MARTES I DE CUARESMA (Mt 6, 7-15)
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 7
Acompañemos a María al pie de la cruz, contemplando el misterio de la salvación. Compartamos con ella el sufrimiento de su Inmaculado Corazón.
Hijitos míos: contemplen a Jesús en la cruz. Concentren su mirada en el centro del cuerpo del Hijo de Dios. Miren su pecho. Miren su carne abierta, por donde brota la sangre de las llagas de su corazón herido, ese Corazón Sagrado que palpita con fuerza, haciendo un gran esfuerzo por bombear la sangre a todos los órganos del cuerpo para mantenerse vivo.
Pero cada vez recibe menos sangre, cada vez el esfuerzo es mayor. No solo a sus órganos internos bombea la sangre de sus venas. Lo hace con tanta fuerza, que la derrama a través de sus heridas para llegar a todos los miembros que conforman a la Iglesia.
Es un corazón enamorado de su amada esposa.
Mírenlo como Él los mira.
Ámenlo como Él los ama.
Su mirada está puesta sobre cada uno de ustedes.
Él sufre por ustedes, su Iglesia, su desposada inmaculada, sin mancha ni arruga, que le profesa su amor eterno e incondicional, mientras los miembros que la conforman lo crucifican, y Él con su sangre preciosa los lava, los limpia, los purifica, los santifica, para que sean dignos de ser parte de ella y pertenecerle a Él.
Esta es la más grande historia de amor. Él dando la vida por su Iglesia, y ella junto a Él, recibiendo su perdón para ser digna de recibir la vida de su resurrección.
Pidan perdón por todos aquellos miembros de la Iglesia que no aceptan la salvación que los sacerdotes imparten a través de los sacramentos, que los tratan con desprecio, que los insultan, que se burlan de ellos, y al mismo tiempo que lastiman los corazones de sus sacerdotes, lastiman el Corazón de Cristo, y se lastiman a sí mismos, hiriendo profundamente al corazón de la Santa Iglesia de la cual ellos son parte.
Pidan perdón por los que con palabras hirientes desprecian a sus sacerdotes, y por los que no agradecen los esfuerzos tan grandes que ellos hacen por acercarlos al corazón de Dios, para que sean purificados con la preciosísima sangre del Sagrado Corazón de Jesús, mientras ellos exigen señales para creer, para convencerse, pero retándolos, porque no quieren creer. Y no creerán y no se convencerán ni aunque resucite un muerto. La señal de la cruz es para ellos indiferente. No es para ellos señal de vida, sino señal de muerte.
Contemplemos el cuerpo crucificado de Jesús, agonizante, exaltado, martirizado y despreciado, que cuelga de la cruz. Escuchemos en nuestro corazón su voz, que nos dice:
Amados míos: acérquense y escúchenme, porque mi voz es débil en medio de la agonía.
“Tengo sed”.
Mediten en estas palabras y pidan perdón por todos aquellos sacerdotes que no se acercan al sacramento de la reconciliación, que han cometido faltas graves y no se confiesan, y, aun así, presentando su ofrenda en el altar, unen la ofrenda de su pueblo.
Y, aunque es aceptada la ofrenda de los justos, está unida a una ofrenda contaminada por los pecados del sacerdote.
Tengo sed de la amistad con mis sacerdotes.
Fomenten entre ellos la caridad y la fraternidad sacerdotal.
Fomenten y procuren la caridad y la fraternidad entre sacerdotes y fieles y, a través de sus oraciones y ofrenda de vida, pidan las gracias que los sacerdotes necesitan para dominar su vergüenza y su soberbia, y para que se acerquen a pedir perdón a sus hermanos y a Dios, para que vuelvan a la amistad conmigo a través de la reconciliación sacramental, para que, unidos a mi cruz, permanezcan en mi amistad.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
