MARTES IV DE CUARESMA (Jn 5, 1-16)
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 28
Acompañemos a María, compartiendo los dolores y sufrimientos de su Inmaculado Corazón, contemplando al Hijo de Dios crucificado y muerto, pendiendo de la cruz. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:
Hijitos míos: vengan conmigo. Acompáñenme. Vamos a contemplar a la Palabra de Dios, que es mi Hijo Jesucristo crucificado.
Contemplen su silencio.
La Palabra de Dios ha guardado silencio porque Jesús, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado, ha muerto.
Él es la Luz del mundo, y la luz se ha apagado en el mundo.
La luz que ilumina a los hombres no brilla más.
Tres días de total oscuridad.
Contemplen el dolor de mi corazón, y sientan desgarrarse sus corazones de dolor, porque el Amor se ha ido, ha dejado un terrible vacío, una terrible soledad en el mundo.
Contemplen el silencio en medio de la noche oscura de la soledad del mundo sin Él.
Contemplen su cuerpo inerte pendiendo de la cruz, y humíllense ante Él, pidan perdón, y llámenlo hasta que vuelva.
Ofrézcanle sus lágrimas, su dolor, y el sufrimiento de sus corazones, porque la muerte de su Señor lo merece. Pero no pierdan nunca la esperanza en que la Palabra de Dios se cumplirá hasta la última letra.
El Señor ha muerto en la cruz para así dar cumplimiento a su Palabra. Y así como murió, resucitará, para que se cumpla su Palabra.
Pidan perdón, hijitos, por todos esos miembros de la Iglesia que no creen en la Palabra de Dios, por los que no la escuchan, por los que no la cumplen, por los que no la valoran, por los que no creen que la Palabra está viva y se cumplirá hasta la última letra, y eso incluye el juicio que a cada uno le espera.
Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que escuchan
la Palabra de Dios de la boca de los sacerdotes y, en lugar de aprovecharla para beneficio de sus almas, critican a los sacerdotes por la manera de predicarla.
Pidan perdón por aquellos que se alegran cuando un sacerdote guarda silencio porque está muerto.
Pidan perdón por aquellos que hablan mal de los sacerdotes, que no los reconocen como Cristos, que no los respetan, y no aceptan las palabras que salen de sus bocas.
Pidan perdón por aquellos que interpretan las palabras de un sacerdote equivocadamente y a su conveniencia, y cambian la doctrina, tergiversando la verdad.
Con devoción, con fe y con amor, contemplemos la Sagrada Eucaristía, que es el Hijo de Dios sacramentado, crucificado, muerto y resucitado. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:
Amados míos: contemplen al Hijo de Dios, que, como la serpiente de bronce en medio del desierto, ha sido levantado de la tierra.
Contemplen a las serpientes que, en medio de los hombres, los atacan y mueren. Son el pecado, por el que los hombres que los cometen beben el veneno mortal del diablo y mueren.
Pero quien eleve sus ojos y me vea exaltado en la cruz y crea, se salva por haber creído que Yo Soy, y que he sido enviado al mundo para sanarlos, para liberarlos de la muerte, para salvarlos y llevarlos a la presencia de mi Padre que está en el cielo, porque esa es su voluntad, para eso he sido enviado.
Contemplen a aquellos que yo he enviado, que tienen y que mi poder les he dado, para que me hagan bajar del cielo elevándome entre sus manos en el altar, renovando mi sacrificio incruento todos los días, para que mi pueblo me vea y crea que Yo Soy.
Pidan perdón por los sacerdotes que no celebran la Santa Misa todos los días por pereza.
Pidan perdón por los sacerdotes que levantan la santa hostia frente a mi pueblo, pero no creen que Yo Soy.
Pidan perdón por los sacerdotes que dicen creer que Yo Soy en la Eucaristía, pero no me tratan con reverencia, sino como si mi Cuerpo y mi Sangre, mi Alma y mi Divinidad no estuvieran presentes, sino que fuera solo un signo en el vino y en el pan.
Pidan perdón por los sacerdotes que creen que estoy presente en la Eucaristía, pero que no se unen a mi sacrificio en el altar, porque no creen en la configuración del sacerdocio ministerial con Cristo.
Pidan en cada Santa Misa a la que asistan la fe que le falta al sacerdote celebrante, para creer firmemente que en el pan y en el vino, transubstanciados a través del poder de sus manos, YO SOY.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
