SERVIR A LA IGLESIA
«Sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”» (Jn 20, 22).
Amigo mío:
RECIBE EL ESPÍRITU SANTO.
Abre tu corazón a su gracia y a su don.
Yo te aseguro que Él estará contigo todos los días, tanto como yo.
Cumplir la misión que te he encomendado solo no puedes, eso yo lo sé.
Por eso, el Espíritu Santo te he enviado.
Ahora podrás. Yo lo sé.
Él te transformará en instrumento de paz.
No dudes de estas palabras.
Lo que yo te diga harás.
Lo que yo te mande dirás.
Mis obras realizarás.
A la Iglesia servirás.
La amarás tanto como yo la amo.
Y estas lágrimas que ves de mis ojos derramar…
SON DE ALEGRÍA…
POR LA DICHA CON LA QUE VIVIRÁS TODOS LOS DÍAS DE TU VIDA, EN ESTE MUNDO Y EN LA ETERNIDAD.
Te amo tanto, amigo mío, que deseo tu felicidad: sirviendo a la Iglesia serás el hombre más dichoso.
Este tiempo tú y yo tenemos los mismos sentimientos.
Tú y yo sabemos lo que es renunciar a todo para vivir con el corazón dispuesto a cumplir la voluntad de mi Padre.
Difícil es el ministerio sacerdotal.
Pero qué grande es la alegría del sacerdote que se configura plenamente conmigo.
Dime, amigo mío, ¿sientes el gozo de mi Corazón al estar en mi presencia?
Déjame vivir dichoso en ti.
Deja que mi alegría desborde tu corazón.
Esta misma alegría que el Espíritu Santo infundió en mi Corazón cuando encontró a mis discípulos reunidos con mi Madre, perseverando, con fe, en la oración.
Y los transformó de una comunidad de discípulos míos, en la más maravillosa de las novias: en mi Iglesia.
¿Comprendes?
El Espíritu Santo me dio una esposa.
En el mundo se quedó, pero no es del mundo.
Ella tiene una gran misión: reunir a todos los hijos de Dios en un solo cuerpo, en un mismo espíritu.
Y una vez santificados en ella, será elevada al Paraíso, y desposada eternamente conmigo.
Y tú participarás.
Pero, por ahora, tu misión es cuidarla, protegerla, servirla…
Para que ella pueda cumplir con su misión.
Lo harás, porque el Espíritu Santo está contigo.
Sé dócil.
Permanece con mi Madre, unido en oración.
Y bajo su maternal protección, reúne a tus hermanos y a todos los hijos de Dios en un solo rebaño y con un solo pastor.
Tu oración le dará a la Iglesia los dones, los frutos y los carismas que necesita cada día.
No porque tú los tengas.
Sino porque tú te encargarás de mantener abierto su corazón, para que reciba cada día lo que el Espíritu Santo tiene destinado para ella.
Que arda ese fuego de amor, encendido en tu corazón, EN TODA LA IGLESIA.
