JUEVES I DE CUARESMA
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 9
Acompañemos a María al pie de la cruz, compartiendo los sufrimientos de su Inmaculado Corazón, y los sufrimientos del Sagrado Corazón de Jesús.
Hijitos míos: vengan a contemplar a Jesús en la cruz.
Miren sus brazos abiertos. ¡Tienen tantas heridas, que no pueden contarse. Algunas venas han sido alcanzadas por las puntas de los látigos filosos, que derraman tanta sangre, que corre por sus brazos del mismo modo que corre por el interior de sus venas.
Ya casi no los siente, están entumeciéndose. Pero Él intenta moverlos para no perder sensibilidad, porque no quiere ahorrarse ningún sufrimiento.
Él permanece atento, consciente, entregándose por su propia voluntad. Tanto dolor, causarle un desmayo sería lo normal, y, sin embargo, Él no lo permite.
Quiere sentirlo todo, hasta que cada una de sus heridas se seque por completo.
Mientras tanto, mantiene los brazos en señal de alabanza a su Padre Dios.
Él se hace ofrenda, y Él mismo, elevando los brazos al cielo se ofrece al Padre en sacrificio por la salvación de su pueblo.
Esos brazos exaltados invitan a acudir al abrazo misericordioso del Padre, porque a través de esos brazos crucificados es como la misericordia del Padre se derrama para su pueblo, y así se renueva toda la humanidad, para que se cumpla la voluntad del Padre, que es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, que es Cristo.
Contemplen en esta cruz a los sacerdotes que alaban a Dios, renovando este mismo sacrificio incruento en cada Santa Misa; abren los brazos, uniéndose a este mismo sacrificio, haciéndose con Cristo una sola ofrenda agradable al Padre; y en esta ofrenda incluyen la ofrenda del pueblo de Dios, para que sea santificado en su nombre.
Pidan perdón por todos aquellos miembros de la Iglesia que no acuden a la Santa Misa, que se burlan de la manera en que los sacerdotes celebran, de sus homilías, de su forma de ser, y no los respetan como hombres sagrados de Dios, no los consideran como Cristos en medio del mundo.
Y también por aquellos que acuden a la Santa Misa, y en lugar de hablar sobre la Palabra que acaban de escuchar, al terminar la misa hablan de los defectos de la persona del sacerdote que acaba de celebrar.
No se dan cuenta que al abrir sus brazos se han unido a la cruz de su Señor para derramar sobre ellos su gracia, su misericordia, su amor. Y ante otros los difaman, y se burlan, y ocasionan que los que están lejos no se acerquen, que los que no frecuentan la Santa Misa confirmen la razón de su desidia.
Pidan perdón por todos aquellos que dejan los lugares vacíos en las bancas de la Iglesia; y al sacerdote le causa una gran tristeza en su corazón ver cómo el pueblo deja solo a su Señor, y se culpa a sí mismo, pensando que no está ejerciendo bien su ministerio y no está cumpliendo bien con su misión de abrir los brazos en la cruz con su Señor para atraer a los fieles a Él.
Pidan perdón, porque en lugar de animarlos, provocan en ellos desánimo y desgano.
Contemplemos el cuerpo crucificado de Jesús vivo, transfigurado. Escuchemos en nuestro corazón su voz, que nos dice:
Amados míos: a través de la contemplación de la cruz, yo me transfiguro frente a ustedes. Contemplen el esfuerzo que hago para pronunciar mis palabras desde la cruz.
Yo, que soy la Palabra, que vine a enseñarles a través de mi Palabra lo que deben de hacer para permanecer unidos a mí, y por mí al Padre, les enseñé hasta el último momento, pronunciando palabras de vida y de verdad.
Yo me doy completamente: entregando mi vida, derramando mi sangre, y a través de mi Palabra.
Yo no abrí la boca para quejarme, para lamentarme, para insultar a quienes me agredían.
Yo no abrí la boca para dar gritos que aliviaran mi sufrimiento.
Yo guardé silencio, y abrí la boca solo para decir lo que debía decir.
Yo guardé silencio para callar lo que debía callar.
Yo los invito a meditar mis palabras en la cruz, a través de las cuales derramé para el mundo mi misericordia.
Yo les pido que pidan perdón por aquellos sacerdotes que hablan lo que deben callar, y callan cuando deben hablar y enseñar, corregir, perdonar, bendecir, predicar.
Yo les pido que, sin juzgar, oren por ellos y por aquellos que no obedecen al Padre y no escuchan al Hijo, que no meditan el Evangelio para cumplirlo ellos mismos, y entonces no pueden verlo tal cual es. Sus predicaciones son vacías, llenas de palabras, pero faltas de amor y de sabiduría, porque no provienen de un corazón iluminado por la Palabra de Dios, porque no me escuchan, y aunque predican con palabras del Evangelio, no predican con el ejemplo, porque dicen una cosa y hacen otra.
Consigan, con sus oraciones, las gracias que mis sacerdotes necesitan para que se dispongan a escucharme, me conozcan tal cual soy, se conviertan, y predicando mi Palabra, me den a conocer al mundo transfigurado, a través de sus ministerios y de sus buenas obras.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
