18/02/2026

Mt 20, 17-28 - Contemplación de la Cruz 15 - Cuaresma

MIÉRCOLES II DE CUARESMA (Mt 20, 17-28)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 15

Contemplemos a Jesús en la cruz, acompañando a María, teniendo sus mismos sentimientos, uniendo nuestras lágrimas de amor a sus benditas lágrimas, que brotan de sus ojos y mojan su rostro sufriente, que nos conmueve con su ternura maternal. Escuchemos en nuestro  corazón su dulce voz que nos dice:

 

Hijitos míos: vamos a contemplar a mi Hijo en la cruz, para recibir las gracias que la Iglesia necesita, por los méritos de mis lágrimas, a las que uno las suyas.

Deseo que compartan conmigo el sufrimiento de verlo así, torturado, flagelado, golpeado, crucificado en manos de los hombres que Él ama tanto, que está dispuesto a dar la vida por ellos.

Contemplen las heridas de su espalda baja.

La cintura, los glúteos tienen heridas profundas, como si fueran de navajas causadas por los azotes.

Tiene moretones causados por los golpes y patadas tan fuertes, que no solo sangran las heridas externas, sino que han lastimado sus órganos internos.

También sangra por dentro. Golpes y latigazos en los que se descarga la rabia, la ira, el odio del diablo contra Dios.

Y han quedado marcados los pecados cometidos por los hombres que han caído en tentación. No solo los que lo han golpeado, lo han torturado, lo han crucificado; ellos son solo los autores materiales.

En este cuerpo bendito están asumidos los pecados de todos los hombres de todos los tiempos, que se representan en esas heridas profundas, dolorosas, que son todos los pecados contra los diez mandamientos, los pecados capitales y todos los pecados que se derivan de ellos; pecados de palabra, de obra, de pensamiento y de omisión.

Contemplen en Él, en el Cristo, a todos y a cada uno de sus sacerdotes configurados con Él en este mismo suplicio de cruz, sufriendo lo mismo que sufre Él, compartiendo sus mismos sentimientos de amor por los hombres y de dolor por su desprecio.

Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que se acercan a los sacerdotes y pretenden tener con ellos buenas intenciones, se ganan su confianza, a veces hasta su amistad, y después, sin que los sacerdotes se den cuenta, los patean por detrás, los azotan con sus engaños, con sus mentiras, se aprovechan de ellos, les roban, les faltan a la caridad, les faltan al respeto, los utilizan para obtener beneficios a costa de ellos, traicionando su confianza y su amistad, aprovechándose de su bondad, de su ingenuidad, de sus virtudes, de su capacidad de soportarlo todo por amor a Dios y al prójimo.

Pidan perdón por aquellos que odian a un sacerdote y le guardan rencor, y lo agreden tan solo porque él es bueno.

 

Contemplemos el preciosísimo cuerpo del Hijo de Dios torturado en la Cruz. Escuchemos en nuestro corazón su voz, que desde el suplicio de la cruz nos dice:

 

Amados míos: contemplen mis brazos abiertos clavados en esta cruz y contemplen en estos brazos abiertos el abrazo misericordioso del Padre que está en el cielo.

El Padre y yo somos uno.

Contemplen la compasión y la misericordia del Padre, que ha amado tanto al mundo, que les ha dado a su único Hijo para que todo el que crea en Él se salve.

Contemplen estos brazos cansados, debilitados por la tortura.

Contemplen las muchas heridas causadas por los azotes, las marcas de las cadenas que me sostuvieron durante los azotes.

Contemplen en estos brazos flagelados la sangre correr y derramarse, para limpiar y purificar a los pecadores.

Que, como hijos pródigos, se acerquen a mí, porque al Padre solo pueden llegar a través de mí.

Yo soy el camino, y el camino es de cruz.

Todo el que acuda a mi abrazo misericordioso debe acudir a estos brazos extendidos en la cruz, recibir un bautismo de conversión, y tantas veces como necesite, un abrazo a través de la cruz del confesionario, que es sacramento de reconciliación, que es el abrazo misericordioso y compasivo de mi Padre, que los espera para perdonarlos una y otra vez, que se llena de ternura y expresa su alegría y su amor en este abrazo que los lleva al banquete del Cordero de Dios que los alimenta y les da la heredad de la vida eterna, y que es la Eucaristía.

Pidan perdón por sus hijos espirituales, aquellos que han sido configurados conmigo en esta cruz, que deberían mantener los brazos abiertos encontrando y dando vida a los pecadores, pero se han bajado de mi cruz, se han vuelto hijos pródigos, han despreciado y despilfarrado lo que mi Padre les ha dado.

Y oren por ellos para que se arrepientan de esa vida de pecado, para que se conviertan y vuelvan a mí, para que reciban, a través de mi misericordia, el abrazo amoroso y compasivo de mi Padre, y vuelvan a extender con Él y conmigo sus brazos en la cruz, mientras todo el cielo se alegra, porque hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión.

Reciban por este acto de amor la heredad de mi Padre, a través de las gracias que tiene mi Madre para darles, y perseveren en el camino de la justicia y de la paz, intercediendo por mis amigos, mis sacerdotes, para que alcancen la santidad.

Siéntanse agradecidos con ellos, porque es a través del ministerio sacerdotal que ustedes pueden alcanzar el abrazo misericordioso de mi Padre y su eterna heredad.

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!