SÁBADO III DE CUARESMA (Lc 18, 9-14)
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 25
Acompañemos a María, en silencio, contemplando el Sagrado Corazón de Jesús, que late con fuerza en la cruz, y en cada latido nos dice: «te amo». Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de nuestra Madre que nos dice:
Hijitos míos: vengan. Acompáñenme. La contemplación, como fruto del silencio interior, da al alma muchos beneficios.
Es una oración perfecta para la Cuaresma, porque es acompañar al Señor de corazón a corazón, conocerlo en la intimidad de su pasión espiritual y compartir sus mismos sentimientos, participando de sus más profundos sentimientos, esos que no se ven porque se llevan por dentro, se padecen en silencio y en soledad; que son tan fuertes, que pueden debilitar el alma y el cuerpo; que nublan la mente, y pueden incluso dejar vulnerable la voluntad.
Contemplen el Corazón de Jesús en la cruz que late con fuerza, y en cada latido anuncia la vida del mundo después de la muerte, anuncia su propia muerte y la vida nueva de su resurrección.
Escuchen, en medio del silencio, los latidos de su Corazón, que asemejan a las olas del mar que vienen y van sin parar, en medio de una amenazadora tormenta.
Contemplen las heridas de ese Corazón sagrado. Algunas son muy profundas y son causadas por los pecados de sus más amados.
Contemplen el sufrimiento de ese Corazón, en el que se concentran todas las ofensas que la humanidad ha hecho contra Dios en el tiempo pasado, presente y futuro.
También las ofensas que se hacen unos contra otros, porque todo el que ofende a su hermano ofende también a Dios.
Contemplen en ese Corazón la herida más profunda de todas, que es causada por las ofensas de los hombres contra mí, su Madre, a quien Él mira. El sufrimiento que le causa a su Corazón verme sufrir, padeciendo en mi corazón sus mismos sufrimientos.
Contemplen su Corazón desgarrado de dolor por las blasfemias contra el Espíritu Santo, que junto con Él y con su Padre son un solo Dios verdadero, Espíritu Creador, Espíritu Consolador, Espíritu de amor.
Y ahora contemplen el silencio total.
Un último latido y ya no más.
Solo el silencio. Soledad. Muerte.
Y anhelen tanto, como yo, escuchar latir a ese Corazón, que se ha llevado con sus latidos los del corazón mío, porque Cristo es la vida del mundo, tu vida y la mía.
Pidan perdón, hijitos, por todos aquellos miembros de la Iglesia que desean la muerte de un sacerdote, los que provocan la muerte de un sacerdote, los que provocan apegos personales tan fuertes al corazón de un sacerdote, que lo alejan de la cruz, del cumplimiento de sus deberes y obligaciones, y son obstáculo para que ellos den la vida con Jesús. Y se confunden y se pierden, cometiendo los más graves pecados, que causan las heridas más profundas al Corazón de Jesús, porque ellos son sus más amados, sus elegidos para morir al mundo con Él, y dar vida nueva al mundo resucitando con Él.
Ellos han sido llamados por Cristo para ser con Él una sola alma y un solo corazón, que, resucitado, estremece al mundo, y lo llena de alegría, en cada latido de cada Eucaristía.
Contemplemos al Hijo de Dios crucificado, entregado totalmente a la voluntad del Padre, en manos de los hombres, dando la vida para salvarnos. En medio del tormento de la cruz, conozcamos a Jesús, que lo soporta todo porque nos ama. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:
Amados míos: contemplen al Hijo de Dios que, llegada su hora, se ha entregado en las manos de los hombres para ser torturado y crucificado, para dar la vida por el perdón de los pecados de los hombres.
Contémplenme para que me conozcan.
Conózcanme para que me amen y me imiten.
Procuren hacer mis obras, imitar mis virtudes, luchar por parecerse a mí.
Contemplen mis brazos extendidos en la cruz en señal de alabanza a Dios, en señal de entrega total por amor a Dios y a los hombres, en señal de espera, de acogida, de invitación, para que todos vengan a mí, porque es por mí como van al Padre.
No tengan miedo y no se escondan. Antes bien, extiendan sus brazos conmigo y den testimonio de mí, porque ustedes son los elegidos de mi Madre y por ella me han conocido, para que traigan a mis sacerdotes a mí, a aquellos que, aunque están configurados conmigo, no se parecen a mí, porque no hacen mis obras, porque no imitan mis virtudes, porque dicen estar conmigo, pero sus corazones están lejos de mí.
Pidan perdón por aquellos sacerdotes que tienen miedo, que no abrazan mi cruz, que se esconden, aun sabiendo que su hora ha llegado desde el día de su Ordenación, en el que dijeron “sí”, y fueron conmigo configurados.
Pidan perdón por los sacerdotes que, aun estando configurados conmigo, no se parecen a mí.
Pidan perdón por los sacerdotes que, a pesar de seguirme, sirviendo a mi pueblo, aún no me conocen, porque no escuchan mi Palabra; no la ponen en práctica, porque no hacen oración, y no disponen bien su corazón para santificarse y alcanzar la perfección.
Pidan por la conversión de los sacerdotes que no extienden sus brazos conmigo en la cruz, permanecen de brazos cruzados, abrazándose a ellos mismos, sintiendo lástima por sí mismos, por ser despreciados y perseguidos por mi causa.
Si ellos me conocieran, no dudarían en dar su vida por mí. Sabrían que su hora ha llegado y reunirían a mi pueblo en torno a mí, porque quien verdaderamente me conoce, permanece conmigo, y desea y lucha para que todas las almas vengan a mí, me conozcan y me amen.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
