31. VIDA NUEVA
«Todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11, 26).
Amigo mío:
Medita en estas palabras: “Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mí vivirá”.
Medita en el amor que yo le tengo a mis amigos.
Lázaro era mi amigo.
Puedes pensar que no lo amaba porque permití que sufriera la enfermedad, y que fuera sometido a la muerte.
Pero te aseguro: yo lo amé.
Tanto lo amé, que a través de él a mi Padre glorifiqué.
No es la muerte lo que glorifica a mi Padre, sino la vida.
Y todo el que crea en mí tiene vida.
Yo soy la vida.
Pero los hombres deben padecer la muerte para resucitar conmigo a la vida nueva.
Y es así, a través de la resurrección, como el Padre se glorifica en el Hijo.
Él me envió a morir para dar vida al mundo.
Lázaro resucitó a la vida nueva del mundo, por mí.
Y muchos creyeron en mí.
El Padre fue glorificado.
No solo por los que creyeron en mí.
Sino por el sufrimiento de mi Corazón, unido a su dolor, al ver en Lázaro a toda la humanidad enferma por el pecado, condenada a la muerte.
Y me compadecí hasta las lágrimas, fortaleciendo, con esa compasión y ese amor, mi voluntad y mi determinación de entregar mi vida para rescatar a la humanidad de la muerte, del sufrimiento, del horror del pecado.
Morir por el perdón de los pecados de todos los hombres, y después ser resucitado por el Espíritu de Dios, para resucitar en mí a toda la humanidad, y glorificar a mi Padre con la vida de los hombres.
Así como a Lázaro amé, y permití que padeciera para mí, para gloria de mi Padre, así te amo a ti, y permito que padezcas por mí, para la gloria de mi Padre.
Por eso, entiéndelo bien: te llamé de entre muchos, y te elegí para ser mi siervo. Pero, para que quede claro cuánto te amo, no te llamo siervo ni esclavo, sino amigo.
Y te doy vida nueva.
Si tú mueres al mundo conmigo, vivirás siendo conmigo uno en vida de mi resurrección.
Basta que tengas fe.
