MARTES III DE CUARESMA (Mt 18, 21-35)
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 21
Acompañemos a María, al pie de la cruz, elevando nuestra mirada para contemplar a nuestro Señor, nuestro amado crucificado, que la mira y encuentra consuelo en Ella. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de nuestra Madre que nos dice:
Hijitos míos: acompáñenme. Vamos a contemplar la cruz y a mi Jesús crucificado. Compartan conmigo el dolor de mi corazón al verlo sufriendo por tanto dolor.
Eleven su mirada. Encuentren esos benditos ojos que los miran con tanto amor.
Debajo de sus ojos contemplen su nariz, tan golpeada, tan lastimada, completamente deformada por los golpes.
Sangra sin parar. Respira con tanta dificultad, que apenas puede recibir el oxígeno que necesita para vivir.
El aire está frío y húmedo.
Le duele hasta respirar, y aun así, conserva todos sus sentidos perfectos.
El olfato, con el que puede percibir aromas que le traen maravillosos recuerdos de su infancia junto a José y junto a mí, es el dulce aroma de la santidad de los que lo acompañamos al pie de la cruz.
Aquí está su Madre.
Aquí está Juan, su discípulo amado.
Aquí están las santas mujeres y algunos santos varones que no lo han abandonado, que lo miran de lejos, pero Él sabe que están ahí, y eso lo conforta, lo anima a seguir soportando todos sus sufrimientos por amor.
Pero también percibe el horrible hedor del diablo, que ronda alrededor de la cruz y se regodea con sus sufrimientos.
Pidan perdón, hijitos, por aquellos miembros de la Iglesia cuyo aroma no es de santidad, y que rondan alrededor de los sacerdotes como leones rugientes buscando a quién devorar.
Propician para ellos malos ambientes y los acercan a malas compañías. Los invitan y los tientan a caer en el vicio, en las drogas, en el juego, en el pecado contra la pureza y la castidad, y continúan ejerciendo sus ministerios, celebrando la Santa Misa, y al consagrar y al comulgar despiden un hedor fétido que Jesús percibe en esta cruz, que le provocan terribles náuseas y heridas profundas a su Sagrado Corazón.
Contemplemos a Jesús orando en el Huerto, en medio de un terrible sufrimiento, bebiendo el cáliz que dará inicio a su pasión, dispuesto a cumplir en todo la voluntad de su Padre Dios. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:
Amados míos: contemplen al Hijo de Dios haciendo oración antes de la hora de la pasión, teniendo los mismos sentimientos de cualquier hombre que desea alcanzar la perfección haciendo la voluntad de Dios, pero que piensa como los hombres, y desea, si es posible, dejar pasar el cáliz del sufrimiento.
Pero teniendo como modelo y ejemplo a un padre terrenal justo, que siempre mantuvo la visión sobrenatural, que renunció a obedecer sus pensamientos de hombre, para obedecer en todo la voluntad de Dios, y tuvo el valor de decir: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Contemplen y mediten en mi aceptación a esa voluntad divina, que solo se puede obedecer teniendo visión sobrenatural y amando a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo, y teniendo la asistencia espiritual de los ángeles, los dones y presencia del Espíritu Santo, junto con la presencia maternal de mi Madre y la compañía espiritual de José, mi padre, que nunca me abandonaron, y que siempre me animaron y me dieron la fuerza de seguir adelante en el cumplimiento de mi misión redentora, tan difícil de aceptar para mi humanidad, que, sabiendo todo lo que tendría qué sufrir y soportar, derramando gotas de sudor y sangre por el estrés de mi cuerpo, ocasionado al aceptar una misión tan difícil e importante, me hice obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz, sabiendo que el sufrimiento no era solo de las torturas a las que sería sometido mi cuerpo, sino, sobre todo, el sufrimiento espiritual por todos los pecados de los hombres, que estaba a punto de asumir como propios, y sufrir en mi Corazón el dolor que cada uno de esos pecados de cada hombre y de todos los tiempos le causan al Corazón de Dios.
Contemplen mi obediencia a la voluntad de Dios, crucificado y derramando mi sangre en la cruz, y pidan perdón por los sacerdotes desobedientes. Aquellos que pretenden salvar su vida y la pierden, porque los pensamientos de los hombres no son los pensamientos de Dios, y no se disponen a hacer oración para descubrir y entender cuál es la voluntad de Dios para ellos, especialmente en los momentos de dificultad, en los que deben de tomar una difícil decisión, porque prefieren no escuchar para no cumplir con la responsabilidad que en su conciencia saben que el Señor les pedirá, y desobedecen, porque el Señor les habla no solo a través de la oración, sino de sus conciencias.
Pidan perdón por aquellos sacerdotes que son sordos a mi voz, que no abrazan su cruz y no me siguen, porque tienen miedo, porque no confían, porque les falta fe, porque les falta esperanza y les falta amor, y no piden la gracia de Dios.
Pidan la intercesión de san José para todos mis sacerdotes, para que cumplan sus promesas de pureza, castidad y obediencia.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
