PUEBLO Y PASTOR UNO SON
«Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen» (Jn 10, 27).
Amigo mío:
Quiero hacer una reflexión en este Tiempo Pascual.
Yo soy el Mesías, el Hijo de Dios.
Ya se los he dicho.
Con obras se lo he demostrado al mundo.
Con mi sangre derramada en la cruz, hasta la última gota.
Los he amado hasta el extremo.
Los he liberado del pecado.
He destruido la muerte.
He abierto las puertas del Paraíso, para que todo el que crea en mí se salve y tenga vida eterna.
Tienen la palabra de los profetas cumplida.
Tienen el testimonio de mis Apóstoles y discípulos santos, que han dado la vida por mí.
Desde aquel día de mi resurrección, hasta hoy, muchos me han conocido y me han seguido.
En la construcción del Reino de los Cielos han contribuido en este mundo.
Muchos son santos ya, y desde el cielo interceden por los vivos.
Desde la Cena Pascual con mis Apóstoles, hasta el día de hoy, muchos pastores ha tenido este mundo.
Han predicado mi Palabra.
Les han hablado de mí.
Los han reunido en mi rebaño.
Y de generación en generación han heredado la fe.
Entonces, ¿por qué aún muchos no creen en mí?
Arduo es el trabajo pastoral, especialmente en estos que son los últimos tiempos.
Mucha gente es necia y testadura.
Los domina la soberbia.
Y viendo no ven y oyendo no oyen.
Yo te diría: no te preocupes, para eso están mis pastores. Ellos guiarán a las ovejas perdidas. A mi redil las traerán.
Y, sin embargo, te digo: ¿dónde están mis pastores?
Los que prometieron ser fieles a mi doctrina.
Los que juraron dar la vida por mí.
Hacer mis obras para que el mundo me conozca.
¿Por qué entre ustedes hay algunos que no creen?
¿Por qué, de entre los que creen, hay algunos que aún dudan de su poder?
¿Por qué les falta fe, si yo les he dado todo?
Yo te digo que algunos pastores han perdido el camino, y llevan a sus rebaños a la perdición.
Pero no te preocupes, amigo mío. Aquí estás tú, aquí estoy yo. Y aquí está mi Madre, que ha venido a buscarlos.
Aquí está ella para acompañarte, mientras predicas mi Palabra.
No solo a los fieles, sino también a los sacerdotes.
Aquí está ella para darte fuerza y valor, para que me des a conocer.
No solo para que mis ovejas me conozcan, como yo las conozco a cada una de ellas.
Sino para que mis pastores me conozcan, y se conozcan a sí mismos, como los conozco yo.
Mis sacerdotes son pastores, como yo.
Pero no son ovejas de mi rebaño.
Son corderos, como yo.
Corderos para dar la vida, como la di yo.
Pastores para guiar, para dirigir, para santificar a mi pueblo, y darme lo que es mío.
Porque nadie me arrebatará de mi mano a ninguno de los que mi Padre me ha dado.
El Padre y yo somos uno.
Tú y yo somos uno.
El pueblo no tiene miles y miles de pastores.
El pueblo es uno.
Los pastores son uno.
Un solo rebaño, un solo pastor.
Configurados conmigo, mis sacerdotes, son uno, en la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
El pueblo y el pastor uno son.
Pero quien no me conozca, quien no crea en mí, no puede ser parte conmigo.
Depende de ti que yo no pierda a ninguna de mis ovejas.
Confío en ti, amigo mío.
