LUNES I DE CUARESMA (Mt 25, 31-46)
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 6
Acompañemos a María al pie de la cruz. De rodillas, ante un crucifijo, elevemos la mirada para contemplar a Jesús en la cruz. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de nuestra Madre, que nos dice:
Hijitos míos: miren sus costillas. Se puede contar cada una de ellas. Su piel está pegada a los huesos, como si se estuviera consumiendo.
Miren cómo respira con dificultad. Él, que es la vida, necesita del aire, del oxígeno, para vivir. Se ha hecho en todo como los hombres, pero, a diferencia de los hombres, Él nunca cometió pecado. Sin embargo, ha asumido todos los pecados de los hombres en su cuerpo, para destruir los pecados con su muerte, y hacer nuevas todas las cosas con la vida de su resurrección.
Miren cuánto le cuesta respirar. Miren cuánto desea hacerlo. Cada vez que inhala es como un soplo de vida, y cada vez que exhala entrega la vida.
¿Acaso merece el Hijo del Dios que los creó, el Cristo que tanto los ama, que está dando la vida para perdonar sus pecados y abrirles las puertas de su Paraíso, ser tratado así?
Pidan perdón por todos aquellos miembros de la Iglesia que acosan a los sacerdotes, que los juzgan injustamente, que les levantan falsos testimonios, que los persiguen, que los envuelven en el escándalo y les dan tantas preocupaciones, que no los dejan ni respirar.
Algunos llegan al límite y se bajan de la cruz; otros no soportan tanta presión, y llegan incluso al suicidio; otros permanecen con Jesús en la cruz, decididos a dar la vida por otros inocentes como ellos, para librarlos de las injurias, y se declaran culpables para ser víctimas de expiación, aunque no tienen culpa, aunque tienen puro el corazón.
Contemplemos a Jesús en la cruz, soportando con paciencia sus sufrimientos, asumiendo en su cuerpo el dolor de nuestros pecados, para cumplir la voluntad del Padre, sostenido por la compañía de su Madre. Escuchemos en nuestro corazón su voz, que nos dice:
Amados míos: pidan para mis sacerdotes las gracias que ellos necesitan para cumplir la voluntad de mi Padre. Contemplen fijamente mis ojos que derraman lágrimas y sangre, y pidan perdón, suplicando al Padre que tenga misericordia por aquellos sacerdotes que no piden, porque piensan que todo lo pueden ellos solos.
Cometen el pecado más grave, que es la soberbia, el pecado de Adán, creyéndose Dios, autosuficientes. Tratan de hacer todo con sus propias fuerzas. No hacen oración, disfrazan su soberbia de humildad, diciendo que no son dignos de recibir nada, de pedir nada, de buscar nada.
Se debilitan y se bajan de la cruz, porque, sin la ayuda de Dios, nadie puede soportar su propia cruz, ni perseverar en el cumplimiento de la voluntad de Dios.
Yo mismo fui sostenido por la gracia de Dios, a través de las oraciones suplicantes de mi Madre, que en todo momento me acompañó al pie de la cruz.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca, para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras
el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
