Lc 11, 27-28 - Fiesta de Nuestra Señora del Pilar
Lc 11, 27-28 - Fiesta de Nuestra Señora del Pilar
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HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA

EVANGELIO DE LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR

Dichosa la mujer que te llevó en su seno. - Dichosos todavía más los que escuchan la Palabra de Dios

+ Del santo Evangelio según san Lucas: 11, 27-28

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la multitud, una mujer del pueblo, gritando, le dijo: “¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!”. Pero Jesús le respondió: “Dichosos todavía más los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”.

Palabra del Señor.

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE

Señor Jesús: hoy celebramos una fiesta de nuestra Madre que me hace pensar en lo que sucedió en el Calvario cuando Santa María estaba acompañándote, al pie de la cruz. “Stabat”, dice la Secuencia el día de Nuestra Señora de los Dolores. Esa palabra dice mucho: estaba firme, estaba fuerte, estaba sólida, como un pilar, sosteniéndote a ti.

De igual manera, cuenta la tradición que se apareció poco tiempo después, en carne mortal, encima de un pilar, para sostener al apóstol Santiago en momentos de dificultad para llevar a cabo la misión que tenía encomendada, para predicar el Evangelio.

La Virgen Santísima nos sostiene siempre a todos, especialmente a sus hijos predilectos, tus sacerdotes, para que podamos escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios.

Te agradezco, Jesús, que nos la hayas dejado como Madre. Sin ella, no podríamos cumplir la voluntad de Dios. Tu entrega y la suya son lo que me sostiene.

Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Apóstoles míos: reúnanse en torno a mi Madre, que es el pilar de mi Iglesia, firme como la roca, y construyan con Ella el Reino de los Cielos.

Reúnanse en oración, pidiendo al Padre que derrame sobre ustedes su Santo Espíritu, pidiendo al Espíritu Santo los dones y gracias para permanecer en santidad, practicando con perfección las virtudes.

Reciban el auxilio de mi Madre, para que, por los méritos de su maternidad y entrega, sean para ustedes todos los dones y las gracias que no merecen.

Acepten los dones y las gracias recibidas, para fortalecerse y hacer el bien.

Entonces vayan hasta los confines de la tierra, llevando mis obras de misericordia; y enseñen mi Palabra al que no sabe; y sanen los corazones enfermos, convirtiendo los corazones de piedra en corazones de carne; y perdonen al que se equivoca; y absuelvan con misericordia; y vistan con el Espíritu Santo al desnudo; y den de comer mi Carne al hambriento; y den de beber mi Sangre al sediento; y liberen del mundo al oprimido; y acojan al desamparado bajo el techo de mi Santa Iglesia.

Apóstoles míos: regresen a la unidad, y sean pilares reunidos en torno al pilar principal, que es mi Madre, la Madre de la Iglesia. Y reciban la fortaleza de la santidad para la construcción del Reino de los Cielos, en cada sacerdote reunido con mi Madre, y por Ella unido a mí; y por ustedes, en cada alma reunida con ustedes y con Ella en mí.

La señal ha sido enviada y no habrá otra. Es mi cuerpo entregado, resucitado y glorioso, que permanece en cada uno de ustedes; la señal para la vida eterna.

Esa es mi señal. La señal del amor hasta el extremo. Entrega total. Me entrego yo, y todo lo que poseo. Porque en el mundo no poseo riquezas, no poseo tesoros, no poseo palacios, ni oro, ni joyas.

En el mundo solo poseo mi Cuerpo, que les entrego por completo, para que sea su alimento; y mi Sangre, que es derramada hasta la última gota de mis venas, para el perdón de sus pecados; y mi Corazón entregado, abierto y expuesto, hasta la última gota, de sangre y de agua, para no poseer nada, para entregarme todo para la salvación de sus almas.

Y en esta entrega entrego mi voluntad, para que se haga la voluntad del Padre.

Y en esa voluntad entrego mi libertad y mis obras de amor.

Entrego mi humanidad, y entrego mi divinidad, al entregarles a mi Madre y a mi Padre, para que sean su Madre y su Padre.

Y en esta entrega mi Madre se entrega conmigo, en cuerpo, en alma y en voluntad.

Y mi Padre se entrega conmigo, por medio del Espíritu Santo, derramado como se derrama mi sangre, totalmente, sobre cada hombre, para volverlo a mí, para llevarlos a Él.

Y amando hasta el extremo, el Padre entrega otra vez al Hijo en cuerpo y alma, resucitado y glorioso, para quedarse con cada uno, para darles vida eterna.

Sacerdote mío: esta es mi entrega, esto es lo que yo te doy.

Y tú ¿qué vas a entregarme? ¿Qué es lo que tú posees?

Porque es a mí a quien perteneces, y tu cuerpo es mío, y tu sangre es mía, y tus riquezas y pertenencias en el mundo son solo cadenas que te atan y te alejan de mí.

Yo no quiero riquezas ni ataduras.

Entrégame tu voluntad, y las obras que son fruto de esta voluntad.

Entrégame tu disposición y tu esfuerzo de una vida perfecta en la virtud, actuando en la fe, en la esperanza y en la caridad.

Entrégame lo único que tú posees, porque Dios te lo ha dado: el amor que yo te doy, y tu voluntad, para que sea yo quien viva en ti, para hacer la voluntad del Padre, para que te entregues junto a mis apóstoles, para reunirlos en torno a mi Madre».

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Madre mía, Virgen del Pilar: contemplo tu preciosa imagen. Estás de pie, sobre un pilar, y con el Niño en los brazos. Tu vestido del color del jaspe, y un manto grande de color azul. En tu cabeza una corona de oro. Llevas al Niño en brazos, y está Él coronado también, llevando una paloma blanca en la mano.

Imagino que esa paloma es el Espíritu Santo, que vuela de las manos del Niño y desciende hasta nosotros, llevando el fuego del amor a los corazones de tus sacerdotes, reuniendo a todas las naciones en un mismo espíritu, en un solo pueblo santo de Dios.

Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: cuando mi Hijo resucitado subió al cielo, yo deseé con todo mi corazón irme con Él, pero la voluntad de Dios era que me quedara. Y me quedé, y esperé, porque yo debía completar mi propia misión, exaltando al Verbo encarnado, llevando la Palabra a sus amigos, enseñándolos a ser como Él, fortaleciéndolos para ser pilares sólidos de la Iglesia, cimientos fuertes, para construir el Reino de los Cielos en la tierra.

Y para reunirlos y acompañarlos, para que el Espíritu Santo, que siempre está conmigo, fuera enviado también para ellos, y derramara en sus corazones todos sus dones.

Yo quiero que ustedes, llenos del Espíritu Santo, manifiesten con su vida los frutos, que son la alegría, el amor, la bondad, la paz, la mansedumbre, el dominio de sí, la fidelidad, la generosidad.

Yo les pido que se mantengan dóciles al Espíritu Santo, para que todos los días Él les enseñe y les recuerde todas las cosas, para que sean ustedes testimonio del amor de Dios y de su misericordia.

Para asegurar su docilidad hagan ustedes un examen de conciencia todos los días, y si algún fruto de estos les faltara, arrepiéntanse y pidan lo que haga falta, porque su Padre celestial le da el Espíritu Santo a los que se lo pidan, y por sus frutos los reconocerán.

La Santa Iglesia está contaminada por las obras que proceden del egoísmo de los hombres, como la lujuria, la impureza, el libertinaje, la idolatría, la brujería, los pleitos, las envidias, las rivalidades, las divisiones. Y rechazan la gracia del Espíritu Santo, que es el amor de Dios. Y, aunque conozcan los misterios y tengan fe, si no tienen amor, nada tienen.

Algunos de ustedes, mis hijos sacerdotes, pretenden en la Iglesia tener los mejores puestos, y quieren ser siempre los primeros. No se dan cuenta de que los primeros serán los últimos, y los últimos serán primeros; los humildes exaltados, y los poderosos derribados del trono.

Los que se jactan de estar libres de pecado arrojan la primera piedra y no son dignos de misericordia. En cambio, los que se arrepienten y piden perdón, con verdadero arrepentimiento, sin siquiera atreverse a alzar los ojos, llenos de vergüenza, piden compasión y reciben misericordia, porque los que se humillan serán ensalzados y los que se ensalzan serán humillados.

Hijos míos, yo quiero que ustedes se reúnan conmigo, para que vayan a mi Hijo, para que regresen a mi Hijo.

Esta es una llamada a la unidad, entre hermanos sacerdotes, entre las familias; entre sacerdotes y familias, para la unidad de la Iglesia.

Este es un llamado de amor y de misericordia, para acoger a los que están lejos y hacerlos parte.

Este es un llamado de la Madre a los hijos, para darles de comer, para darles de beber, para sanarlos, para confortarlos, para consolarlos, para acogerlos y guardarlos bajo mi manto, para que sea en ustedes el Espíritu Santo, y por Él se entreguen y permanezcan en la santidad, obrando con bondad y misericordia, practicando en la perfección su ministerio, y viviendo y obrando en la virtud, para conseguir la unidad, la paz del mundo y la salvación de las almas».