VIERNES DESPUÉS DE CENIZA (Mt 9, 14-15)
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 3
Acompañemos a la Virgen Dolorosa, poniéndonos de rodillas, disponiendo el corazón, en un ambiente propicio para la oración. Contemplemos las heridas de las rodillas de Jesús en la cruz, que es como ver un volcán en explosión derramando lava, como la sangre caliente que brota abundantemente, y se mezcla con la tierra y las piedras incrustadas en su piel -por las caídas sufridas en el camino-, y que se derrama sobre cada uno de nosotros. En un momento de silencio, contemplando el crucifijo, escuchemos la dulce voz de María, que nos habla al corazón:
Hijitos míos: ustedes tienen fe. Es un don que Dios les dio y que han alimentado con su amor a Jesús, con su oración, con su lucha de cada día por mantenerse cerca de Él, y por estar siempre junto a mí. Yo les pido que, así como yo cuido de ustedes y de sus hijos, así cuiden ustedes de los míos, los que están configurados con Jesús, mi Hijo, mi Señor y mi Dios. Vengan conmigo, vamos a contemplar a Jesús en la cruz, y a mis hijos sacerdotes con Él en esa misma cruz.
Contemplen sus rodillas destrozadas, las heridas causadas por las tres caídas, de las que se levantó y siguió. Pero ¡miren cuánto dolor! Miren cómo brota la sangre. ¡Sus heridas son tan profundas, que llegan hasta los huesos!
Hijitos, este es mi bebé. Miren cuánto sufro por Él, y por cada uno de mis hijos sacerdotes, que son cada uno mi primogénito, mi bebé, porque están configurados con Él. Son uno.
Pidan perdón por los miembros de la Iglesia que han causado consciente y culpablemente las caídas de mis hijos sacerdotes, que han ocasionado que algunos pierdan su inocencia, que otros caigan en la vergüenza del pecado y la desolación.
Algunos se han levantado y han seguido caminando, pero algunos otros no han tenido las fuerzas para levantarse, y mueren sus almas en medio del pecado de los placeres desordenados, por sus pasiones dominados, ahogados entre las drogas, los vicios, el alcohol, la pornografía, los malos pensamientos, la lujuria, las concupiscencias y los deseos de la carne.
Algunos han caído en las trampas del enemigo y se han dejado vencer, sumidos en la depresión, en la soledad, en la apatía, y yacen caídos, como muertos. Y algunos se han vuelto cómplices de los pecadores que ambicionan las riquezas y el poder.
Mis sacerdotes son mis niños, y no merecen que la pureza de sus corazones sea manchada por la maldad del mundo. Antes bien, ellos son el mismo Cristo que, con su purísima y preciosísima sangre, a través de los sacramentos viene a corregir, a perdonar, a convertir y a salvar a los pecadores, y a destruir todo mal.
Contemplemos las manos de Jesús, atravesadas por enormes clavos. Escuchemos en nuestro corazón su voz, que desde la cruz nos dice:
Amados míos: contemplen mi cuerpo crucificado, y detengan su mirada en mi carne desgarrada por un enorme clavo en mi mano izquierda, que permanece por ese clavo atada a la cruz, derramando abundante sangre bendita, para perdonar y justificar a los pecadores, a aquellos sacerdotes que merecen ser puestos a la izquierda en el Juicio final y ser arrojados al fuego eterno, al infierno preparado por el diablo y sus ángeles, porque no supieron practicar la justicia, la misericordia, la caridad, porque despreciando al prójimo me despreciaron a mí, y aun estando configurados sacramentalmente conmigo, decidieron alejarse de mí.
Yo deseo que se conviertan, para ponerlos a mi derecha, porque los amo. Pero aún así, algunos de ellos no querrán venir a mí.
Contemplen mi sufrimiento y mi dolor por todos aquellos sacerdotes que se condenan, aquellos a los que veré a los ojos y no los llamaré justos, sino malditos, porque no hicieron mis obras, porque decidieron despreciar mi sacrificio, librarse de estos clavos y de esta cruz, y no me siguieron, sino que me persiguieron.
Pero ¡cuántos convertirán su corazón y yo me alegraré, y la herida de mi mano izquierda se cerrará y ya no dolerá, cuando en el día final el cielo se vista de fiesta, por todos aquellos sacerdotes míos pecadores que se convirtieron por las gracias que ustedes, a través de sus oraciones, de sus sacrificios y de sus ofrendas, consiguieron para ellos!
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
