PORTADORES DE VIDA
«El que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3, 21).
Amigo mío:
En este tiempo de celebración de la Pascua de mi resurrección medita en tu corazón el Evangelio con especial atención, para que comprendas un poco más el misterio de la salvación.
Es importante, porque tú eres parte.
A ti te he encomendado que continúes mi misión.
De ti depende la conversión de muchos hombres, y su salvación.
Pero, por ti, también podrían muchos desviar el camino, y dirigirse hacia su propia condenación.
Un sacerdote es ejemplo de virtud, de santidad, de bien.
Pero, cuando, por sus malas obras, es causa de escándalo, su mal ejemplo aleja a otros del camino de la luz, y lo sumerge en las tinieblas de la duda, que puede llevarlos a la oscuridad del pecado y a la muerte.
Tú eres portador de vida, de salvación, de paz, de alegría, y de misericordia.
Dime ¿acaso el mundo que Dios ha creado es de los condenados?
El mundo no es de los condenados, sino de los salvados, de los que creen mí.
Los condenados son del mundo.
Los salvados no son de este mundo, son de Dios.
Pero Dios les dio el mundo para que, con sus obras, lo glorifiquen.
Para que aprendan a vivir en la luz, se perfeccionen y se santifiquen, CREAN EN MÍ, Y SEAN DIGNOS de vivir en el Paraíso.
No como condenados, sino como salvados.
Muertos para el mundo Y RESUCITADOS EN MÍ.
Los hombres han sido creados para la gloria de Dios.
Y no para complacer al diablo.
Que odia, tanto a los salvados como a los condenados.
Pero, a través de los condenados, se complace a sí mismo.
Destruyendo la creación de Dios.
La luz vino al mundo.
Los hombres no la recibieron.
Pero, aun así, la luz permanece en el mundo, y brilla para todos.
Para buenos y malos.
Y, a través de la luz, se revela la verdad.
Yo soy la verdad.
Yo soy la luz del mundo.
Tú eres portador de la verdad.
Y eres conmigo luz del mundo.
Lleva al mundo la verdad.
Para que crean en mí, y se puedan salvar.
Yo deseo que todos los hombres se salven.
Y alcancen la verdadera libertad.
Que vivan en la plenitud de la verdadera felicidad.
Y, para eso, tú debes luchar.
Para complacerme y cumplir mis deseos, trae contigo muchas almas al cielo.
La tuya es mía.
¿Tú crees en mí?
¿Tú me amas?
Yo te he amado primero.
