CAMINO A EMAÚS
«¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!» (Lc 24, 32).
Amigo mío:
En este tiempo pascual medita conmigo en tu propio camino.
Y en cuánto se parece al camino de los discípulos que iban a Emaús.
Y llénate de alegría con el recuerdo de aquel día en que yo salí a tu encuentro.
Tú no me conocías.
Pero yo te hablé al oído.
Caminé contigo.
Tú me invitaste.
Me abriste la puerta de tu corazón.
Y yo entré, y por tu nombre te llamé.
Te pedí que dejaras todo, y me siguieras.
Y tú abriste tus ojos.
Me reconociste.
Y dijiste sí.
Yo mismo partía el pan para ti.
Pero un día tú mismo partiste el pan.
Y yo en ti a mí mismo me reconocí.
Y desde entonces yo vivo en ti y tú en mí.
Y tú partes el pan para mi pueblo.
Y, cuando lo haces, ellos me ven a mí.
¡Qué dicha más grande la de ser sacerdote!
¡Alégrate!
Tú eres conmigo el Cordero pascual.
Mi siervo, mi amigo.
Hoy quiero agradecerte, porque, por ti, muchos me han reconocido.
¡Gloria a Dios que está en el cielo, en la tierra y en todo lugar!
