedan sin perdonar, y las heridas de mi Corazón por esos pecados quedan sin reparar.

Sean ustedes compasivos como mi Padre del cielo es compasivo, y pidiendo perdón por los pecados no confesados de mis sacerdotes, reparen las heridas de mi Sagrado Corazón.

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!