20/01/2026

Mt 20, 17-28 - Beber del mismo Cáliz

EXPERIENCIAS ESPIRITUALES EN TIEMPO DE CUARESMA

BEBER DEL MISMO CÁLIZ

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

 

 «No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?» (Mt 20, 22).

 

Amigo mío:

Hagamos este ejercicio.

Bebe el mismo cáliz que bebo yo.

Estás en la cruz conmigo.

Has sido flagelado.

Tu cuerpo está herido.

Llevas las marcas del martirio en toda tu piel.

Tu carne está abierta.

De las heridas brota mucha sangre.

Te estás debilitando.

Todo tu cuerpo duele.

Has sido clavado de manos y pies a esta cruz.

El dolor es insoportable.

Tienes las manos y los pies entumecidos, pero sientes en todo el cuerpo dolores, como intensos calambres, heridas que arden como fuego que quema.

Llevas en tu cabeza una corona clavada por grandes espinas.

Duele la cabeza. Has sido golpeado con furia.

Duele toda tu cara, desfigurada, que sangra, y el dolor se siente en todos los dientes.

Apenas puedes respirar. Debes esforzarte, mover tus piernas para acomodarte y poder inhalar.

Pero el clavo está fijo. Te mueves y tu piel se desgarra, y las heridas de la espalda, abiertas, duelen más al roce con el madero que te sostiene.

Un intenso sufrimiento se extiende por todo tu cuerpo.

Escucha los gritos del pueblo que se burla de ti, que te maldice con odio, que se alegran de tu suplicio, mientras tú das la vida por ellos, amándolos hasta el extremo.

Todo tu cuerpo duele, es insoportable el dolor, pero duele más tu corazón, por el desprecio de aquellos que tanto amas.

Imagina que esos que te gritan, que te golpean, que te escupen, que se burlan de ti, que te crucifican, son las personas que más quieres en este mundo.

Si no puedes sentir el dolor de aquellos que no conoces, si no puedes sentir el amor por los que te hacen daño, imagina que los conoces, que te importan, que sufres porque no deseas su muerte, SINO QUE VIVAN, y entregar tu vida les dará la vida, la salvación, el cielo, y le darás gloria a Dios.

Ahora, fija tu mirada en tu madre, la que te dio la vida, la que te crio, la que te educó, la que te abrazó y tanto te amó, y te animó a ser el hombre que eres hoy.

Siente el dolor de su corazón al verte en esta cruz, y siente dolor hasta lo más profundo tu corazón por ese dolor que le causa tu tortura, tu martirio, tu entrega total, por amor a aquellos que te maldicen y que a ella la maldicen.

¿No es acaso más grande este dolor?

Ahora imagina que todo esto que ves alrededor de ti, el mundo entero y todo lo que hay en él HA SIDO CREADO POR TI, es tuyo. Y, sin embargo, te han despojado de todo, son unos malagradecidos.

Tú eres el rey, pero no eres rey de este mundo.

Ellos no te creen y te desechan del mundo.

Ahora piensa en tu misión.

Has venido a servirlos, has venido a salvarlos.

Los amas como hijos, como hermanos.

Soportas sus ofensas.

Perdónalos.

Perdónalos otra vez.

Perdónalos otra vez y otra vez.

Permanece en la cruz.

Persevera en el amor.

Hasta que conviertan su corazón no dejes de darles tu sangre.

Llénalos de la misericordia que yo te doy.

Enséñalos a caminar. Guíalos.

Dirígelos hasta que alcancen la santidad.

Entrégaselos a mi Padre, que está en el cielo.

Glorifícalo sirviéndolo a través del servicio que con tanto amor haces a los que te ofenden, a los que ofenden a tu madre, a los que desprecian tu sacrificio por ellos y se burlan de ti.

Haz esto una y otra vez, y otra vez, y otra vez.

Pues yo te digo, amigo mío, que eso es lo que haces una vez, y otra vez, y otra vez en el altar.

Eso es beber del mismo cáliz que bebo yo, para darle gloria a Dios, salvando a su pueblo de la muerte, dándoles, a cambio de sus ofensas, la vida eterna en el Paraíso.

Te aseguro que los que ahora te desprecian, te odian y te crucifican, en el cielo te alabarán, te amarán, te glorificarán.

Yo te digo que tendrás una gran alegría por cada pecador que se convierte.

Pero debes creerme: el premio es tan grande, que un día me dirás: “he bebido de tu cáliz, Señor, y ha valido la pena”.

Te advierto que solo no podrás.

Aquí estoy yo, para mantenerte unido a mí, para ayudarte a soportar y a cargar tu cruz, y para salvarte, porque entre ellos, entre los que me crucifican, también estuviste tú.