ENTREGAR LA VOLUNTAD
«Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho» (Lc 1, 38).
Amigo mío:
Celebramos la Anunciación del Verbo encarnado en el vientre inmaculado de la Madre de Dios.
Ella dijo: “sí”.
Y la voluntad de Dios se hizo en ella.
Pero antes del “sí” de María hubo otro “sí”.
El “sí” del Hijo de Dios, que tenía la gloria de su Padre desde antes de que el mundo existiera.
Que no necesitaba nada.
Ni deseaba nada.
Porque tenía absolutamente todo.
Y, sin embargo, sabía que, una vez que el Padre manifestara un deseo suyo, una ferviente necesidad de glorificarlo, haciendo su voluntad, sería todo en lo que yo pensaría.
El Padre y yo somos uno.
El Espíritu Santo me mueve en una dinámica de amor que no se contiene, porque es libre.
En la que el Hijo se dona al Padre.
Y el Padre se dona al Hijo, por ese amor que procede de los dos, y nos hace ser un solo Dios trino.
Yo voy a donde el Padre me envía.
Yo hago todo lo que mi Padre me diga.
Y Él me envió no para despojarme de su gloria, sino para que, cumpliendo su voluntad, lo glorificara.
Y con la misma gloria yo fuera glorificado con Él.
Yo dije: “sí”.
Y el arcángel Gabriel fue enviado a conseguir otro “sí”.
La libertad, que es la esencia del amor, debe ser siempre respetada.
La voluntad de Dios no se impone.
Pero quien la cumpla tiene una gran recompensa en el cielo.
Porque glorifica al Padre dando cumplimiento a su querer.
Y Él lo glorificará en el cielo con Él.
Mi Madre fue creada para que en ella y a través de ella se hiciera la voluntad de Dios, para la redención del mundo.
Y ella dijo “sí” en perfecta libertad.
El Señor hizo maravillas en ella.
Tú fuiste creado para que yo obre en ti y a través de ti.
Y en ti yo glorifique a mi Padre.
Si tú haces lo que yo te digo.
Tú dijiste “sí” en perfecta libertad.
Y me entregaste tu voluntad.
Para ser configurado conmigo.
Dios Padre, que envió al Verbo a encarnarse, por obra del Espíritu Santo, pensó en ti.
Siendo Dios, yo me he hecho hombre.
Ese es mi “sí”.
Y tú, siendo hombre, puedes hacerte igual a mí.
Hombre y Dios.
Ese es tu “sí”.
Pero, en cualquier momento, puedes cambiar de parecer.
Ahora estás conmigo.
Pero tú puedes decidir estar contra mí.
Tu “sí” es parecido al “sí” de María.
Debes luchar por perseverar.
Renovando tu “sí” todos los días.
Hasta el último suspiro.
Hasta que yo te quite la vida.
Esa es la diferencia entre tú y yo.
A mí nadie me quitó la vida.
Yo la entregué, por mi propia voluntad.
Tú debes entregarme tu voluntad.
Porque yo soy el dueño de tu vida.
Nada sucede si yo no lo permito.
Tu vida está en mis manos.
Y yo te doy seguridad.
Siempre que estés conmigo, la voluntad de mi Padre cumplirás.
Y esa será tu gloria en la tierra y en el cielo.
Y si un día te costara mucho renovar tu “sí”, acude a mi Madre.
Ella es la llena de gracia.
Y tiene todo lo que tú necesitas, para perseverar y salir victorioso en la batalla.
Yo te envío como mi Padre me envió a mí.
Yo deseo que tú desees, con todas tus fuerzas, hacer lo que yo quiero.
Glorifícame.
Ábreme tu corazón, para que yo pueda entrar y obrar en ti y a través de ti.
Que seamos uno tú y yo.
Para que en ti yo glorifique a mi Padre.
Y el Padre sea glorificado en el Hijo.
Y tú seas glorificado en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo.
¡FIAT!
