18/02/2026

Mt 5, 17-19 - Contemplación de la Cruz 22 - Cuaresma

MIÉRCOLES III DE CUARESMA (Mt 5, 17-19)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

 

CONTEMPLACIÓN DÍA 22

Contemplemos los ojos de Jesús agonizante, acompañando a María, al pie de la cruz. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de nuestra Madre que nos dice:  

 

Hijitos míos: les pediré algo muy difícil, que requiere mucho valor.

Vengan, acompáñenme.

Vamos a contemplar a mi Hijo que agoniza crucificado, derramando su sangre para el perdón de los pecados de toda la humanidad.

Yo les pido que contemplen sus ojos. Esos ojos que los miran con tanto amor, con compasión, con ternura, con esperanza, con confianza, con sufrimiento y dolor. Y que sostengan la mirada mientras Él da la vida por ustedes.

Miren sus ojos. Miren su mirada enamorada, inocente, pura. Esos ojos que expresan vida, aun en medio de la agonía y de la muerte que apagará su luz.

Contemplen esos ojos enrojecidos, cansados, que expresan el dolor de su cuerpo y el sufrimiento de su Corazón.

Contemplen las lágrimas, mezcladas con sangre, que brotan de sus ojos.

Contemplen esos ojos ojerosos por el cansancio, por la deshidratación, por el intenso sufrimiento de su cuerpo extenuado de dolor, y de la fatiga de tantas noches que ha pasado en vela, en oración, preparándose para este momento de tanto sufrimiento, soportando hasta el final, hasta el  momento en que Él decida entregar su vida y expirar, habiendo consumado la misión a la que el Padre lo ha enviado.

Contemplen en esos ojos su humildad, su serenidad, su paz, su valentía, su fortaleza, su piedad, su compasión, su amor, su misericordia, su paciencia, su tenacidad, su justicia, su generosidad, su entrega, su aceptación a la voluntad de Dios, su templanza, su perdón.

No bajen la mirada y no la desvíen.

Mírenlo fijamente, como Él los mira a ustedes.

Contemplen su ternura, esa mirada de dulzura, y díganle eso que sus corazones le quieren decir. Díganselo muchas veces, porque eso lo sostiene, lo alivia, lo consuela.

Díganle lo que sus corazones gritan: “Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo”.

Pidan perdón, hijitos, por aquellos miembros de la Iglesia que miran a los sacerdotes con odio, con rencor, con desprecio; que los difaman, los maldicen, los juzgan, los critican, pero no pueden sostenerles la mirada, porque lo que le hacen a uno de ellos, se lo hacen a Cristo.

Pidan perdón por los que miran los ornamentos y al sacerdote revestido y no lo respetan.

Pidan perdón por los que pasan de lado sin ver, tratando con indiferencia al sacerdote necesitado.

Pidan perdón por los que, aun viendo, no quieren ver, por los que, aun a pesar de ver las buenas obras de un sacerdote, no creen en el Cristo que representan.

Pidan perdón por aquellos que ven con malos ojos a un sacerdote.

Pidan perdón por aquellos a quienes los sacerdotes les muestran el camino, y no quieren ver, porque no quieren seguirlo.

 

Contemplemos la preciosísima sangre redentora de Jesús derramada en la cruz para el perdón de nuestros pecados, que nos sana, que nos purifica, que nos salva. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:

 

Amados míos: contemplen en este madero inerte la fuente de salud y de vida, que es mi bendita sangre, derramada por la salvación de los hombres, y déjense transformar en instrumentos de mi misericordia, para que, a través de ustedes y de sus obras, fluya la gracia de conversión para mis sacerdotes, y asistan a aquellos que se han cansado, a los enfermos, a los resignados, a los que ya no tienen fuerzas para caminar, y llévenlos a mi encuentro, a través de una renovación espiritual, para que recuperen las fuerzas, para que recuperen la salud y el ánimo, y vuelvan a tomar su cruz para caminar conmigo, llenándose de la alegría  de sumergirse en las profundidades de mi misericordia.

Pidan perdón por los sacerdotes que se quedan sentados aunque están sanos, porque ya no quieren caminar, porque tienen miedo de ir contracorriente llevando mi Palabra, que es salud y verdad, a ambientes adversos, en los que sienten amenazada su libertad, y prefieren callar y guardar la misericordia que yo les he dado para sanar a los enfermos, para consolar a los afligidos, para ayudar a los necesitados, para corregir a los que se equivocan y para perdonar sus pecados.

Pidan perdón por los sacerdotes enfermos que han dejado de luchar, que se han resignado y han perdido la fe, que no han sabido sus sufrimientos ofrecer uniéndolos a mi cruz, para interceder por los pecadores, y se han alejado de mí, porque han perdido la fe y la esperanza.

Pidan perdón por los sacerdotes que no visitan a los enfermos y que no dispensan mi gracia.

Pidan por la conversión de mis sacerdotes paralíticos del alma, para que sanen, se levanten, y anden.

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!