RECIBIR AL ESPÍRITU SANTO
«Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí» (Jn 15, 26).
Amigo mío:
El don del sacerdocio es obra del Espíritu Santo.
Tú eres obra del Espíritu Santo.
La acción de Él está sobre ti.
Tú tienes un corazón como el mío porque Él lo ha infundido en ti.
Por tanto, tu perfecta configuración conmigo depende de Él, y no de mí.
Depende de cuánto permitas que el Espíritu de Dios te posea.
Si quieres ser perfecto…
Si quieres ser como tu Maestro…
Abre tu corazón y ENTRÉGALE TU VOLUNTAD POR COMPLETO AL ESPÍRITU SANTO.
Confía en Él.
Acepta el testimonio que Él da de mí.
Cree todo lo que te dice.
Déjate consolar por Él.
Deja que Él haga su obra creadora a través de ti.
Déjate transformar en instrumento de su gracia.
No seas obstáculo.
Es Él, que a través de ti, atrae a las almas a mí, para que yo las lleve a mi Padre.
Él es quien te desvela la verdad.
Quien te ayuda a conocerme cada día más.
Quien te da los dones, las gracias que necesitas, para hacer mis obras, y aún mayores.
Quien te da mi paz.
Quien te ayuda a alcanzar, a través del conocimiento de la verdad, tu libertad.
Él es el Espíritu de amor, que enciende tu corazón con el fuego vivo de mi amor
Y te da la fuerza, y te da el valor.
Y te da la sabiduría y el entendimiento.
Para que tú des testimonio de mí, para que el mundo crea, y yo se lo dé a mi Padre.
Es necesario que el mundo crea para que se salve.
Eso es lo que le falta a mi cruz.
El “sí” de cada hombre.
Sin ese “sí” mi sufrimiento es en vano.
De ti depende que mi sacrificio haya valido la pena.
De ti depende que ninguno de los que mi Padre me dio se pierda.
El mundo debe conocerme.
Pero, como no pueden verme, es necesario que conozcan al Espíritu Santo, que acepten su testimonio, que es veraz.
Para que crean en mí y se salven.
Esa es tu misión, sacerdote de mi corazón.
A ti el Espíritu te posee.
Eres mío.
Vives en mí como yo vivo en ti.
Pero yo quiero que el Espíritu infunda en ti el deseo de cumplir mi deseo, que es traer a todas las almas a mí.
Permanece en mi amor.
Deja de resistirte a la gracia.
Acepta el don que quiere darte el Dulce Huésped de tu alma.
Recíbelo, conócelo, y da testimonio de su presencia viva en ti.
Dile al mundo que el Santo Paráclito reina en ti.
Y eso es la alegría de la Pascua.
