17/02/2026

Mt 6, 1-6. 16-18 - Contemplación de la Cruz 01 - Cuaresma

MIÉRCOLES DE CENIZA (Mt 6, 1-6. 16-18)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación


Introducción

El tiempo de Cuaresma nos invita a la oración en silencio, a la contemplación, a la reflexión, a la penitencia, a la conversión, a la reparación.

Las Madres Espirituales y los Custodios de Sacerdotes acompañamos a María, meditando con ella todas las cosas en nuestro Corazón.

Contemplamos el Sagrado Corazón de Jesús crucificado, nos adentramos en esa herida abierta de la que brota sangre y agua.

Tomamos conciencia del dolor de ese Corazón que permanece herido. Jesús ha resucitado, está vivo, y conserva las llagas en su cuerpo, en sus manos, en sus pies y en su costado. Conserva su Corazón abierto, derramando su infinita misericordia.

Durante los próximos cuarenta días acompañemos a María, al pie de la cruz, contemplando, amando y reparando con ella el Sagrado Corazón de Jesús, haciendo penitencia, pidiendo perdón por los pecados de nuestros hijos espirituales sacerdotes, especialmente por los que comulgan en pecado grave, y en lugar de alimentarse para la vida eterna, se condenan.

Intercedamos por ellos con verdadero sufrimiento, por el dolor que le causan al Corazón de Cristo. Y con nuestro amor maternal y paternal, unido a amor de María, la Madre de Dios, suplicamos para ellos misericordia, pedimos las gracias que necesitan para que se arrepientan, para que pidan perdón, para que sean perdonados, y alcancen una completa conversión, que los conduzca a su santificación.

Eso, para el Sagrado Corazón de Jesús, es reparación. 

En un momento de silencio, contemplando el crucifijo, escuchemos la dulce voz de María que nos habla al corazón:

“Hijitos, acompáñenme al pie de la cruz en la que está crucificado mi amadísimo Hijo Jesús. Contemplen sus pies: están completamente rígidos, cubiertos de sangre, lastimados, heridos.

El empeine, las plantas de los pies, sus dedos, las uñas llenas de tierra, las pequeñas piedras incrustadas entre sus dedos, entre las uñas. Contemplen la sangre fresca, viva, que brota de las heridas de sus pies, y la sangre que escurre de todo su cuerpo hasta sus piernas, que se derrama constantemente como si no tuviera fin, como un río de sangre.

Acérquense, para que esa sangre que brota de la cruz los bañe y los purifique. Unan sus lágrimas a las mías, para que alivien el dolor de las heridas de los pies de Jesús en la cruz.

Me duele su dolor. Contemplen su sufrimiento y duélanse de su dolor y compartan el dolor de mi corazón de Madre.

Contemplen mi rostro sufriente, y mi corazón dolido. Y ofrezcan al crucificado los frutos de esta contemplación diciendo:”

Escuchemos en nuestro corazón la voz de Jesús que desde la cruz nos dice:

“Hagan penitencia y pidan perdón por aquellos sacerdotes que he llamado, que han dejado todo y me han seguido, pero luego se han ido.

No han soportado permanecer con los brazos extendidos unidos a los míos en la cruz para abrazar a los pecadores y se conviertan, sino que abren sus brazos para abrazar a los pecadores que les ofrecen poder, placeres y riquezas en medio del mundo y ambicionan lo que no es suyo, porque nada en este mundo les pertenece. Ellos han renunciado a todo, hasta a sí mismos, cuando yo los he llamado, y por su propia voluntad han aceptado seguirme, y en vez de convertir a los pecadores, se destruyen a sí mismos, en medio de los pecadores, cometiendo aún más graves pecados que ellos, porque los sacerdotes sí saben lo que hacen.

Yo los he llamado para sentarlos en mi mesa y convidarles de mi banquete. Ellos son los responsables de traerme a los invitados para que cenen conmigo y yo con ellos.

Oren intercediendo por ellos para que no sean sordos a mi voz, para que escuchen mi llamado, para que se conviertan y me sigan, y hagan lo que yo les digo, se suban a la cruz conmigo, y derramen sobre los pecadores mi misericordia, sostengan sus brazos en mi cruz, con la gracia que reciben ellos a través de la oración de ustedes, para que me sigan, que se santifiquen abrazando a los pobres pecadores, que vean en ellos ejemplo de virtud y les muestren el camino al cielo.

Que vean a través de ellos, de sus brazos extendidos, mis brazos crucificados que los llevan al abrazo misericordioso del Padre.

No juzguen nunca a un sacerdote por su pecado. Antes bien, tengan compasión de él y abrácenlo con sus obras de misericordia, para que escuche mi llamado, se levante, me siga, se convierta y se salve”.

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta
contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras
almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María,
todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos
espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y
nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que
persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son
sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros,
que hemos pecado!