LLENARSE DE ALEGRÍA
«Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría» (Jn 16, 20).
Amigo mío:
Alégrate. Esta es la fiesta de la Pascua.
Que tu tristeza se transforme en alegría.
Que tu deseo sea verme cada día con los ojos de tu alma, cuando me tengas enfrente, en la patena sobre el altar, en Eucaristía.
Abre tu corazón y deja que el Espíritu Santo te llene de su don, de sus carismas y de sus frutos.
Deja que mueva tu corazón para que tu alegría sea plena, y lleves al mundo mi amor.
Alégrate, porque he dado mi vida por ti.
Si tú permaneces en mí no tienes nada de qué preocuparte.
Pero si tu corazón se alejara de mí…
Si la alegría te abandonara, porque mi paz se fue a otra parte…
No porque yo lo quisiera, sino porque tú cerraras tu corazón por caer en la tentación y en el pecado, y faltarme con tu traición…
Vuelve a mí, vuelve a la oración.
Y si tu noche oscura no te dejara ver el camino…
Cierra tus ojos.
Tómate de la mano de mi Madre, que siempre está junto a ti.
Invoca la presencia del Espíritu Santo.
Y déjate por ellos conducir hasta mí.
Como un ciego se deja conducir por su lazarillo.
Confía, y ven a mí.
Yo transformaré tu tristeza en alegría, y vivirás en mí y yo en ti.
No permitas que la razón cierre tu corazón.
Abre las puertas de tu corazón de par en par.
Y déjame entrar.
No tengas miedo si no me ves.
Porque, te aseguro, un día me verás.
Yo vendré a ti, y mi Padre vendrá a ti.
Y haremos morada en ti.
Pero debes saber que tu alegría no depende de mi Padre ni de mí.
Depende de ti.
Procurar, desear y pedir al Espíritu Santo que te llene de Él.
Y, con docilidad, abandonarte en Él.
Con el alma bien dispuesta.
Para que exultes de alegría, diciendo:
“Dios te salve, María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo,
bendita eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”.
