NO TRAICIONAR, NO NEGAR
«Pedro replicó: “Señor, Yo daré mi vida por ti”. Jesús le contestó: “Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces”» (Jn 13, 37-38).
Amigo mío:
Reflexiona y medita en tu corazón qué tanto te identificas como Judas el Iscariote.
Y qué tanto te identificas con Pedro, que fue capaz de negarme tres veces, y de abandonarme en el momento más difícil de mi vida, cuando yo más lo necesité.
¿Acaso tú crees que eres mejor que ellos?
¿Puedes asegurarme que darás tu vida por mí?
¿Que no vas a traicionarme?
¿Que no vas a negarme?
¿Que no vas a abandonarme?
En estos dos apóstoles míos, a quienes ordené como mis primeros sacerdotes, he querido dejar claro que no es a los más fuertes, a los más sabios, a los más valientes a los que elijo yo, sino a los más pequeños, sencillos, humildes…
No a hombres perfectos.
Sino a hombres dispuestos para ser perfeccionados por mi gracia.
Hombres con defectos e imperfecciones, y con grandes debilidades, capaces de cometer los más graves pecados, como cualquier otro.
Y eso no se quita cuando son ungidos.
Eso es precisamente la ofrenda que yo quiero: la lucha de cada día, la cruz de cada uno, superar sus debilidades y sus miedos, entregarme la vida por amor a mí.
Humillados y avergonzados cuando cometen pecado.
Reconociendo que necesitan de mi misericordia, como cualquier otro.
Un sacerdote es un hombre común, que padece, que se equivoca, que sufre, que siente…
Pero que tiene fe, que tiene esperanza, que tiene caridad.
Que tiene a la Iglesia por esposa.
Y que es el mismo Cristo en configuración real.
Tiene la gracia por el sacramento del Orden para superar su debilidad.
Puede comprometerse conmigo y decirme: “Señor, yo daré mi vida por ti”.
Pero que tiene la humildad para pedir la gracia para hacer siempre el bien y rechazar el mal.
Para tener el valor de defender la fe y de extender sus brazos conmigo en la cruz.
Dispuesto a aprender y a luchar cada día para parecerse a Juan, mi discípulo amado, que, a diferencia de otros, él tenía un corazón enamorado de Dios.
Y por ese amor el Espíritu Santo lo llenó de su gracia y de su don, y nadie pudo tocarlo, porque su gran amor para su sacerdocio le alcanzó la perfecta configuración con su Señor.
Y está escrito –tú mismo lo has predicado–, que sobre mí el enemigo no tiene ningún poder.
La garantía que tú puedes dar, de que puedes tu vida entregarme y morir por mí, es perseverar en la fidelidad, luchando para alcanzar la plena configuración conmigo, a través del cumplimiento –poniendo todo tu amor–, de tu ministerio sacerdotal.
Yo te doy mi protección.
Tú muéstrame cuánto me amas, permaneciendo al pie de mi cruz.
Adorando mi Cuerpo y mi Sangre en la Eucaristía.
Dejándote acompañar por mi Madre y tu Madre, la Santísima Virgen María.
Y alcanzarás la perseverancia final.
NO ME TRAICIONARÁS.
NO ME NEGARÁS.
NO ME ABANDONARÁS.
Serás mío.
Tú y yo seremos uno.
CRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE.
No me hagas tantas promesas.
Quiero que las cumplas.
Quiero que me sirvas.
Quiero que le digas al mundo cuánto me amas.
Quiero que me necesites.
Quiero que no puedas vivir sin mí.
Quiero ser tuyo y hacerte mío.
Es mi deseo que el enemigo te tenga miedo.
Y lo hará.
Y poder sobre ti no tendrá…
SI TÚ CREES, QUE EN TI, YO SOY.
