SÁBADO I DE CUARESMA
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 11
Contemplemos a Jesús en la cruz, acompañando a María. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:
Hijitos míos: vengan conmigo, vamos a contemplar el misterio de la cruz. Acompañemos a Jesús en medio del silencio y de la soledad del lugar en el que cada uno de ustedes haga oración.
Escuchen el ruido insoportable de la crucifixión: los insultos, las burlas, los gritos, los llantos, los lamentos, las risas y carcajadas, los gritos de los que han sido crucificados junto a Jesús, mientras Él permanece en silencio.
Contemplen sus manos, que han sido atravesadas por grandes clavos, y de esas heridas derrama abundante sangre que escurre por sus brazos.
Sus dedos están hinchados, amoratados. Miren las heridas en las palmas de sus manos llenas de tierra, de astillas, de pequeñas piedras.
Esas manos que acariciaron mi rostro.
Esas manos que yo tomé para enseñarlo a caminar.
Esas manos que crearon, que trabajaron, que bendijeron, que impuso sobre los enfermos para sanarlos.
Manos con las que ungió a sus apóstoles.
Manos con las que partió el pan y alimentó multitudes.
Manos con las que sostuvo la primera Eucaristía, diciendo: “Este es mi cuerpo”.
Manos que sembraron y cosecharon.
Manos con las que señaló el cielo para enseñar el camino.
Manos fuertes con las que detuvo los fuertes vientos, las grandes olas, las tormentas.
Manos benditas, poderosas, perfectas y santas.
Manos extendidas siempre para ayudar al necesitado y que permanecen extendidas en la cruz, con las que los bendice y derrama gracias para el mundo entero.
Pero están inmóviles.
No puede cerrarlas.
Intenta mover sus dedos con gran dificultad, como si los quisiera tocar a ustedes, como si pudiera sus rostros acariciar.
Pidan perdón, hijitos, por aquellos miembros de la Iglesia que atan las manos de los sacerdotes en el confesionario, cuando deliberadamente confiesan una mala acción, un grave pecado, para que el sacerdote no pueda actuar, impidiéndole intervenir y obrar en algún asunto particularmente grave.
Pidan perdón por aquellos que impiden que los sacerdotes obren, que realicen su trabajo pastoral, que les ponen obstáculos para que ellos puedan hacer la caridad y llevar su misericordia a quienes los necesitan.
Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que culpan injustamente a algún sacerdote de haber realizado una mala acción o de haber tomado algo que no les pertenece.
Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que no aceptan la bendición de los sacerdotes, que desprecian el alimento sagrado, que no quieren recibir nada de las manos de los sacerdotes, que no se dejan guiar, que no se dejan ayudar, que no piden perdón y no se dejan perdonar, que no valoran el trabajo sacerdotal.
Y por aquellos que les ponen tantas cargas y no les dejan tiempo ni siquiera para juntar sus manos y rezar.
Pidan perdón por aquellos que los dejan solos, no les dan la mano, no los ayudan, aunque los vean muy necesitados.
Contemplemos a Jesús, el Rey del universo, coronado de espinas y de burla. Escuchemos en nuestro corazón su voz, que desde la cruz nos dice:
Amados míos: contemplen en esta cruz al último, al servidor de todos, al que ha sido despreciado, desterrado, despojado de todo, tratado como el más terrible malhechor.
Contemplen la corona de espinas con la que he sido coronado como Rey, en medio de golpes y burlas, porque mi Reino no es de este mundo.
Mi cabeza. ¡Cómo deseo apoyarla sobre el madero de la cruz para descansar!, pero las espinas se me clavan como cuchillos, como lanzas, como espadas.
Miren cómo hasta las aves tienen nidos, y los zorros guaridas, pero el Hijo del hombre no tiene ni en dónde reclinar su cabeza.
Y, sin embargo, esta corona es agradable a Dios. Me sostiene la esperanza de que el Padre me coronará con la corona de la gloria cuando yo le entregue en sus manos a todos a los que yo he venido a buscar.
Por eso, que nadie se gloríe si no es en la cruz de su Señor. Que se hagan últimos, como yo, para que sean primeros en el Reino de los Cielos.
Que den la vida sirviendo a los demás, uniendo sus sacrificios a mi cruz, llevando a los más necesitados mi misericordia.
Perdonen y pidan perdón. Oren intercediendo por los sacerdotes que usan su autoridad como ministros, como padres, como maestros, como guías, como sacerdotes, para beneficiarse a sí mismos, para ser primeros, para enaltecerse, para complacerse, para enriquecerse, y se glorían en medio del mundo, pero no en mi cruz, y caen en pecado, provocan escándalo y dan mal ejemplo. Y esto se llama: clericalismo.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
