CORDERO DE DIOS
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51).
Amigo mío:
Tú eres un discípulo de Cristo.
Por tanto, eres un discípulo de Dios.
Y eres, al mismo tiempo, Cordero Pascual.
En configuración con el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Escucha.
Quien crea en mí tendrá vida eterna.
Porque es por mí que se llega al Padre.
El que viene a mí va al Padre.
Nadie va al Padre si no es por mí.
Pero nadie viene a mí si el Padre no lo atrae hacia mí.
Tú eres instrumento de Dios para atraer a las almas a mí.
El que quiera venir a mí debe creer en mí.
Y DEBE CREER EN TI.
Porque yo te elegí.
Quien no crea en el sacerdocio ¿cómo puede venir a mí, si es a través de mis ministros que mi Padre atrae a las almas a mí?
¿Y cómo pueden venir las almas a mí si mis ministros no creen en mí?
Si no predican mi Palabra…
Si no las alimentan con mi Carne…
¿Cómo pueden tener vida?
Debes ser consciente de lo importante que eres tú en el maravilloso plan de Dios para la salvación de los hombres.
Nadie puede hacer bajar el pan vivo del cielo, que es Dios vivo, sino tan solo los sacerdotes.
Hombres elegidos desde antes de nacer.
Ordenados y configurados conmigo.
Nadie más tiene ese poder.
TÚ TIENES ESE PODER.
ÚSALO BIEN.
Aprovéchalo bien.
Dame lo que te pido.
Tráeme almas, amigo mío.
Pero antes, ven a mí, discípulo amado mío.
Recuesta tu cabeza sobre mi pecho.
Escucha el latir de mi Corazón.
Cada latido es por ti.
Te atrae a mí.
Te une a mí.
Te mantiene atento a mi Palabra.
Para que perseveres, y seas fiel a mi amistad.
No solo en momentos de paz.
Sino en medio de la guerra y de la tempestad.
En momentos de gran dificultad.
De sufrimiento.
De agonía.
De oscuridad.
Y escuches este Corazón enamorado, que te llama y te dice:
“Ven a mí.
Yo soy la luz.
Yo soy tu seguridad,
tu paz,
tu eterna felicidad.
Yo soy la vida.
Aprende de mí.
Yo soy tu Maestro.
Soy manso y humilde de Corazón”.
Humíllate ante mí para que yo me conmueva Y TE ELEVE A LOS ALTARES cuando llegue tu hora, y te presente, resucitado y exaltado, en la gloria de Dios, porque supiste permanecer a mis pies participando de mi cruz.
Atrayendo a muchas almas con tu ejemplo.
Con tu predicación.
Con tu amor.
Con el ejercicio de tu ministerio.
Y les diste la vida que en tus manos te di yo.
Te presentaré ante mi Padre, no como mi discípulo, sino como el Cordero de Dios, configurado conmigo, para ser banquete eterno, del que participen en el Cielo el pueblo de Dios.
