10/02/2026

Jn 16, 5-11 - Llenos del Espíritu Santo

LLENOS DEL ESPÍRITU SANTO

 

«Cuando él venga, establecerá la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio» (Jn 16, 8).


 

Amigo mío:

Yo vivo en ti, tú en mí.

Por obra del Espíritu Santo.

¿Qué sería de ti si yo no hubiera enviado a ti el Espíritu Santo en el nombre de mi Padre?

Era necesario que yo volviera a aquel que me envió, para que el mundo recibiera el don que a mi Padre, para ustedes, pedí yo.

Es tan limitada la mente humana…

Es tanta la debilidad de la carne, por el pecado original ocasionada…

Son tan necios y testarudos…

Tan obstinados…

Tan pecadores…

Que no era posible que siguieran solos, a pesar de que vine a mostrarles el camino.

Pero ¿cómo pueden seguir el camino si no son capaces de permanecer en mí?

Yo soy el camino.

¿Cómo pueden alcanzar la salvación que yo les di, si no creen en la verdad?

Yo soy la verdad.

¿Cómo pueden tener vida, si ustedes mismos se condenan a muerte, desterrándome del mundo, rechazando la luz?

Yo soy la vida.

Yo vine a traer fuego sobre la tierra, y era necesario que este fuego ardiera.

El Espíritu Santo es quien hace arder el fuego de mi amor sobre la tierra.

Si no tienen amor, nada tienen.

A eso es enviado Él.

A manifestarles el amor de Dios.

A encender el fuego de mi amor en el corazón de los creyentes.

A abrir los ojos de los ciegos.

A convertir los corazones de los incrédulos en creyentes.

El Espíritu Santo reina en este tiempo para iluminar con su luz la mente, la conciencia y el corazón de los hombres, para atraerlos a mí.

Porque nadie puede ir al Padre si no es por mí.

El Espíritu Santo, Espíritu de Amor, Espíritu de alegría, Santo Paráclito Consolador ha venido al mundo a establecer la culpabilidad en materia de pecado, de justicia y de juicio, para que comprendan lo que les dice su conciencia, se arrepientan, pidan perdón, se reconcilien conmigo y vuelvan a mí, y permanezcan en mi amor.

Y ese es el don que yo pedí a mi Padre: el don del sacerdocio lleno del Espíritu Santo, para que mis sacerdotes tengan el valor, la fuerza, la fe, y todas las gracias que necesitan, para llevar el Evangelio a todos los pueblos.

Para reunir al pueblo de Dios en un solo rebaño y con un solo pastor.

Y así consumar mi misión.

 

Culpabilidad en materia de pecado, porque no han creído en mí.

El que no cree en mí no cree en aquel que me envió.

Y no es digno de Él ni de mí.

El que no cree en mí no puede ser salvado.

El que cree en mí conoce la verdad y no comete pecado.

Y, si lo cometiera, no tendría paz en su corazón, estaría intranquila su conciencia.

El Espíritu Santo lo movería al arrepentimiento y al perdón, solicitándolo a través del sacramento de la reconciliación.

Bendita culpa, que les humilla el corazón.

 

Culpabilidad en materia de justicia, porque ya no me verán.

ME HAN DESTERRADO DE ESTE MUNDO

¿Acaso es justo que me vean, que gocen de mi hermosura, que se complazcan en ofenderme cara a cara otra vez?

Justo es que me vaya, que me aleje de los que me desprecian.

Pero la misericordia de Dios es mayor a su justicia.

Y aquí estoy, en forma de vino y de pan, que, por obra del Espíritu Santo, que pone mi poder en tus manos, me haces bajar del cielo.

Yo Soy.

Por justicia, los ojos de los hombres no pueden verme tal cual soy.

Pero me ven, y por la fe creen.

Yo Soy.

 

Culpabilidad en materia de juicio.

Porque el Príncipe de este mundo ya está condenado.

Aunque sus seguidores –los que reniegan de mí–, se condenen con él, hasta el último momento de sus vidas sentirán la culpa, que les da la oportunidad de arrepentirse, y de volver a mí.

Bendita culpa, que atrae a las almas a mí.

El Espíritu Santo ilumina la conciencia de los hombres.

Y tú, como sacerdote, debes mantener tus brazos abiertos, para recibir a los pecadores.

Yo te aconsejo que, como víctima de expiación por los pecados del mundo, en configuración conmigo, asumas la culpa del mundo, y pidas perdón, y hagas expiación, abriendo tu corazón y tu mente a la iluminación divina, para que del Espíritu Santo recibas la luz que necesitas para atraer a las almas arrepentidas a mi presencia viva, y les concedas el perdón, y consumes mi misión.

Yo vivo en ti.

Que la culpabilidad establecida en el mundo por el Espíritu Santo te conduzca a obrar el amor, para que alcances, por Él y conmigo, tu propia conversión y santificación.