28/01/2026

Jn 8, 1-11 - Misericordia divina

MISERICORDIA DIVINA

 

«Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra» (Jn 8, 7).

 

 

Amigo mío:

Yo soy el Justo Juez.

Mi Padre ha puesto al mundo y a mis enemigos bajo mis pies.

Me ha dado el poder de juzgar a cada uno de los hombres.

Me ha dado la libertad de decidir condenarlos o salvarlos.

Ha puesto su confianza en mí.

Su sabiduría está conmigo.

Y yo, como Justo Juez, ejerceré toda mi justicia, y le daré a cada uno lo que merece.

Pero antes de juzgarlos, mi Padre, que es bueno, me ha enviado al mundo para hacerme hombre; para conocerlos, para identificarme con la humanidad pecadora, haciéndome pecado yo mismo, sin haber pecado jamás.

Y yo, como un loco, enamorado de la humanidad…

La sabiduría me ha mandado anteponer la misericordia divina a la justicia, y me he entregado en manos de los pecadores, para ser juzgado y condenado.

No para ser lapidado, porque nunca cometí pecado, sino para ser crucificado.

Para morir por el perdón de sus pecados, derramando, a través de mi bendita sangre, mi misericordia, y hacerle justicia a mi Padre, que es que se cumpla su voluntad; que es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad.

Yo soy la verdad. Y tú, amigo mío, estás configurado conmigo, estás configurado con la misericordia, para hacerle justicia al Rey, cumpliendo y haciendo cumplir la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

No juzgues, y no serás juzgado.

Perdona, y serás perdonado.

Eso es lo que debes hacer.

No importa la gravedad del pecado.

Ayuda a los penitentes a confesar sus pecados.

No importa si te toma mucho tiempo o tan solo un momento.

Si pasan unos minutos, unas horas, unos días.

Busca la manera de que el penitente que acuda a ti confiese su pecado.

AYÚDALO A QUE SE ARREPIENTA.

Y perdónalo.

Porque yo mi poder te he dado para perdonar los pecados.

Pero, antes que tú, yo en la cruz ya los he perdonado.

Examínate tú cada día, y si estás libre de pecado, entonces aceptaré que arrojes la primera piedra, y seas juez, dando por entendido que no tienes miedo a comparecer ante mí en tu propio juicio.

Si tú juzgas, yo te juzgaré.

Pero, si tú perdonas, alégrate, porque la misericordia que tú administras está sobre ti, y prevalecerá a la justicia.

Cuida tu soberbia. No sea que al juzgar a los demás, y condenarlos, te condenes a ti mismo.

Contempla la cruz, y dime: ¿qué ves?

¿Misericordia o justicia?

Misericordia, en tu cruz, quiero ver yo.