18/02/2026

Mt 4, 1-11 - Contemplación de la Cruz 05 - Cuaresma

DOMINGO I DE CUARESMA (Mt 4, 1-11)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 5

Acompañemos a María, Virgen Dolorosa, al pie de la cruz, para contemplar a Jesús, su Hijo amado crucificado. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz, que nos dice:

 

Hijitos míos: contemplen el vientre de su Señor, esas profundas heridas causadas por los latigazos, y esos golpes, esos moretones.

Miren adentrándose en su cuerpo. No solo sangra su piel, sino que sangran sus órganos internos, por la brutalidad de los golpes con que ha sido torturado.

¡Cuánto dolor ha soportado!

Y ahora, concentren su atención en el ombligo. También está herido, pero no ha podido ser borrado, porque lleva tatuada mi maternidad divina, por ese cordón umbilical por el que compartía conmigo la misma sangre.

Él es carne de mi carne y sangre de mi sangre, verdadero hombre y verdadero Dios.

Él ha sido en todo igual como los hombres, menos en el pecado, pero hasta en eso quiso parecerse.

Él se ha hecho pecado para destruir con su muerte la muerte que ocasiona el pecado de los hombres.

Él se ha hecho pecado para destruir el pecado de los hombres.

Contémplenlo a Él.

Contemplen sus sufrimientos.

Contemplen sus dolores.

Contemplen los míos.

Sufran conmigo, sientan mi dolor de madre, al ver a mi Hijo desangrarse hasta la muerte para rescatar a la humanidad de la muerte y darles la vida.

Pidan perdón por todos aquellos miembros de la Iglesia que han ocasionado, o que son cómplices, del aborto de niños con vocación al sacerdocio, porque el Señor los elige desde antes de nacer. Esos niños

 

han sido arrancados del vientre de sus madres, les han cortado el cordón umbilical, y los han dejado desangrarse hasta la muerte, para ser desechados como basura. No les han dado oportunidad de nacer. Les han quitado la vida.

Y pidan perdón también por las madres y los padres, y por todos aquellos miembros de la Iglesia que disuaden a los jóvenes de abrazar su vocación al sacerdocio, y les impiden formarse y entregarse al servicio de Cristo. También en el Seminario, por los propios maestros y formadores que ocasionan que se trunquen las vocaciones, porque ellos tampoco los dejan nacer.

 

Contemplemos a Jesús en el momento de su muerte, y cuando es bajado de la cruz y puesto en el sepulcro. Escuchemos en nuestro corazón su voz que nos dice:

 

Amados míos: contemplen el momento de mi muerte, cuando soy bajado de la cruz y puesto en el sepulcro.

Me dejan solo. Con una gran piedra cubren la puerta, de manera que quedo sepultado en las entrañas de la tierra, para que se cumpla la Escritura sobre el signo de Jonás, y al tercer día ser arrojado en la arena, para ir a anunciar el tiempo de arrepentimiento y de conversión, de penitencia y de expiación, para conseguir el perdón de Dios, y que no mueran, sino que tengan vida. Con este signo los renuevo en la esperanza de que al tercer día resucitaré.

Oren e intercedan por los sacerdotes que viven como muertos en vida –por el pecado que ha ocasionado la muerte de sus almas–, y del corazón de Dios están alejados.

Sean ustedes signo para ellos, haciéndoles un llamado a la conversión, transmitiendo mi Palabra, que como espada de dos filos les atraviesa el corazón, para que se arrepientan, pidan perdón, se confiesen, se conviertan, y vivan conmigo la vida nueva de mi resurrección.

Compartan el dolor de mi Madre, por las heridas que mis sacerdotes causan a mi Sagrado Corazón.

Pidan perdón, y hagan actos de reparación, promoviendo las catorce obras de misericordia en favor de ellos, suplicando a mi Padre que retenga su ira, y por la intercesión de mi Madre, la Santísima Virgen María, les conceda su misericordia.

Hagan esto en mi nombre, acompañando a mi Madre, porque en el día del juicio, los que no crean, no se hayan arrepentido y no se hayan convertido, serán tratados como merecen con la ira divina y serán arrojados al infierno, lejos de mí, aunque sean sacerdotes.

 

 

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca, para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!