RECIBIR A JESÚS
«Yo les aseguro: el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado» (Jn 13, 20).
Amigo mío:
Celebremos la Pascua experimentando mi amor en tu corazón.
Yo en ti, tú en mí.
Somos uno tú y yo.
Pero en esta configuración de tu corazón sacerdotal con el mío, te recuerdo que tú eres el enviado y yo soy quien te envía.
No es mayor el siervo que el amo.
No es mayor el enviado que quien lo envía.
Yo te llamé.
Yo te elegí.
Yo te envié.
Porque te amo.
Humíllate ante mí, y reconócete no el que ama, SINO EL AMADO.
Porque, si tú me amas, es porque yo te amé primero.
Y tú, con el amor que yo te doy, correspondes a mi amor.
Por eso no me digas que me amas, si luego vas a traicionarme.
Demuéstrame con tus obras que me amas.
Y reconócete pecador para que recibas mi perdón.
Ámame con tu vida, ejerciendo tu ministerio sacerdotal todos los días, con total autoridad, para que reúnas a las ovejas mías, y ellas mi amor también reciban, y correspondan volviéndose a mí, agradecidas.
Yo soy el Hijo de Dios, y me he hecho igual a ti para que tú me recibas y seas igual a mí.
Pero hay algo en lo que yo no soy igual a ti.
Yo soy justo, yo soy santo, jamás pequé.
Y aun así, me hice pecado por ti.
Para perdonarte.
Para salvarte.
Para que tú puedas ser igual a mí: justo y santo.
Este es el paso del Señor por tu vida.
Esta es la hora de la Pascua.
Aprovecha esta hora.
Convierte tu corazón.
No desprecies ni juzgues a aquel que en mi mesa me traicionó, porque tú eres igual, e incluso peor.
Pero yo te he amado tanto, como a aquel que puso su cabeza sobre mi pecho, jurándome amor.
Y te he dejado limpio, como la lana, para que seas como él, que, en su inocencia, junto a mí permaneció en la cruz.
No me abandonó.
Y tú, alégrate, porque eres como él, estás aquí, y ya no te apartarás de mí.
Tú eres el enviado del Hijo de Dios, a llevar la Pascua al pueblo de Dios.
Compórtate de tal manera, con tal virtud, que tus fieles quieran recibirte en su casa.
Que les alegre tu compañía, y acepten tus consejos, y escuchen tu palabra, que es la mía, para que me reciban.
Porque, el que te recibe a ti, me recibe a mí.
Y yo he de decirte que en algo más somos iguales.
Yo también soy un enviado, y el que me recibe a mí, recibe a aquel que me envió.
Asegúrate de que el mundo me reciba, porque yo vine al mundo, y el mundo no me recibió.
Pero ahora, yo te envío a ti, para que me reciban en la Palabra, en los Sacramentos, y me hagan suyo en la Eucaristía.
Para que permanezcan en mi amor, y seamos uno, como uno somos tú y yo.
