28. DAR TESTIMONIO
«Las obras que el Padre me ha concedido realizar y que son las que yo hago, dan testimonio de mí y me acreditan como enviado del Padre» (Jn 5, 36).
Amigo mío:
Las Escrituras dan testimonio de mí.
Y aun así algunos no creen.
Mi Padre da testimonio de mí.
Y aun así algunos no creen.
Mis obras dan testimonio de mí.
Y aun así algunos no aceptan mi gracia.
Tú das testimonio de mí, dispuesto a dar tu vida por mí.
Eres testigo de mi amor y de mi misericordia.
Eres testigo de que estoy vivo.
Predicas mi Palabra.
Administras mi misericordia.
Me exaltas entre tus manos ante el mundo.
Te revistes con ornamentos de pureza y santidad.
Enseñas mi doctrina.
Guías a mi pueblo.
Lo santificas.
Y aun así algunos no creen.
Pues yo te digo que nadie puede dar testimonio de sí mismo.
Tú estás configurado conmigo.
Por eso alguien más debe dar testimonio de ti.
Las obras que tú realizas dan testimonio de ti.
Esmérate en poner todo tu corazón en hacer mis obras.
En vivir en congruencia con tu fe, de acuerdo a tu dignidad sacerdotal.
Esfuérzate por aplicar mi Palabra, primero en ti.
Haz lo que dices.
No te contradigas a ti mismo y a tu predicación.
Construye mi Reino sirviendo a la comunidad.
Haciendo Iglesia.
Mostrando con tus huellas el camino al abrazo misericordioso de mi Padre.
Entonces creerán.
Medita en tu corazón.
Examina tu conciencia, para que descubras si estás haciendo las obras de Dios de acuerdo a la divina voluntad que te rige, y que da testimonio del amor de Dios a su pueblo, a través de tu cruz.
