18/02/2026

Mt 23, 1-12 - Contemplación de la Cruz 14 - Cuaresma

MARTES II DE CUARESMA (Mt 23, 1-12)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 14

Con el corazón bien dispuesto, acompañemos a María al pie de la cruz, y contemplemos a Jesús. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:

 

Hijitos míos: acompáñenme a contemplar la cruz de mi Hijo Jesús, para conseguir las gracias que Él me quiere dar para la purificación de la Iglesia.

Contémplenlo a Él en la cruz.

Él es el Cordero de Dios que se entregó como víctima de expiación por los pecados de todos los hombres mientras el pueblo gritaba a una sola voz: ¡Crucifícalo!

¡Cuánto dolor hay en mi corazón con el recuerdo de estas palabras, de estos gritos de odio que me hicieron temblar!

¿Cómo pueden expresar con tal emoción tanta maldad?

¿Cómo puede haber en los corazones de las creaturas de Dios tan malas intenciones?

¿Cómo pueden volverse contra Él si todo les ha dado Él, hasta la vida?

Y ahora les dará una vida renovada con su muerte para perdonar todos los pecados, especialmente este.

Compartan, hijitos, el dolor de mi corazón, y contemplen conmigo el más grande tesoro de Dios que le ha dado a los hombres y que está pendiendo de esta cruz.

Contemplen en su pecho tantas heridas, que no pueden contarse.

Su carne abierta, desgarrada.

Los látigos han causado en esta piel, en esta carne sagrada, estragos.

Miren cómo brota su preciosa sangre por sus heridas cubriéndolo totalmente.

¡Cuánto dolerá tan solo una de esas heridas!

No las siento en mi piel, no las siento en mi carne. Las siento en mi corazón, y es mucho el dolor.

Contemplen cómo se han quedado marcados los látigos en su piel enrojecida, amoratada, hinchada.

Contemplen cómo se seca, se deshidrata, se pueden ver todos sus  huesos pegados a la piel.

Contemplen sus pulmones. Lo maltrataron tanto, lo golpearon tanto, hasta quedarse sin aire. Pero sigue respirando.

Nadie le quita la vida. 

Él es la Vida, y la entrega por su propia voluntad.

Y solo cuando Él lo decida dejará de respirar, aunque pareciera que se asfixia, porque le cuesta tanto trabajo que el aire llegue a sus pulmones.

¡Cuánto dolor le causa respirar!

¡Cuántos desprecian la vida, y cuánto valora la vida Él!

¡Y cuánto agradece al Padre por haberlo enviado para darle vida al mundo!

Contemplen la injusticia del mundo sobre Él.

Contemplen en esta cruz a todos los sacerdotes crucificados injustamente con Él.

Pidan perdón por todos aquellos miembros de la Iglesia que condenan injustamente a un sacerdote.

Pidan perdón por todos aquellos que han flagelado a un sacerdote con sus burlas, con sus desprecios, o con golpes.

Pidan perdón por aquellos que han condenado a muerte a un sacerdote.

Pidan perdón por aquellos que le desean mal a un sacerdote, que tienen sentimientos de odio contra los sacerdotes, que los persiguen y los lastiman solo por ser sacerdotes.

Pidan perdón por todos aquellos que le han quitado la vida a un sacerdote. 

 

 

Contemplemos el preciosísimo cuerpo del Hijo de Dios torturado en la Cruz. Escuchemos en nuestro corazón su voz, que desde el suplicio de la cruz nos dice:

 

Amados míos: contemplen al Hijo de Dios, que ha sido enviado al mundo para llevarle al Padre lo que le pertenece.

Que ha sido despreciado, desterrado, desechado del mundo.

Que ha sido torturado y crucificado, porque se han confabulado todos aquellos a los que ha sido enviado a buscar, para matarlo.

Y ahí pendiendo está en la cruz, a los ojos de todo el mundo exaltado, mientras por los ojos de su Madre es contemplado, bajo la mirada atenta de su Padre que está en el cielo, y que es quien lo ha enviado, y que sufre con Él, porque el Padre y el Hijo son uno, mientras es sostenido por el amor divino del Espíritu Santo, para soportar el desprecio de los hombres, los dolores que un simple cuerpo humano no podría soportar y sufrir, por cada pecado, por cada ofensa que ha cometido la humanidad, y así, a través del sufrimiento de la Santísima Trinidad, reparar, renovando a toda la humanidad.

Contemplen al Hijo de Dios, que es la piedra angular en la construcción del Reino de los Cielos en la tierra, porque permanece siempre fiel a sus promesas, y con su resurrección hará que este suplicio de cruz valga la pena.

 

Pidan perdón por los sacerdotes infieles, los que desobedecen, ya sea por miedo, por vergüenza, por mala intención, por falta de fe o por ambición.

Pidan perdón por los sacerdotes que se han alejado de mí, se han vuelto contra mí, y, en lugar de ser víctimas conmigo, me torturan y me crucifican.

Pidan la gracia para que ellos se conviertan, vuelvan a mi amistad, y perseveren en la fidelidad a Dios y a su vocación sacerdotal.

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!