29. RENOVAR LAS PROMESAS
«Nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora» (Jn 7, 30).
Amigo mío:
Tu hora ha llegado.
No tienes que pasar en el mundo de incógnito.
Tu hora ha llegado desde que fuiste ordenado sacerdote para siempre.
No tienes que esperar nada ni a nadie para tu vida entregar.
Mira que ha llegado mi hora.
Y tú estás conmigo ahora.
Nada que Dios no permita te pasará.
Pero, que des tu vida por mí, conmigo, en mi cruz, lo aceptará.
Eso es lo que el Padre del cielo espera de ti.
Tú aceptaste beber de mi cáliz, y lo haces ahora.
Yo no te prometí riquezas, tierras, placeres en este mundo.
Yo te prometí que, si tú aceptabas, si decías “sí”, me servirías en esta vida, y mi Reino sería tuyo si dabas la vida por mí.
No es necesario que renueve mi promesa, porque yo siempre cumplo mis promesas.
Pero tú no siempre las cumples.
Tu debilidad, tu fragilidad, es como la de cualquier hombre, pero tu amor por mí es extraordinario.
Aun así, por ese amor que me tienes –porque yo te amé primero–, yo te pido, amigo mío, renueva las promesas que le hiciste a mi esposa y tu esposa, la Santa Iglesia, y a mí.
Tu hora ha llegado.
Tus promesas has renovado.
ATRÉVETE A EXTENDER TUS BRAZOS, PARA SER EXALTADO CONMIGO EN LA CRUZ.
Serás perseguido por mi causa.
Darás tu vida por mí.
Y mi Reino será tuyo, como yo te prometí.
