18/02/2026

Mt 5, 20-26 - Contemplación de la Cruz 10 - Cuaresma

VIERNES I DE CUARESMA

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 10

Acompañemos a María al pie de la cruz, compartiendo sus mismos sentimientos. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:

 

Hijitos míos: Jesús fue engendrado en mi vientre inmaculado, y conquistó mi corazón desde antes de nacer. Me llenó de amor, porque en mí fue engendrado el amor, y el amor nació para el mundo, como fruto bendito de mi vientre.

Eleven su mirada y contemplen el cuerpo sagrado de Jesús crucificado.

Compartan conmigo los sentimientos de mi corazón, mi sufrimiento al ver crucificado no solo a mi Hijo, sino al Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero.

Es justo glorificar a Dios venerando, adorando, bendiciendo, contemplando, admirando, amando, alabando el cuerpo sagrado de Jesús, exaltado en la cruz, y contemplar con ternura en ese cuerpo sagrado a ese niño recién nacido, que trajo la luz para el mundo, que fue adorado y también perseguido, protegido por la gracia de Dios, bajo la tutela de sus padres en el mundo.

Contemplen en ese cuerpo sagrado, crucificado, torturado, atado a esa cruz con esos grandes clavos, inmóvil, agonizante, totalmente desangrado, castigado como al más terrible malhechor, la pureza de Dios transformada en pecado, para destruir al pecado con su muerte.

A ese joven fuerte que tenía deseos de conquistar el mundo.

A ese hombre valiente que caminó por el mundo predicando el amor, que llamó a todos los hombres a la conversión y a la reconciliación con Dios, que llevó la paz a muchas familias, que llevó la salud a muchos enfermos, que hizo oír a los sordos, ver a los ciegos, caminar a los paralíticos, que resucitó muertos, que fue perseguido por sus enemigos, porque era bueno.

Le tenían miedo, porque con palabras de amor y de verdad conquistaba al pueblo, y ganaba muchos seguidores, que lo proclamaban el más grande de los profetas y rey. Tenían miedo de su poder, y el odio y la soberbia les nublaban el entendimiento, y no podían comprender que su Reino no es de este mundo.

Contemplen en ese cuerpo sagrado, torturado, crucificado, al amor que se dona al mundo amando hasta el extremo, que se ha desposado y da la vida por su Iglesia, su amada, que Él mismo creó como su cuerpo místico.

Contemplen en el cuerpo sagrado de Jesús a su Iglesia crucificada por los miembros que la conforman, y contemplen al Señor como cabeza de ese cuerpo místico, coronado de espinas por sus propios miembros, que al crucificarlo se crucifican a sí mismos.

Y contemplen en esa cruz al Redentor del mundo, derramando su sangre, para limpiar, para lavar, para purificar a todo su cuerpo, entregando su vida en las manos de su Padre, para morir, redimir y dar vida nueva a la humanidad entera.

Pidan perdón, hijitos, por todos aquellos miembros de la Iglesia, los bautizados que no valoran a los sacerdotes como hombres sagrados; que no se dan cuenta que ellos están configurados con el crucificado, dando su vida por amor, para salvar al pueblo de Dios, administrando para ellos la misericordia derramada de la cruz del Hijo de Dios; y los tratan como hombres comunes, que sirven a Dios como un trabajo ordinario.

No ven en ellos al Cristo, sino tan solo al hombre, y se aprovechan de ellos porque son buenos, los juzgan, los persiguen, los difaman, porque no los comprenden, porque tienen nublado el entendimiento por el odio y la soberbia, y tienen miedo del poder que ejercen sobre el pueblo. Poder para enseñarles a examinar sus conciencias, a caminar por el camino justo y a obrar con rectitud.

Y por eso pretenden quitarles autoridad y dignidad, mientras ellos permanecen unidos a la cruz de Jesús, coronados con la corona de la burla, pero manteniendo la dignidad de Cristo, purificando a la Iglesia con sus sacrificios, porque ellos no son cuerpo, son cabeza.

 

Contemplemos al Crucificado,  escuchando su palabra en nuestro corazón, que nos dice:

 

Amados míos: contemplen mis oídos atentos a la súplica de mi pueblo, y mediten mi Palabra, que se cumplirá hasta la última letra.

Mediten también las palabras que escucho en la cruz desde el Corazón de mi Madre, intercediendo por todos sus hijos, pidiendo perdón por haberme crucificado. Y yo, que soy el perdón del Padre para mi pueblo, concedo todo lo que mi Madre me pide.

Hablen con mi Palabra. Porque cuando ustedes hablan con el Evangelio, me tratan a mí con el mismo amor con el que yo he tratado a mi pueblo.

Mi Palabra es la verdad.

Mi Palabra es de sabiduría, de amor y de verdad.

Pidan perdón y hagan sacrificios, que sean obras de misericordia, intercediendo por mis sacerdotes que no administran el sacramento de la confesión tanto como su ministerio lo requiere, no confiesan los pecados responsablemente, o dan la absolución a aquellos que no se confiesan y no se arrepienten, y esos pecados no quedan perdonados, porque no hay contrición.

Los pecados que los sacerdotes no perdonen quedarán sin perdonar, pero los pecados que perdonen quedarán perdonados, y con la medida que midan a los demás, serán medidos.

Oren por mis sacerdotes, y obren la misericordia con ellos, para que consigan las gracias que ellos necesitan para que confiesen eficazmente al pueblo de Dios, y así a ellos también les sean perdonados sus pecados, haciendo una buena confesión.

Yo les aseguro, que ustedes, las Madres Espirituales y los Custodios de sacerdotes, que oran y consagran su vida por la conversión y santificación de mis sacerdotes, serán tratados con el mismo amor con el que ustedes tratan a sus hijos espirituales sacerdotes.

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de  Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!