VER A LA MADRE ES VER AL HIJO
Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
ESPADA DE DOS FILOS VII, n. 22
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).
EVANGELIO DE LA FIESTA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE MARÍA
Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.
+ Del santo Evangelio según san Lucas: 1, 39-48
En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno.
Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.
Entonces dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”.
Palabra del Señor.
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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? ... (Francisco, Evangelii Gaudium, n. 153).
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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: yo te agradezco haberme dejado a tu Madre como madre mía. Me siento muy amado por ella, y muy protegido, como hace una buena madre con todos sus hijos.
Me gusta mucho pronunciar su nombre, su santísimo nombre, y contemplar su rostro de Madre, plasmado en tantas imágenes que el amor de tantos hijos, durante siglos, ha representado, además del rostro bendito de Santa María de Guadalupe, que no fue obra de pinceles humanos, sino del arte del mismo Dios.
Jesús, yo quiero venerar su nombre, ayúdame a saber contemplar su rostro.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.
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«Sacerdote mío: contempla el rostro de mi Madre. Su nombre es María.
Mira que es hermosa, como las rosas, y fuerte como metal precioso. Suave como el perfume de las flores, y pura como el oro acrisolado. Sin mancha, sin impureza, porque fue inmaculada desde su concepción, y nunca conoció pecado.
Mira que su belleza exterior refleja su pureza interior.
Mira su humildad, que empequeñece su humanidad y es alabada por Dios.
Mira su generosidad y entrega, para proteger y cuidar, para acompañar y mostrarse Madre.
Contempla la misericordia, el amor, la generosidad, la humildad, la compasión, la compañía, y contempla mi rostro, contemplando el rostro de mi Madre.
Ver a la Madre es ver al Hijo.
Reconocer a la Madre es reconocer al Hijo.
Conocer a la Madre es conocer al Hijo.
Amar a la Madre es amar al Hijo.
Creer en la Madre es creer en el Hijo.
Y creer en el Hijo es conocer la verdad.
La voluntad del Padre es que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y que yo lo resucite en el último día.
El que ve a la Madre ve al Hijo, porque el rostro de la Madre refleja el amor del Hijo.
No se puede creer en la Madre y no en el Hijo. Por eso la Madre siempre los lleva al Hijo.
Yo les pido a ustedes, mis amigos, que no me abstengan de la compañía de mi Madre, que dejen que ella me acompañe, porque yo quiero para ustedes lo mismo que tuve yo, y yo quiero en cada uno de ustedes ser el mismo Cristo, hombre y Dios, necesitado del cariño, de la protección y de la compañía de mi Madre.
Que cuando me busquen contemplen su rostro, para que me encuentren. Porque ella siempre los lleva a mí.
Que me dejen contemplar el rostro de mi Madre con sus ojos de niño. Porque quien contempla el rostro de mi Madre contempla la misericordia de Dios.
Yo quiero que mis sacerdotes nunca estén solos, que sientan la presencia materna de mi Madre que siempre me acompaña.
Sacerdote mío: aquí tienes a tu Madre, que es mi Madre. Su nombre es María».
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Madre mía: yo contemplo tu rostro, el rostro más hermoso de mujer, que sobrepasa la belleza de los ángeles, porque expresa la inmaculada pureza de tu corazón.
Tienes la mirada limpia, que refleja la verdad, y tus ojos son como estrellas que iluminan la noche.
Mejillas tersas y suaves como los pétalos de una rosa.
Labios de ternura, que besan, y son como brasas encendidas en el fuego de tu amor de Madre.
Tu vestido es rosa, y tu manto entre verde y azul, plasmado de estrellas que brillan como relámpagos de luz. Tanto, que parece que de tu cuerpo emanan rayos tan fuertes como el Sol, fruto bendito de tu vientre.
Tienes en tus manos un Rosario, y ese Rosario tiene una cruz. Las cuentas son rosas rojas, que impregnan todo con su fragancia. La cruz es de oro puro, acrisolada al fuego. En la cruz está la imagen de Jesús crucificado y muerto. Tú ves la cruz, y tus ojos reflejan la fusión de tu amor de Madre y el amor de Jesús.
Y digo “María”, que es decir: “Jesús, te amo”.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.
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«Hijos míos, sacerdotes: el nombre de la Virgen es María. El mismo Dios, que me creó pura e inmaculada, sin pecado concebida, María me llamo. Toda yo soy suya, desde siempre y para siempre. Hasta mi nombre Él lo eligió. Pensada para ser Madre de su Hijo me tenía, desde antes de que yo fuera concebida.
María es mi nombre, el nombre de la esclava del Señor.
Mi nombre es santo, porque santa es la Madre de Dios. Santidad que se alcanza cuando un alma alcanza la perfección. La perfección de un alma, hijos míos, es el verdadero y puro amor. Yo he amado, amo y amaré para siempre, con perfecto amor de Dios.
Por ese perfecto amor sufre mi corazón, que ama tanto a los ingratos enemigos de mi Hijo Jesucristo, como si fueran amigos. Con ese mismo amor de Madre los he amado, los amo y los amaré yo.
A aquellos que lo traicionaron, los que lo traicionan, y los que lo traicionarán, los amo.
A aquellos que lo despreciaron, que me despreciaron, que lo desprecian, que me desprecian, que lo despreciarán y me despreciarán, los amo.
A aquellos que lo calumniaron, que lo juzgaron injustamente, que lo flagelaron, torturaron, de Él se burlaron y lo crucificaron para darle muerte; a los que siguen cometiendo el mismo pecado, y los que lo harán, los amo.
A los que no creyeron en Él, los que no creen en Él, los que no creerán en Él, los amo.
Y ese amor desgarra mi alma, hiere mi corazón, porque los amo.
Son mis hijos también. Él me los dio para amarlos. Y cuando Dios me creó me dio este corazón lleno de amor. Y mientras más pecadores son, más siente compasión por ellos este tierno corazón, porque los amo.
Pongan ustedes el santo nombre de María muy en alto. Díganles a ellos que los llamo porque quiero abrazarlos. Mi Hijo Jesucristo por ellos murió, todo lo soportó, porque los ama tanto, más que yo.
Y yo les pido a ustedes que se dejen acompañar por mí, porque yo soy la Madre del único Dios verdaderísimo, por el que se vive. Y mi Hijo, que es el Hijo del único Dios verdadero, vive en ustedes, y lo representan al hablar, al actuar, al obrar.
Mi Hijo sabe de humildad, y Él, reconociendo las miserias de su humanidad, se dejó acompañar por mí.
Yo les pido a ustedes, mis hijos sacerdotes, que sean humildes, y reconozcan su necesidad de recibir misericordia.
Yo soy Madre, y los quiero acompañar. Y, si no aceptan mi compañía, acéptenla para el Cristo que representan, y que tuvo la humildad de caminar en este mundo bajo la protección y la compañía de su Madre, haciéndose humilde, necesitado, y obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.
Yo quiero acompañar a mi Hijo en cada uno de ustedes, para cuidar al hombre y acompañar al Cristo.
Y si ustedes no se sienten dignos de dejarse acompañar por una Reina, que sepan que la Reina siempre acompaña al Cristo.
Contemplen mi rostro, y después díganme si aceptan mi compañía».
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CONTEMPLAR TU ROSTRO, MARÍA
María, tu nombre es María.
María, María, María, es decir Estrella de mar, Reina del Cielo, Madre de Dios.
María, tu nombre es María y, decir María, es decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es sumergirme en la belleza de la inmaculada pureza de tu corazón, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es contemplar al fruto bendito de tu vientre, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es ver la verdad a través de tus ojos, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es besar el rostro de Dios con tus labios, y escuchar tu voz que dice: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es compartir tu alegría, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es sentir el ímpetu de las olas del mar y la serenidad de la brisa que susurra, y que dice: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es deslumbrar mi alma con la luz de las estrellas, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es memorial de la vida, pasión y muerte de tu Hijo, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es vivir en la esperanza, la confianza y la paz de la resurrección de Cristo a la espera de la vida eterna, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es descubrir el amanecer de la primavera y el atardecer del verano, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es decir Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es bendecir tu nombre entre todas las mujeres, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es bendecir el fruto de tu vientre, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es el encuentro con la misericordia y el amor de Dios, y decir: Jesús, te amo.
Contemplar tu rostro es sentir la seguridad del abrazo de mi Madre, y decir: Jesús, te amo.
María, María, María, es decir: Jesús te amo, te acompaño y te entrego mi vida.
Por eso María, Madre mía, tú siempre me llevas a los brazos de Jesús, porque decir María, es decir: Jesús, te amo.
¡Muéstrate Madre, María!
