PERMANECER EN UNIDAD
«Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17, 22).
Amigo mío:
Tú y yo somos uno.
Cómo deseo que todos aquellos por los que mi vida di sean uno, para que, siendo uno, sean uno conmigo, y yo esté en ellos y ellos en mí.
Yo mismo les dejé el camino hecho, para que puedan vivir conmigo en comunión.
La Santa Iglesia instituí, para que todos sean uno.
Y, siendo uno, sean desposados conmigo, para la eternidad.
Yo amo a mi esposa, mi Iglesia.
Y tú mismo la amas como la amo yo.
La Iglesia sirve al Rey.
Yo soy el Rey. Sírveme.
Muéstrale al mundo la belleza de mi esposa.
Atráelos a ella.
Quiero que la conozcan, para que la amen, porque la evangelización no es hablar solo del Evangelio, sino poner en práctica el Evangelio.
Bautizar a todos los hombres con agua y fuego, con el Espíritu Santo, que los hace miembros de la Iglesia.
Que los une, para que todos sean uno en ella.
Eso es a lo que yo envié a mis discípulos: a reunir a mi rebaño en un solo rebaño, con un solo pastor.
A conquistar los corazones de los hombres, para que se enamoren de mí, y me amen como los amo yo.
Yo amo con locura a mi Iglesia, que está conformada por muchos miembros.
Yo amo a cada uno de los miembros, porque todos son uno, son ella, mi amada, a la que llevo al desierto y le hablo de amor.
Yo perdono todas sus infidelidades.
Mi vida por ella di yo.
Todo aquel que sea parte, porque crea en mí, se salvará.
Yo lo amaré y él me amará.
Pero nadie puede venir a mí por su cuenta.
Yo no reconozco a ninguno como esposa mía, sino al que está unido a los otros miembros de mi Iglesia, en un solo cuerpo y un mismo espíritu.
A ese lo amaré, lo santificaré, mi Paraíso le daré.
Que el mundo conozca la belleza de mi Iglesia.
Que sepan qué atractiva es.
Que conozcan quién es, cómo es, para qué la fundé.
Que sepan que no hay otra Iglesia verdadera, sino la única que yo fundé.
Que reconozcan que la Iglesia es Madre, y que María Madre de la Iglesia es.
Entonces yo los reconoceré.
Yo estaré en ellos y ellos en mí.
Seremos uno.
Yo los amaré.
Ellos me amarán.
Y de mi gloria participarán.
No basta ser bautizado.
Es necesario permanecer en unidad.
El pecado rompe la unidad.
Pero los sacramentos, fruto de la cruz, purifican con mi preciosa sangre, derramada en la cruz, a todo aquel que se arrepiente.
Que se duele de ofenderme.
Que desea sinceramente pertenecerme.
Ser uno conmigo.
Y recibir mi gracia, para perseverar en el camino de la santidad, que lo lleva a experimentar conmigo un matrimonio espiritual.
Para ser uno conmigo en mi eterno Paraíso.
