EXPERIENCIAS ESPIRITUALES EN TIEMPO DE CUARESMA
ILUMINAR EL MUNDO
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo» (Jn 9, 5).
Amigo mío:
Alégrate, porque estás conmigo.
Alégrate, porque eres mi elegido.
Alégrate, porque yo te he ungido.
Te he configurado conmigo.
Te he dado un corazón como el mío.
Alégrate, porque compartes mis sufrimientos en la cruz, y mi gloria en mi resurrección.
Alégrate, porque somos uno tú y yo.
Alégrate, porque tienes ojos y ves.
Alégrate, porque yo soy la luz del mundo, y tú has sido enviado a iluminar el mundo con mi luz.
Por tanto, tú también eres luz para el mundo.
Lleva mi alegría a los que sufren, a los que están tristes, a los pobres, a los miserables, a los que aún no me han conocido.
A los que viven en medio del horror del pecado, que los conduce a la muerte, ilumínalos con mi luz.
Abre sus ojos, para que puedan ver.
Acércalos a mí.
Para que me conozcan.
Para que se conviertan.
Para que salgan de las tinieblas y vivan en la luz.
Predica mi Palabra.
Para que ilumines los corazones de los hombres
Para que conozcan el camino de la misericordia, y vuelvan a los brazos amorosos de mi Padre.
Quiere a los oprimidos.
Da sabiduría a los ignorantes.
Inunda la tierra árida de los corazones de los hombres con mi gracia, para que den fruto y vivan en la abundancia de los bienes celestiales.
Reúne a mi rebaño y promueve la unidad de mi Iglesia.
Santifica a mi pueblo.
Convierte los corazones de los pecadores, para que el cielo se llene de alegría.
Pero procura, ante todo, conservar la alegría en tu corazón, para que puedas contagiarla.
Procura que mi luz brille en ti, para que puedas iluminar el mundo.
La oración en silencio, en soledad, en intimidad, tú y yo, de corazón a corazón, te permitirá conocerme cada vez más, adentrarte en mis misterios divinos y contagiarte de la alegría de vivir en la plenitud de la verdad, compartiendo la gloria que yo tenía con mi Padre antes de que el mundo existiera, y que me ha concedido en mi resurrección, habiendo obedecido, en todo, su voluntad, hasta la muerte, y una muerte de cruz.
El camino a la eterna alegría, amigo mío, es la obediencia.
