DOMINGO II DE CUARESMA
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 12
Acerquémonos al crucifijo, y junto a María contemplemos a Jesús. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:
Hijitos míos: he ahí el Cordero de Dios que se ha hecho pecado asumiendo el pecado de toda la humanidad. Ese rostro, agonizante de dolor, que sufre más en el interior que en el exterior de ese cuerpo destrozado, torturado, sangrante. Ese rostro desfigurado por los golpes y por el terrible sufrimiento.
Es más lo que sufre el alma que el cuerpo. La señal de que el Hijo de Dios, que nunca cometió pecado, se hizo pecado, son precisamente las palabras de sufrimiento que expresan el terrible dolor de su alma, el tremendo vacío, la desolación, cuando dice al Padre: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Jesús experimenta el sufrimiento del pecador, del que comete grave pecado y se aleja de Dios, y sufre el terrible sufrimiento de experimentar ese silencio, esa aparente ausencia de Dios.
Ese es el horror del pecado, y ese sufrimiento es más terrible que cualquier dolor causado por las heridas en su cuerpo.
Jesús sabe que Dios y el pecado no son compatibles. El bien y el mal no pueden unirse. Él debe entregar la vida, debe morir para así destruir el pecado. En Él muere toda la humanidad, y confía plenamente en que su Padre lo perdonará, y en ese acto de amor hasta el extremo lo resucitará al tercer día, para renovar en su resurrección a toda la humanidad, para darles nueva vida y la posibilidad de alcanzar la vida eterna en el Paraíso.
Y soportando ese terrible sufrimiento, esperó a que llegara el momento de entregar su espíritu en las manos de su Padre.
El terrible grito que hizo temblar la tierra antes de expirar dejó en mi corazón esa terrible sensación de soledad.
Ese grito era la expresión del profundo sufrimiento del alma que muere por el pecado que no merece el perdón de Dios, que sufre la vergüenza y el dolor de haber ofendido a Dios, y con todas sus fuerzas, en el último momento de su vida, se humilla y pide perdón.
El Señor, que nunca cometió pecado, experimentó hasta el último instante de su vida el dolor de los hombres pecadores, y el dolor de Dios por las ofensas de los hombres.
Pidan perdón, hijitos, por todos los pecadores, que a pesar de haber sido bautizados, y limpiados, y purificados de la mancha del pecado original por la sangre preciosa de Jesús, derramada en la cruz, han vuelto a pecar, y no solo pecan ellos, sino que incitan a otros al pecado.
Pidan perdón por los que son causa de tentación para los sacerdotes, y los ponen en ocasión de pecado, y se vuelven instrumentos del diablo para alejarlos del corazón de Dios.
Pidan perdón por los que, al ver la vergüenza de los sacerdotes por haber cometido graves pecados contra Dios, los dejan solos, los abandonan, o se vuelven cómplices de su dolor, ahogándose en ese mundo de pecado que los conduce a la muerte; que en lugar de ayudarlos, los someten a la culpa del escándalo, exponiendo ante el mundo su pecado, haciéndole creer que no es digno de acudir a pedir perdón, porque no merece ser perdonado.
Contemplemos la preciosísima sangre del Cordero de Dios derramada en la cruz. Escuchemos en nuestro corazón la Palabra de Dios, que es Cristo, y que desde la cruz nos dice:
Amados míos: contemplen la sangre derramada de mi cuerpo crucificado que brota de mis heridas desde la cabeza hasta los pies. Sangre derramada para el perdón de los pecados del mundo.
Este es el cáliz que deben beber mis sacerdotes, entregando conmigo su vida, uniéndose a mi cruz a través del servicio al pueblo de Dios, haciéndose últimos y servidores de todos, como yo.
Esta es mi sangre, bebida de la nueva alianza, que por ellos es administrada al pueblo, bebida de salvación que perdona, que santifica, que limpia, que purifica, que salva.
Pidan perdón por mis sacerdotes cobardes, aquellos que no tienen el valor de beber de mi cáliz, aquellos que pretenden ser servidos y no servir, y que no se parecen a mí, porque yo no he venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la salvación de todos.
Intercedan por ellos, para que se conviertan, para que beban de mi cáliz, y dando la vida por mí, sean sentados conmigo en mi Reino, a la derecha de mi Padre.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
