18/02/2026

Lc 15, 1-3. 11-32 - Contemplación de la Cruz 18 - Cuaresma

SÁBADO II DE CUARESMA (Lc 15, 1-3. 11-32)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 18

Acompañemos a María, al pie de la cruz, amando a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:

 

Hijitos míos: acompáñenme. Vamos a contemplar el amor de Dios por la humanidad, que tanto los ha amado que les ha enviado a su Hijo único para que todo el que crea en Él se salve.

Contemplen ese gran amor del Padre que se materializa en la cruz.

Pendiendo de la cruz está su Hijo Jesús, en quien Él ha puesto toda su confianza.

En su cuerpo lleva las marcas de los pecados de los hombres para destruir la muerte a la que conducen esos pecados.

Contempla la perseverancia en la obediencia y fidelidad del Hijo al Padre, que en medio del suplicio, del tormento, del atroz sufrimiento, no desespera, sino que espera con paciencia a que su sangre se derrame hasta la última gota, amando hasta el extremo, perdonando cada uno de los pecados que lleva marcados en los golpes y las heridas de su cuerpo, desde su cabeza hasta sus pies. Y todos son diferentes, son muchos.

Algunos son de gravedad, otros causan una herida superficial, porque son más leves; pero todos, absolutamente todos, duelen.

Lleva en su Corazón las heridas más profundas, más dolorosas, más graves, que son causadas por los pecados de sus sacerdotes.

Contemplen su abandono en las manos de los hombres, esperando el  momento en que llegue su hora para abandonar su espíritu en las manos de su Padre, para dar cumplimiento a su voluntad, concluyendo su obra en el día de su resurrección, por la que dará vida nueva a toda la humanidad, y la oportunidad de alcanzar la vida eterna en el Paraíso.

Pidan perdón, hijitos, por todos aquellos miembros de la Iglesia, los que han sido bautizados y engendrados en el seno de la Santa Madre Iglesia como hijos de Dios, que cometen pecado y que son causa de tentación para los sacerdotes.

Pidan perdón por aquellos que disfrutan al ver caer en tentación a un sacerdote.

Pidan perdón por aquellos que ven los errores de un sacerdote, y no lo corrigen.

Pidan perdón por aquellos que evitan que un sacerdote padezca los sufrimientos de Cristo en la cruz, y lo bajan de la cruz, impidiendo que cumpla con su misión, y que glorifique a través de su cruz al Señor.

Pidan perdón por aquellos que ven sufrir a un sacerdote y no se compadecen de él, no lo ayudan para que cumpla con su misión de salvación.

 

 

Contemplemos a Jesús, el Verbo encarnado, crucificado y exaltado en la cruz. Escuchemos en nuestro corazón su voz, la Palabra viva que nos dice:

 

 

Amados míos: en esta cruz está crucificado y exaltado el Verbo encarnado, la Palabra de Dios hecha hombre. Aquí se cumple todo lo que yo mismo había anunciado.

El misterio de la redención del mundo se revela en este único y eterno sacrificio del Hijo de Dios, que ha venido al mundo a traer la verdad, a mostrarles el camino, y a darles vida.

La ley de Dios es Palabra de Dios. Yo no he venido a abolirla, sino a darle plenitud en el amor, y en esta cruz se manifiesta el amor de Dios por los hombres.

El Hijo de Dios ha sido exaltado para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna.

La plenitud de la ley se manifiesta en este acto de amor extremo, por el que los hombres ya no son solo siervos, sino hijos de Dios. Por tanto, la Palabra que sale de mi boca no regresa a mi Padre vacía, sino que le da vida a los hombres, tiene eficacia en sus almas y fructifica, los une a Él en filiación divina.

Todo aquel que viene a mí va al Padre. Nadie puede ir al Padre si no es por mí, y nadie puede venir a mí si no es a través de los que yo he elegido y ungido como mis sacerdotes, para que lleven mi misericordia a todas las almas, a través de la gracia que se derrama de los sacramentos.

Ellos han sido enviados a enseñar mi Palabra y mi ley, para que le den cumplimiento. A través de ellos el pueblo de Dios recibe la eficacia de la cruz.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que no cumplen la ley de Dios, por  aquellos que no la enseñan, por aquellos que no predican, y, por lo tanto, no cumplen con su misión.

Pidan perdón y reparen mi Sagrado Corazón por las ofensas graves de mis sacerdotes a Dios, porque ellos también serán juzgados. Sus juicios serán severos, porque ellos conocen la verdad, y saben que se cumplirá hasta la última letra y coma de la ley.

Conocen el castigo para quienes faltan a la ley, y también conocen el premio merecido para los que cumplen la ley y enseñan a otros a cumplirla.

Glorifiquen al Rey dando cumplimiento a mi ley.

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!